La señora Wallace, la justicia es lenta y tortuosa

La señora Wallace, la justicia es lenta y tortuosa

Alas dos de la tarde, el restaurante Alaia (que significa ‘alegría’, en vasco) está casi desierto. Elijo la mesa que me place: junto a una ventana, cerca de la entrada. Me siento a esperar a que llegue Isabel Miranda de Wallace.

Cuando llega, antes que nada me da una pequeña clase de seguridad en un restaurante: siempre hay que ver hacia la puerta para que no lo agarren desprevenido; también no estar cerca de vidrios, sino mejor contra una pared. Me señala la mesa que ella hubiera escogido: del otro lado. Pero es gentil y come conmigo en esa mesa poco segura.

Como sea ella eligió el restaurante porque le gusta y también porque considera que es bastante seguro en general por su arquitectura. Apunta a que tienen una cámara de seguridad en la entrada que me señala, muy discretamente a la salida. Yo ni cuenta me hubiera dado.

—Yo no era así— suspira. Era bastante despistada, confiada, tranquila. No veía el mal que existe porque vivía en mi “mundito”. Pero he aprendido mucho. Una vez que ya tienes despierto el sentido de detective…

La vida de esta mujer cambió radicalmente hace dos años y 10 meses. Una noche su hijo, Hugo Alberto Wallace, no llegó a su casa y ella supo instantáneamente que algo estaba mal. Siempre le hablaba, sin importar la hora, para desearle las buenas noches. Como lo hace ahora su nieta, hija de Hugo Alberto, Andrea Isabel.

Es una persona incómoda para muchas autoridades: con la figura de coadyuvante que le da la ley, se ha vuelto una eficaz investigadora. Con ello ha puesto muchas veces en entredicho la capacidad de actuar de muchas autoridades. O de no actuar, también.

Su historia es ya muy famosa (hasta le propusieron hacerle una película de su vida), pero la cuento en un párrafo:

Isabel, maestra de secundaria de formación y licenciada en Desarrollo Humano, se negó a esperar a que las autoridades indagaran dónde estaba su hijo y con sus propios medios, aprendiendo a investigar sobre la marcha, valiéndose de todo, junto con las autoridades correspondientes (y a veces en contra de ellas) ha logrado detener (una vez ella misma junto con su hermano Roberto) a cuatro integrantes de la banda que secuestró a su hijo. Le falta uno, Jacobo Tagle, lo sigue buscando, además de los restos de su hijo, quien ya sabe que fue asesinado.

Lo dice sin pudor: podría ser agente de la AFI, o más. Y le creo por cosas que me cuenta que lamento no poder escribirle porque le prometí no hacerlo: daría tips a los delincuentes que aún busca, además de que algunas son, también, ilegales…

Pero además de esos conocimientos, Isabel a la par aprendió una lección:

—Aprendí a saber que soy mucho más frágil de lo que pensaba. Conocí la parte oscura de la vida, la maldad en toda su expresión. El dolor en el extremo máximo para mí. Yo siempre le decía a Dios que yo acataba lo que me mandara, de salud, dinero, lo que fuera, pero sólo le pedía que no le pasara nada a mis hijos. Y les decía a ellos, a mis hijos, que yo tenía un pacto con Dios: que yo me iba a morir antes que ellos… y fue como que Dios me puso enfrente para decirme “no estoy para cumplir caprichos” y me dio en lo que más me duele.

La forma en que tuvo a Hugo Alberto cuando apenas tenía 17 años y medio (se casó a los 16 con permiso de sus padres con un hombre 13 años mayor que ella) la pintan de cuerpo completo: ella decidió que fuera un parto absolutamente natural, sin gramo de analgésico. A eso sume que pesaba 47 kilos y estaba anémica porque el embarazo le provocó muchos estragos.

Así es ella: de carácter fuerte, desde siempre. Y el secuestro de Hugo también puso a prueba sus valores.

—Cuando yo supe dónde estaba el secuestrador de mi hijo, pues hubiera sido muy fácil, “lo mando matar o lo mato”… pero no puedo traicionarme. Fue decir: no puedo convertirme en lo mismo que ellos. Seguí con el camino desesperante, desalentador, frustrante. La justicia en México la tienes que morder y arañar. Eso de que es pronta y expedita no es más que un eslogan. La justicia es lenta y tortuosa.

Quebrarse, la reconciliación con Dios

Come frugalmente: una ensalada apenas. Un poco de jabugo (jamón) con manchego de entrada. Le pregunto que cuándo se quiebra y la sola pregunta hace que sus ojos se inunden.

—Todos los días— dice con un suspiro. Es más: ese tema ni me lo toques…

Pero ella sigue hablando, relatando sus dolores.

—La noche. Llego y veo la foto de mi hijo en el buró. Una donde está sonriente, como lo recuerdo. Me mata verlo y darle las buenas noches. Lo tengo ahí para acordarme que no debo flaquear. Le digo que me ilumine, me proteja del mal, él que está cerca de Dios para poder seguir con esto. En la noche siento frustración de que sigo en lo mismo. ¿Cuándo voy a poder tener un lugar donde pueda decir: “aquí están sus restos”? Ahora siento como que él se fue de viaje. Sé todo lo que pasó, ya lo procesé intelectualmente, pero todavía no me la creo en el fondo. Es como si la mitad de mí estuviera afuera y necesitara recuperarla.

Como comenzó a investigar desde el primer momento, Isabel sabe que no ha tenido tiempo para duelo alguno. Que no ha llorado todo lo que quiere hacerlo. Simplemente, dice, no ha tenido tiempo. Creyente como es, también está enojada aún con Dios:

—Cuando a los seis meses de la investigación, me entero que lo habían matado, y cómo me tuve que tapar la boca para no gritar del dolor. Salí renegando de Dios y cuestionando su existencia porque no podía creer lo que estaba viviendo. De hecho, te he de confesar: nunca me he reconciliado con Él del todo. Hay gente que me dice que ora mucho por mí y lo sé. Miles, no exagero. Yo les digo que qué bueno que tienen fe para poder orar… yo no la tengo. Pero sé que es algo que tengo que sanar porque creo en Él… Sigo sin entender y quizá nunca entienda, pero es importante que algún día lo acepte.

A la fecha, los juicios contra los secuestradores de su hijo no han terminado. Ella ya está cansada y sabe lo que va a hacer cuando pueda cerrar el caso. Se encerrará en su casa un mes a hacer corte de caja de lo que ha vivido, a llorar y a trabajar su duelo. Luego pondrá a disposición de los demás lo mucho que ha aprendido, pero lo quiere hacer desde la sociedad civil, sin ligarse a partido alguno. A exigir, también, que los políticos legislen y cambien las reglas del juego que favorecen, muchas veces, a los delincuentes.

—Sé que la política es la única manera de cambiar el país. Qué lastima que no todos los políticos piensen igual. Como mexicana, me da tristeza y rabia.

Suspira. Y sigue, con un dejo de cansancio en su voz que siempre es templada:

—Hay días que creo que ya no me puedo levantar. Y me digo: “Cómo que no, saca el remolque y vamos para afuera”. Mi marido dice que soy muy cruel conmigo misma porque no me cuido. Y sí, me exijo más de lo que debería.

Pero ahí está. Al pie del cañón. Esta semana fue a La Palma a encarar a uno de los secuestradores, al Reclusorio Norte, a una cita en la SIEDO. Isabel no puede parar.

katia.katinka@gmail.com