Diana Laura y Mario: cuando un hombre ama a una mujer (entrevista con la primera pareja transexual que se casó)

 

Diana Laura y Mario, cuando un hombre ama a una mujer

Un vendedor de lotería pasa frente a la terraza de este restaurante de la Condesa y se dirige —típico— sólo al varón de la mesa en la que también estamos dos mujeres:

—Lotería, lotería… ¿Patrón, lotería?

Mario lo ve, se miran por un instante, y él hace un ademán que lo desalienta a acercarse.

Estoy segura que nunca pensó que el “patrón” que le ofreció los billetes nació con un cuerpo femenino; aunque, si se hubiera detenido un poco, habría notado algún resto de masculinidad en la atractiva mujer que está sentada a la mesa y que nació con cuerpo de hombre.

Mario Sánchez es hoy un hombre de baja estatura y barba. Sus papeles oficiales insisten que se llama María del Socorro; a su lado está Diana Laura, antes José Mauricio Guerrero. Los dos se casarán el 17 de mayo. Escogieron la fecha por ser el Día Mundial contra la Homofobia.

Será una boda abierta: esperan a más de 500 personas, y al mismo tiempo es, claro, un evento político a favor de la no discriminación y la visibilidad de las personas transgéneros y transexuales, calculados en unas 20 mil personas, según Delio Hernández, diputado de Alternativa.

De éstos, en una proporción de tres a uno son hombres que quieren transformarse en mujeres. La condición aún está catalogada como una enfermedad siquiátrica: “disforia de género”. Ellos no están de acuerdo:

—Dios no se equivoca— dice Mario. Pero la naturaleza sí.

Aunque han cambiado sus cuerpos para estar en concordancia con el sexo que sintieron tener desde, casi, su nacimiento, la ley aún no les permite cambiar sus nombres. O es un proceso largo, costoso y aún así discriminatorio, que no lo han hecho. Por eso, el juez casará a José Mauricio y María del Socorro.

La historia de Mario

Dice que lo tuvo claro desde que nació. Que cuando a su mamá le dijeron: “es una niña”, él como en la película Mira quién habla le hubiera gustado decir: “No soy niña, soy niño”.

La sensación incrementó al pasar el tiempo. Recuerda como el día más triste de su vida cuando tuvo su menstruación.

—Ahora sí me voy a hacer mujer— dice que pensó. Todo el tiempo soñaba con que un día amanecería en el cuerpo de lo que realmente se sentía: un hombre.

Tiene nueve hermanos. Un día confió lo que sentía a una de sus hermanas, quien le dijo a sus papás. Lo llevaron al ginecólogo quien les recomendó darle más atención.

—Usted anda buscando una mamá, me dijeron. Y yo dije: no, sino a una mamacita.

Vio varios sicólogos, pero no le dieron una respuesta a lo que esperaba. Decidió comenzar a vivir como hombre: tuvo una pareja mujer durante siete años, que lo veía como eso: varón. Se separaron por presión familiar: nunca dijeron que eran pareja, sólo “amigas”.

Su familia se fue enterando. Sus hermanas, le siguen hablando en femenino en privado, le dicen Coco; pero lo presentan como su hermano. Para sus sobrinos es Tío Coco; en el hospital, Don Socorro. A su padre llegó a pedirle un nombre masculino. Él lo ve pragmáticamente:

—Tengo mucha familia: nueve hermanos, siete lo toman bien; dos no quieren saber de mí. Está bien.

Finalmente llegó al Instituto Mexicano de Sexología (Imesex), le propusieron el protocolo (terapia y cambio de rol) antes de terapia hormonal y cambio quirúrgico. Él se negó:

—Yo le dije: yo ya chillé como Magdalena; ya pedí perdón, ya me terapié (sic), nada más quiero transformar mi cuerpo.

Y entonces, a instancias del doctor Juan Luis Álvarez Gayou, inició con un tratamiento endocrinológico. El solo hecho de tomar testosterona le disparó la libido, dice aún ahora, tapándose la cara. No fue agradable.

—Pero me aguanté. Yo tenía temor de morir como mujer.

Ahorró lo suficiente y se operó. Decidió no hacer una reconstrucción de sus genitales, sólo quitarse los senos. No hizo más porque, además, es carísimo:

—Imagínate: me mandaron a México, transexual y sin dinero: a ver qué haces…

Se llama Mario después de intentar varios nombres con “S”, que checaran con su CURP y RFC. Fue también por su madre, María, y por su nombre como mujer: María del Socorro.

Acaba de escribir su biografía y la mandó al Concurso de Documentación y Estudios de Mujeres, AC. Confía en ganar.

La historia de Diana Laura

Ella ha permanecido callada, en un rol, digamos de mujer tradicional. Incluso aguanta algunos desplantes francamente machistas de él, lo cual me sorprende mucho. Es femenina hasta en su más nimio movimiento.

Decidió no contarle a nadie cómo se sentía. Se encerró en sí misma y su familia no sospechó nada: lo veían como un niño supertímido y buen estudiante. Se tituló con excelencia como ingeniero mecánico eléctrico en la UNAM.

Desde los seis años sintió que algo no estaba bien y fue en la pubertad cuando comenzó la verdadera lucha:

—Tú eres tu peor enemigo. Es tu cuerpo contra tu mente.

No sabía que una condición así existía. La primera vez que vio que hablaban de un “mujercito” fue en la Alarma, porque lo habían asesinado. La shockeó.

Un día escuchó Esta noche en Babilonia, programa de radio de Tito Vasconcelos donde se iba a formar un grupo de hombres que gustaban vestirse de mujer. Ella lo hacía de vez en cuando por las noches y salía sólo a caminar. Era como llevar una doble vida y se sentía frustrada.

Fue al grupo que sesiona en el Parque Hundido y fue una sensación de alivio conocer la diversidad sexual. La enviaron al Imesex. Ahí comenzó con la terapia, durante dos años, y decidió hacer su cambio de rol. Al tomar hormonas femeninas se sintió, dice (y comprendo) como si le hubiera “bajado”: “chípil”.

El siguiente paso fue decirle a su familia. Estaba preparada para todo… y su reacción la sorprendió.

Su papá se dijo decepcionado, sí, pero porque no les había tenido la confianza suficiente. Su hermana menor, Raquel, sólo dijo: “Ah, qué padre”. Eso sí, su mamá siempre le dijo “hijo”.

Luego vino el paso de vestirse y vivir todo el día como mujer: el cambio de rol. Renunciaría a su trabajo como ingeniero, pero, sorprendentemente la apoyó su jefe y toda la empresa para hacerlo ahí. Les dijo a todos, y el día en que apareció como Diana…

—Es como una campana de Gauss. El 25% no te dirige la palabra; 50% están en shock y el resto lo toman light.

Dice que tiene tres nacimientos: el biológico, 22-09-1962; el de cambio, 21-10-2001 y el de reasignación de sexo, del cual aún se recupera: 27-09-2007.

—Esta condición te constriñe el alma— dice. Y luego te empiezas a reconstruir.

Escogió su nombre pensando en Diana, La Mujer Maravilla que también vivía con dos personalidades —secretaria y superheroína— y luchaba contra la sociedad; y Laura, porque significa “victoria”.

DL & M

Les pido me cuenten su historia de amor. Ella le cede la palabra a él, quien habla más…

—Mejor cuéntalo tú— dice ladeando la cabeza.

Los contactó su sicólogo. Él le habló a ella para conocerla; ella lo invitó a su grupo de autoapoyo y como canción del Tri se vieron en el Metro Balderas. A él, le gustó desde que la vio.

Fue a la reunión sólo por ella; luego le invitó una torta y un refresco. La siguió hasta la fiesta de unas amigas lesbianas y luego, a su casa. Desde entonces no se han separado.

Ella sonríe, lo ve tierna:

—Desde el primer día me dijo: “Dame un beso”. Le dije que no había besado nunca a nadie. El primer beso será de amor y con la pareja que quiera.

Y sí: Mario es su primera pareja. La única que ha tenido.

Su primer beso fue a los 39 años un día que, después de ocho meses de pedírselo, él ya se veía muy triste.

—Entonces lo tomé y le dio un besote, un besísimo— dice. Y luego: Entra, quédate en mi casa.

—La agarré virgencita, pura y casta— dice él.

No ha sido fácil, porque cuando se conocieron, Diana no se había operado —algo que le provocaba “cosa” a Mario— y además no quería que la tocaran. Lloraba cuando él lo intentaba. Ella a la fecha no sabe decir por qué reaccionaba así.

—Y ahora… ya se le pasó la mano— dice él.

Su amor también pasó por la prueba de la operación de ella. Él la cuidó, la bañó, la curó, le hizo de comer. Es una operación de mucho riesgo, comparable a la de corazón abierto.

Aquí están. A unos días de su boda y él le dice:

—Cuando te pregunten si me aceptas, tu di: “Sí, acepto”. Sin “la” o “lo”. Acepto.

Ella sólo sonríe.

katia.katinka@gmail.com