Jacobo Zabludovksy, el goce de la libertad (I)

En El Churchill todo el mundo conoce a Jacobo Zabludovsky. El pianista, José Calderón, le dedica tangos; la dueña lo saluda y le da su mesa de siempre: la número 14.

Al entrar, los comensales voltean discretamente. Algunos al entrar o salir lo saludan y él siempre voltea, los ve, sonríe y responde amable:

—Cómo le va. Buenas tardes…

Hay otros mucho más osados. Como este hombre que se acerca a la mesa y lo saluda, tuteándolo, como si hubiera platicado con él ayer. En un santiamén le cuenta que su nieta se casa y ya tiene tres bisnietos.

—Qué vida sexual tan activa tienes— le contesta en broma Jacobo y los dos se ríen.

—Mi esposa está enamorada de ti, te la voy a presentar…— le dice y desde un lado a otro del restaurante la llama con voz ronca: “¡Jovita!”

Jacobo se sorprende. Le dice que no la llame, que, en todo caso, él va a saludarla. Pero el hombre no le hace caso y se va a traer a su esposa.

En la mesa, me sonrío. Y le hago ver que ¡es el esposo el que le va a presentar a la esposa que está enamorada de él!

—¡Y yo qué culpa tengo! Katiecita, tú no te metas— dice él, en un susurro, en un tono entre de regaño y complicidad. Está francamente divertido.

Los señores llegan a la mesa. Jacobo se para a saludar a la señora y para no hacer el cuento largo, acaban sentados, platicando. Son dueños de un negocio de ambulancias para la comunidad judía. Y se ofrecen a darle el teléfono a Jacobo por si algún día lo necesita.

—Nooo, muchas gracias. ¡Qué tal que algún día sí lo necesito!— dice riendo.

Estas cosas le pasan todo el tiempo, pero él lo agradece siempre, me dice muy conmovido cuando se van.

Hace 15 años que, tras mucho perseguirlo, logré entrevistarlo por primera vez, en su oficina de Televisa Chapultepec. También le recuerdo otra conversación que tuvimos en el Sanborns de los Azulejos, una mañana, poco después de su salida de Televisa. Se decía seguro que en seis meses nadie se acordaría de él. Algo que, es evidente, no pasó.

—¡Cuántas cosas han pasado!— dice Jacobo al recordarlo. No es un tono melancólico, sino más bien de sorpresa.

Y sí, muchas cosas han pasado: dejó Televisa, su casa por décadas; venció el cáncer que lo tuvo al borde de la muerte, retomó su carrera como periodista como nunca antes había hecho, con completa libertad, a través de su programa de radio De una a tres y una columna semanal, Bucareli, en EL UNVERSAL.

Jacobo acaba de cumplir, hace dos semanas, 80 años. Él mismo develó que un grupo de “conspiradores” querían hacerle una macrofiesta de cumpleaños pero que él huyó.

Lo festejó en Nueva York, con un reducido grupo de amigos, en un restaurante griego, el Athos. Estaban Isaac y Pita Becker; Pancho y Evelyn Aguirre, su hija Diana y su yerno Eduardo, quienes llegaron de sorpresa; el mayor de sus nietos, Miguel, que tiene un negocio de tintorería en esa ciudad, y por supuesto, su inseparable esposa —su amor, su socia, como la llama siempre—, Sarita.

—Creo que fue uno de los mejores cumpleaños de mi vida— dice Jacobo mientas degusta el vino que pidió para la comida, un Marqués de Cáceres. Y enumera algunas de las razones que tiene hoy para estar muy feliz: que disfruta mucho a su familia, amigos. Que su nieta, Gabriela, se casa en enero. Que está bien de salud. De hecho lo acaban de operar de una hernia el sábado pasado, pero el lunes estaba transmitiendo, aunque un poco adolorido, su programa de radio, que goza.

La libertad, ese olor a horizonte

Aunque tuvo ofertas de trabajo desde que salió de Televisa, tardó algún tiempo en aceptarlas.

—Estaba yo muy traumado por el cáncer. No tuve suerte en las operaciones que tuve, se complicaron. Fueron dolorosas y muy graves. Lo que mucha gente no sabe es que yo estuve ¡un mes! en terapia intensiva del hospital de cáncer de Houston y volví al quirófano en ese mes. Tenía yo mucha desconfianza de mi capacidad, tenía miedo de reaparecer en radio y que fuera la peor especie de los fracasos que es la indiferencia.

También regresar a escribir, dice, le daba mucho miedo:

—Era como someterme a un examen público después de tantos años. Era como arriesgarse a que dijeran: ‘¿Y ese es el cuate que se creía la mamá de los pollitos?’.

Le digo que me parece increíble que él, un hombre que ha recibido críticas despiadadas, se siga preocupando por eso. Que le sorprenda que haya “podido”, como dice. Responde con una analogía de toros:

—Algunos de los toreros que yo he conocido, tuvieron siempre más temor al ridículo que al toro. Los entiendo perfectamente.

—Y continúa: Además, te quiero decir una cosa: yo no sabía escribir en computadora. Yo escribía en máquina mecánica, ni siquiera eléctrica: en la Remington, Corona, Underwood…

Cuando comenzó a escribir Bucareli dictaba el lunes a una secretaria que tenía exclusivamente para eso. Y toda la semana corregía el texto que entregaba el sábado. Hasta que vio que el teclado de una computadora es igual al de una máquina, que sólo cambian algunos comandos como borrar, el acento…

Me dice, orgulloso, que desde hace cuatro meses ya escribe su texto en computadora. El que menos tiempo le ha tomado es el del lunes pasado, “Tolerancia”, sobre las felicitaciones de políticos que recibió con motivo de sus 80 años. Tardó tres horas. Pero otros textos le toman mucho más.

—Dos veces los he borrado cuando ya casi están terminados. ¡¡Ha sido uno de los corajes más grandes de mi vida!!

—¿Y escribes en Mac o en PC?

—¿Qué?— me dice como si hablara en marciano—. Pues es una Apple…

Todavía hoy, dice, le cuesta trabajo poner palabra tras palabra. Ya no escribe “irresponsablemente”, “rápido”.

—Estoy consciente de que es un artículo editorial en EL UNIVERSAL, un periódico muy importante en el mundo de habla española. De que lo que yo escriba va a ser escrutado en función de lo que yo he hecho en mi vida. De los errores y posturas discutibles que yo haya podido tener. Y en cierta forma es un regreso para decir: ‘Cuando México era de otra manera, todos éramos de otra manera; cuando México es ahora, distinto, no podemos seguir siendo como éramos’.

Jacobo está encantado con la libertad. Que la libertad, la capacidad de decir “no”, es un derecho que hay que ejercer todos los días, sin que acumule óxido. Y él lo hace.

Para definirlo, me cuenta una fábula:

—Estaba el muro de Berlín y el perro de la Alemania comunista se salta a la Alemania capitalista. El perro de la Alemania capitalista le dice: ‘Oye, ¿y por qué te saltaste? Allá tienes todos los días un hueso, un veterinario, pensión vitalicia, siquiatra para perros’. El perro contesta: “Porque de vez en cuando quiero ladrar”. Es lo mismo. El ejercicio del periodismo cuando lo haces con completa libertad es totalmente distinto a lo que hiciste 50 años.

La próxima semana: La izquierda y las lecciones del cáncer.

katia.katinka@gmail.com

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Uno.— El posible contagio que tendremos a causa de la recesión económica que vive Estados Unidos. Por lo pronto, la secretaria de Hacienda informa que sí podría afectarnos, pero “no de manera importante”. Mmm. Dos.- La integración del nuevo consejo general del IFE, pospuesto desde diciembre pasado. Ahora la disputa radica en si son 3 o los 6 los integrantes que se elegirán en la Cámara de Diputados..