El nacimiento de Alan

Hace justo un año, hoy, por la tarde regresaba de hacer compras con mi mamá. Caminé toda la tarde y mis pies embarazados estaban cansados, me punzaban. Habíamos ido al ginecólogo, quien me dijo que nos veríamos hasta el jueves: el bebé –eso dijo, jaja—todavía tardaría en nacer. Ese día decidimos –el plantón de Reforma mediante—por fin hacer el simulacro para llegar al hospital y acabar de hacer la maleta con calma.

-Sólo estamos practicando—le aseguré con una sonrisa a la enfermera del Hospital Español cuando llegamos, caminando a la entrada de maternidad.

Hace justo un año, mañana, dejé plantada a Lily Téllez, quien me organizó un baby shower. Esperando también se quedaron muchas otras amigas. No llegué porque justo hace un año, mañana por la mañana, me desperté con un raro dolorcito. Algo me habrá caído mal, pensé. Recuerdo despertar incómoda en la cama, cerca de las ocho de la mañana. Luego desayunar pitaya (entre idas al baño).

Recuerdo a mi mamá, preocupada, diciéndome que si no tenía ya contracciones.

–Ay, no, mamá—le contestaba yo con la suficiencia-insuficiente de una madre primeriza que tomó muy en serio sus cursos psicoprofiláticos.

–Mejor le hablamos al doctor, vamos al hospital… Y yo necia de que no. Como sea mi madre trató de localizar al ginecólogo, infructuosamente. Malo, malísimo para una emergencia. También al pediatra que también un día antes había elegido para él por la bondad de sus ojos: tampoco estaba. Pero en su lugar iría una de sus socias, Karen, quien desde entonces es la segunda pediatra de Alan.

Faltaban poquito más de cuatro horas para que Alan naciera y yo ni lo sospechaba. Y yo necia en querer ir al baby shower hasta el Pedregal.

Pero Alan ganó. Alan. Un nombre que había decidido –al fin—justo la noche anterior. Y no sé por qué. Sólo porque sí, porque así quiso llamarse él y me lo susurró al oído.

Poco antes de las 10 de la mañana salimos de la casa. Eso sí, antes, yo insistí en hacerlo con calma: me bañé, ¡me puse crema anti-estrías!, insistí, hasta el último momento en hablarle al doctor antes. No fueran a regresarme del hospital y yo, con mi ataque de primeriza, tampoco llegara a mi baby shower. Qué pena sólo de pensarlo.

Le hice una última llamada a Sabina. Le dije que por favor avisara que no llegaría: iba camino al hospital. En ese momento. Ya. El bebé decidía nacer.

Sabina: mi vecina, una suerte de hermana mayor en la vida y también invitada al famoso baby shower del cual recibiría, días después, una enorme caja de regalos y un lindo álbum lleno de sonrisas, palabras amorosas y fotos de lo que nunca vi y me esperaban a mi bebé y a mí…

Mi mamá estaba nerviosísima pero tratando de aparentar que no pasaba nada. Se le notaba por muchas cosas, pese a sus esfuerzos. Sobre todo en la forma de apretar el volante. Me decía, paciente, que respirara, que sacara el aire, que le dijera cuándo comenzaba una contracción para que ella llevara la cuenta.

Y yo, que tenía ganas de mentar madres. Al dar la cerrada vuelta para tomar Ejército Nacional sólo le ladré:

–¡¡No me digas que respire!! ¡¡Ya no siento cuándo termina una contracción y cuándo comienza otra!!

Ella emitió un corto suspiro. Me tranquilizó, nerviosa, hablando muy rápido. Que no me preocupara, ya pronto llegaríamos al hospital. Menos mal saltamos bien el bloqueo de Reforma porque era sábado y no había tanto tráfico.

–¿Practicando otra vez?—dijo la misma enfermera que vimos un día antes.

–No, esta vez es en serio—dijo mi mamá, quien me dejó en la entrada y tuvo que ir a mover el coche del cual me había bajado, testaruda siempre en aceptar ayuda, por mi propio pie.

En cuanto entré al hospital me di permiso de sentirme mal. Me dieron nauseas y vomité. Me puse una bata (de esas de loco, de hospital) y una doctora, tranquila, supongo que acostumbrada a esos menesteres me examinó en la entrepierna.

–¿Qué hizo? –dijo con una sonrisa, sorprendida–. Tiene ya cinco centímetros de dilatación…

¡¡Cinco!!—pensé. ¡¡Qué emoción!! ¡¡En serio ya va a nacer!! Tome mi bolsa y saqué mi celular –reportera al fin—y escribí un mensaje de texto comunicando la buena nueva, encantada, ilusionadísima, pero sobre todo, muy sorprendida. Alan quería nacer ya.

En otro lado de la ciudad, o del Valle de México, en Satélite, Mayra, mi adorada hermana recibió el mensaje en plena tintorería –donde su esposo, Manuel, insistió en pasar tomándolo todo con calma– y casi le gritó a su esposo acostumbrado a los trabajos de parto largos:

–¡¡Cinco centímetros!! ¡¡Y tú tomándolo con calma!! –dijo histérica, exasperada. Con ganas de quitarlo del volante y manejar ella. Y de paso ir a sacar de la cama a mi papá. Manuel, sólo entonces, apretó con fuerza el acelerador.

Ah, porque me faltó decir que también poco antes de salir de su casa, Mayra hizo otras dos llamadas: a mi papá y su pareja, Bertha, para anunciar que estaba en el hospital. Rafael D’Artigues, mi padre, reaccionó como siempre lo hace: sin prisa alguna, aunque todos sabemos que claro que es una falsa fachada. Dijo que sí, que iría, pero después porque tenía que ir a recoger su coche, que estaba en el taller o algo, a la 1 de la tarde. La otra llamada fue a mi tía Pita, quien emocionada y despistada como a veces es dijo: “… ahí voy, me apuroayDios, sí, meapuroayDios, ayDios… ya voy”. Y dio mil vueltas por su casa, como de por sí acostumbra, hasta que logró por fin salir rumbo al hospital.

Yo, mientras tanto, caminaba de un lado a otro de la pequeña habitación de trabajo de parto, ante la mirada de mi madre. No me podía estar quieta. Me costó mucho trabajo –porque ya dolía mucho– acostarme para que me pusieran el monitor fetal. Para cuando llegó Mayra –que me dio un gusto indescriptible verla—le dije, sudando:

–Ya, me rajo, que me pongan anestesia.

Entonces me llevaron a otra sala. La idea esa ponerme la epidural y regresar al laaargo trabajo de parto… sí, ajá. Recuerdo al anestesiólogo. Muy buena onda. El único que me felicitó tras el nacimiento de Alan, también por ser una buena paciente. Me enconché, lo más que pude y sentí un instantáneo alivio.

¡¡Por mi que el bebé se tardara años!! Yo estaba muy bien. Pero en cuanto me revisaron, tras la inyección, todo se volvió frenético.

–Nueve centímetros de dilatación—dijo la enfermera. ¡¡Llamen al doctor!!

¿Nueve centímetros? –pensé desilusionada y emocionada. Desilusionada porque, si hubiera sabido que faltaba tan poco me hubiera aguantado. Emocionada porque el 12 de agosto, sin saberlo, deparaba para mi sorpresas inesperadas. ¡¡Hoy iba a nacer Alan, mi bebé!!

De pronto, se apareció, al fin, el doctor. Y también mi madre, quien semi oculta tras el tapabocas no podía ocultar –sus transparentes ojos verde-amarillo así son—la emoción y preocupación, a la par, que sentía.

–¡¡¡Puja!!!—casi gritaba, emocionada, y me acompañaba, también pujando, cuando el doctor así instruía. Yo ya no sentía las contracciones y me parecía un poco irreal estar ahí, estar a punto de tener al tan esperado, esperadísimo, Alan.

Cuando recuerdo esos momentos es como si me viera sobre la mesa, pujando, como si la que lo vivió no fuera yo y estuviera ahí de espectadora. El doctor dijo que ya mero: un solo empujón más. Pero tardó un rato más. Después supimos que era tenía el cordón enredado en uno de sus bracitos.

Pero después de un ratito, Alan nació. Y ahí si ya lo recuerdo como era: como algo que estaba viviendo yo. Me acuerdo perfecto verlo salir de mí, al fin. Un bulto rosulozo que se llevaron, de inmediato, a una camita contigua, con las pediatras. De inmediato voltee a ver el reloj que estaba en la pared del lado derecho: 12:20, am… Segundos después escuché su llanto, no tan fuerte como el que había esperado… pero llanto.

Descansé. En mi mente ofrecí una pequeña plegaria. ¡¡Nació!!

Se tardaron algo en llevarlo a conocerme, pero no puse atención: sólo miraba, tras ver el reloj, la mesa de examinación. Sabía que le hacían el Apgar (9 en el primero y 9 a los cinco minutos) y así… Vi cuando llamaron a mi madre a cortar el cordón umbilical.

Por fin lo llevaron a mí. La doctora, Karen, me lo presentó primero numéricamente: diez deditos en la manos, diez igual de minúsculos dedos de los pies. Dos testículos. Lo demás era evidente y ella no me lo contó porque lo veía: dos brazos y piernas, dos orejas, una boca, una minúscula nariz y dos ojos que estaban muy abiertos, como sorprendidos, viéndome mientras yo le decía:

–Hola, Alan… Hola, bebito…. Bienvenido….—y no sé que más cosas.

Pero sí reparé en sus ojos: –¡¡Mira, están rasgados!!—le dije a mi mamá, sin presuponer nada de ello. Después de todo, mis ojos, cuando sonríen así se hacen. Los de mi papá –al que tanto se parece Alan– también…

Fue entonces cuando pasó: Alan sonrió. Una pequeña sonrisa, que duró un instante que quedó pirograbado, eterno, en mi mente.

–¡¡Te sonrió!!—dijo Karen. No lo había hecho antes. Me sentí honrada. La primera sonrisa de Alan fue poco después de nacer, mientras le hablaba, para mí. Karen me explicó que se lo tenían que llevar. Perdía temperatura…No me preocupé porque supuse que era algo normal.

Me quedé acostada en la mesa del quirófano. Estaba muy interesada en el alumbramiento, en la expulsión de la placenta y pedí que me la mostraran: un perfecto órgano, muy parecido al hígado, que había creado mi cuerpo para alimentarlo. Verlo me pareció fascinante, increíble.

Después, a la sala de recuperación. Recuerdo estar acostada ahí, viendo los monitores y sus cifras y pensando: Mmmm, si eso es mi presión está muy mal. Llamé a la enfermera, quien coincidió y cambió los aparatos. Para verme tan bien y todo: el monitor debía mentir. ¿Presión de 60-30 y cayendo? ¿yo consciente y alertando a las enfermeras?

Total, que lo cambiaron y siguió igual. Decidieron que mientras me sintiera bien, todo OK. Y así era pero en superlativo: me sentía lo máximo: era ¿qué? la 1 y media de un día al que yo iba a asistir a un baby shower y ya había nacido el bebé. Me sonreía a mí misma. Había sido un parto fácil, casi indoloro… me sentí bendecida. ¡¡Tenía un bebito!!—me repetía una vez y otra para ver si así me lo creía mientras hacía esfuerzos conscientes por mover mis piernas (señal de que pueden llevarte a un cuarto, y ver a mi familia):

–¡Si así de fácil es tener un bebé, voy a tener diez!—pensé.

Me sentía cansada, un poco mareada, pero no podía dormir. Estaba emocionadísima.

Mientras tanto, mi hermana terminaba todos los trámites de entrada para el hospital. Ya en el cuarto 1219, en cuanto mi mamá le avisó por un mensaje de celular que metió de contrabando (y con el cual no se le ocurrió sacarle una foto, por nervios), escribió en el adorno de la puerta para el hospital, que sigue a la fecha colgada en la puerta del cuarto de Alan, sus datos: Me llamo Alan, signo Leo, 2kg. 950 gr., 51 cm. Gracias por esperarme con tanto amor.

Por fin decidieron que ya me podía ir al cuarto. Yo sabía que eran momentos que recordaría toda mi vida y me fije en todo: en cómo se veía el techo del hospital, el pasar las puertas acostada y me dio gusto ver que sí tendría el cuarto que había pedido (pero que no se podía apartar) desde que fui, meses antes, a conocer el hospital y hacer mi prepagos. Tiene vista a un pequeño jardín.

Cuando llegué me dio mucho gusto verlos a todos. Se impresionaron al ver que yo nomás llegar pedí mi bolsita de cosméticos para pintarme. ¿De cuándo acá cuando soy siempre tan pandrosa? Pero bueno, era un día importante. Y me puse el camisón y la bata blanca que había comprado meses antes para ese día.

Poco tiempo pasó para que comenzaron a llegar en tropel las visitas: mis tíos Elizabeth y Chucho, mis primos Alex y Diego. María Luisa, mejor conocida como “La Bruja” que es como otra hermana y su mamá, doña Julia María. Otros amigos de mi hermana que son también míos: El Gordo, Lily y el pequeño Sebastián, Lola y George. Adriana y Marcela. Al “terminar” el baby shower, Yuriria y Laura.

A todos les contábamos, divertidos, la odisea del precipitado y maravilloso nacimiento de Alan, de su primer sonrisa y cómo mi mamá –eso le encantaba contarlo a ella—había “pujado” junto conmigo. Y Alan estaba, intermitentemente, en la primera cunita tras el vidrio.

Intermitentemente porque se lo llevaban a una cama térmica del fondo a la que mi hermana bautizó como “el microondas”, porque, sí, eso parecía. Y fue justo ahí de donde es su primera foto en la vida.

Por fin como a las 4 de la tarde lo llevaron a la habitación. Una enfermera lo llevo envuelto, como tamal y perfectamente dormido, en una pequeña sabanita de franela color verde pistache. Yo no recuerdo eso, pero mi hermana sí: la cara de sorpresa de la enfermera en cuanto entró por la cascada de flashazos que le cayeron encima…parecía rueda de prensa.

Su primer traje era también verde con azul, un jumper talla 0 con una rana al frente y unos pequeñisimos zapatitos azules. Ya en mis brazos, lo vi con más calma. Era frutal: carita de pera por lo súper cachetón. Boquita mini, de corazón. Una nariz aún más minúscula. Mucho cabello, negro, negro, y peinado ¡con gel!

La visita duró poco. O muy poco para mi gusto, pues. Apenas para sacar todas las fotos que el momento ameritaba. Apenas para que Mayra, con cara de sorpresa, se atreviera a tomarlo balbuceantemente en sus brazos. Y mi papá, con una cara mezcla de ternura y sorpresa, mi mamá, mi tía… Mi familia más cercana, pues.

Más tarde ya me paré y ví que efectivamente, Alan estaba constantemente en el “microondas”. Y mientras en la ciudad –ahora del todo indiferente a mí—existía el plantón de López Obrador y no sabíamos a ciencia cierta quién sería nuestro Presidente, yo me sumé a otro plantón: el de la familia y amigos que casi apretábamos la nariz en el cristal para verlo, allá, en el microondas.

Ya más noche todos se fueron, menos mi mamá que se quedó a mi lado. Me costó trabajo dormir. En parte porque extrañaba mucho, muchísimo, mi panza embarazada.

–Tengo un bebito—seguía repitiendo, emocionada, mi mamá recuerda hasta la fecha.

Sin duda que el 12 de agosto de 2006 ha sido, por mucho, el día más feliz de mi vida. El día en que Alan nació, por primera vez. Porque yo aún no sabía que tenía un regalo adicional que compartirme –que no me gustaría nada en un principio, que me daría mucho miedo, que cambiaría aún más mi vida– y cuya noticia me la darían al día siguiente: el segundo nacimiento de Alan.