Jacobo Zabludovksy: la izquierda y las lecciones del cáncer (II)

Jacobo Zabludovky, la izquierda y las lecciones del cáncer


Jacobo se pone muy serio cuando me confiesa qué es lo que más le sorprendió de hacer su trabajo periodístico con absoluta libertad. La razón no es externa, sino interna. Me sorprende:
“Hice un esfuerzo para acostumbrarme a la libertad. Me costó trabajo quitarme la autocensura”.

Será que fueron muchos años de hacer un trabajo cotidiano que en todo caso a lo más que podía aspirar era a ensanchar un poco, en la medida de lo posible, el camino de la libertad. De pronto, la tuvo de sopetón al dirigir De una a tres, en Radio Centro.

Le pregunto qué autocensuraba a priori. Él se toma tiempo para medir sus palabras. Lo más interesante no está en lo que dice, sino en el gesto que hace cuando lo dice: una mueca, tristeza con un dejo de enojo, que parece una sonrisa invertida. Sus manos trazan lo que va diciendo con movimientos lentos, como si fueran puntos suspensivos que hablan y se quedan en al aire sobre esta mesa del restaurante Churchill.

-No tocar la figura del señor Presidente… Lógicamente, la Virgen de Guadalupe, la Iglesia, fuera de toda discusión… y el Ejército. Pero luego había muchas otras cosas: no tocabas a algún anunciante importante de la empresa… No tocabas…ehhh… a ninguna marca de coches si el dueño de la radiodifusora o televisora tenía una distribuidora de coches. Packard, por ejemplo… Los cuates del dueño de la empresa… La embajada de Estados Unidos. ¡No fueras a defender a un pintor comunista!… Pienso en Siqueiros, que fue a la cárcel. Eran tan estrecho el camino en donde podías ejercer la profesión. Todos igual. Unos más… otros menos.

Pero, claro, se adaptó. Y se descubrió, dice, “burro sin mecate”.

Cuenta la noticia que sintió como una bocanada de aire fresco cuando la dijo:

“Fue cuando “don Vicente” y Marta Fox cancelaron el 12.5%. Me expresé totalmente en contra de eso, no obstante que todos los radiodifusores se beneficiaban de eso. No tuve problemas, entre otras cosas porque cuando firmé mi contrato con Radio Centro, una de las cláusulas dice que soy dueño absoluto del contenido del programa, es de mi sola responsabilidad. Y ejerzo -ríe ahora sí con absoluto gozo- la propiedad”.

La izquierda

Jacobo le da un trago a la copa de vino tinto, tras brindar a la vida: “Leheim”.

Le aventuro una hipótesis: por estos días él es uno de los periodistas de radio más citados por La Jornada, un periódico claramente de izquierda. Sus comentarios y entrevistas han sido retomados para notas.

Él es prudente: “No he hecho ningún análisis. Me parece algo de lo que estoy muy orgulloso porque es un periódico muy bien hecho por unos magníficos periodistas al mando de una periodista ejemplar, Carmen Lira, a la que quiero mucho”.

Alguna vez, en otra entrevista hecha hace 10 años, me dijo que en su juventud había sido un “fuerte partidario de la izquierda”, porque representaba una esperanza contra el nazismo. Le hago ver que la primera entrevista que dio Andrés
Manuel López Obrador tras lo que calificó como “cerco informativo”, fue a él.

“Si Stalin está en la izquierda, no me metan en ese grupo. No pertenezco ni he pertenecido a ningún partido político. Yo digo mi propia verdad. La mía. Dicen: ‘Estás muy con López Obrador’. Porque le abrí los micrófonos de mi programa. Dicen: ‘Lo dejaste hablar’. ¿Por qué no lo voy a dejar hablar? Dejo hablar a todos. No interrumpo a nadie cuando habla. Si el señor no me dejó hacerle preguntas, no le hice preguntas -remata con una carcajada-. Lo único que puedes hacer si eres dueño de un medio, y yo soy dueño de mi programa, es abrirlo a las gentes que no les dan voz. Y a López Obrador no le daban voz. Le dije: ‘Venga y hable aquí. Diga lo que quiera’. Yo no voté por él. Voté por Juan Ramón de la Fuente, lo hice público”.

Le digo que habría razones: él es hijo de un inmigrante polaco, David Zabludovsky, quien llegó a este país sin nada más que 10 dólares en el bolsillo. Eran 11, pero uno lo usó para comprar naranjas en Sevilla y vivió de vender retazos de tela en el Centro. Creció en La Merced y es fruto del sistema de educación pública, hasta la UNAM, donde estudió Derecho. Vaya: en la escuela primaria en la que estudió le enseñaron a la par tres himnos: el Nacional, primero; La Marsellesa y también La Internacional, que sabe de memoria, a la fecha.

“No me interesa”, responde. “No me he preocupado ni de ubicarme ni de que nadie me ubique erróneamente. Eso de que soy de izquierda o de derecha… Ni siquiera me preocupa ubicarme en una clasificación. ¿A mí qué me importa?”.

Las lecciones del cáncer
Lo dijo públicamente en una entrevista que Abraham, su hijo, le realizó antes de que fuera una realidad: el cáncer le iba a hacer los “mandados”. Así fue.

No fue, sin embargo, una batalla sencilla aunque es hasta recientemente que él comparte algunas de sus experiencias. Como que estuvo un mes en terapia intensiva en un hospital de Houston, sin que muchos lo supieran. O que usó pañales durante algún tiempo.

Le pregunto qué aprendió del cáncer y él de nuevo se queda callado unos segundos. Sus ojos, tras los lentes, se humedecen y él baja el tono de voz:

-El valor de la gente que me acompañó. La solidaridad. El amor de la gente es… lo que aprendí. A mí nunca me dolió el cáncer, me dolieron las operaciones. Las complicaciones. Las fiebres. Las hemorragias internas que hubo. Muy doloroso. Pero aprendí que… el esfuerzo más valioso es el que haces para que en un momento de crisis alguien esté junto a ti. Eso aprendí.

Quiero saber cuál fue el momento más grande de la realización del amor que sintió y sus ojos se ponen vidriosos y sus palabras se entrecortan:

“Fue un momento en el que yo creí que… porque ya era… eh… creía que me iba a morir…”.

Jacobo para. Aclara su garganta. Extiende su mano para tomar un panecillo de queso frente a él y lo mordisquea, lento. Respira y luego vuelve a hablar:

“Te lo digo al ratito…”, dice y con un casi imperceptible movimiento de los ojos barre el salón. Agrega, casi susurrando: “No quiero hacer un numerito”.

Luego recurre, en un cambio absoluto de postura, a una frase absolutamente zabludovskiana, de la cual he sido testigo varias veces cuando ya no quiere seguir hablando del tema, al menos, por el momento:

“¿Qué más?”.

Nos quedamos callados un justify.

De pronto, el pianista toca, oportunamente, Cenizas de El Güero Rivas, amigo de Jacobo, y él sonríe y agradece la dedicación. Luego el tango Por una cabeza.

Cae la tarde y él va tejiendo anécdotas. Cantinflas y él comiendo tostadas. El día que María Félix le pidió que la llevara a ver Forever tango y ella no lo soltó de la mano. Cómo disfruta ver la serie CSI en las tardes por la televisión y por qué. Del precio que hay que pagar por ser periodista. También de sus 80 años recién cumplidos.

De pronto, me pregunta:

-¿Y qué vas a hacer cuando cumplas 80, “Katiecita”?

-Voy a hacer una fiesta en tu honor.

-Allá tú. Es un rollo. Mejor huye.

katia.katinka@gmail.com