Que respeten la bandera (Entrevista a Pedro Vidal, vendedor de banderas)

“En otros tiempos vendíamos 500 o 600 pesos diarios por puesto. Ahora vendemos 200 o 300. A veces, sólo 150”

Pedro Vidal lleva 27 años de vender banderas a principios de septiembre. Sale de su pueblo natal, en el municipio de Otzolotepec Villa Cuauhtémoc, en el estado de México, y trae a toda su familia. De la venta de estos días patrios, apenas 15, sobrevive gran parte del año.

Pero este 2008 las cosas son diferentes. Y este hombre moreno, curtido por el sol, jefe supremo otomí, cree que es personal, que se debe a la discriminación que toda la vida ha sufrido por ser integrante de los pueblos indígenas. A él, que no sabe leer ni escribir, a eso le sabe la decisión de Marcelo Ebrard de no permitir vendedores ambulantes —ni de banderas— en el perímetro A.

Lo argumenta también por el maltrato recibido en las dependencias a donde ha ido a pedir permiso para vender banderas en la calle:

“Ya porque trabajan en una dependencia, ya ¡¡Pus!! Dígame usted: ¿a poco no es discriminación cuando lo dejan con la palabra en la boca? Es discriminación que lo tengan a uno ahí parado, sin saber. Sin que pregunten qué se le ofrece o qué busca. Por lo menos nosotros como indígenas tenemos un poco de respeto. Cuando alguien va con nosotros a vernos salimos a decirle qué se le ofrece, algo busca… Es eso, nomás, al menos un poco de atención”.

Él ya tenía clientela y siempre se instalaba cerca de Plaza Meave. Ahora está a un costado de Bellas Artes, entre la entrada del Metro y la avenida Hidalgo. Las ventas no son tan buenas aquí, se queja.

En un puesto cercano suena música de lo más variada. Lo mismo Luz Casal que Los Tigres del Norte, cumbia.

“Como tradición, como fiestas patrias, nos deberían dejar trabajar. Tienen la obligación de respetar la bandera de México, nuestro producto”, dice Vidal, molesto, con referencia a las autoridades. Primero le echa la culpa de su infortunio al Presidente; luego al jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard.

“Asegún dice el Presidente que va a ayudar a la gente pobre, pero a la gente pobre cada día la discriminan más. ¿Dónde está la ayuda que nos da? En lugar de que nos proteja, nos tiran más”.

Está aquí instalado sin permiso, acepta. Apenas ayer se fue a sacar una fotografía para un permiso. Se queja de todos los papeles que piden. Él sí tiene credencial de elector, dice, pero hay otros “hermanos de raza” que la “desconocen”… o la perdieron. Como su hija que está en otro puesto sobre la misma acera.

Vidal es huérfano. Su madre murió y no la recuerda. “No conoció” padre. Fue criado por sus abuelos en Otzolotepec, pero a los 10 años se fue de la casa. Caminando llegó hasta la ciudad de México. Sus paisanos le habían hablado de La Merced, de que ahí podría trabajar de cargador.

“Yo quería conocer México, por eso me vine. Le estoy hablando del 72 o 73. Me vine preguntando dónde era La Merced. Llegué y me senté, como llegan muchas personas, como muchos vaguitos, así nomás… Me vine sin dinero. Ayudaba a lavar trastes, charolas de los taqueros en el Mercado de las Carnes… y me regalaban un taco o dos y con eso sobreviví. Dormía en la calle, luego ya tuve un diablito para echar viajes. Y salí adelante y así crecí y anduve por donde quiera”.

Su infancia, pues, la pasó en la banqueta. Dormía en la calle, en un parque cercano. Dice que no era el único, sino que muchos chamacos como él vivían ahí con los “teporochitos”.

Más tarde, comenzó a hacer viajes por toda la República. Se acercó a los choferes de los tráileres, los acompañaba a dejar sus mercancías, a cargar y descargar. Así conoció Saltillo, Chihuahua, Fresnillo, Guadalajara, Querétaro, Monterrey. Y aprendió a conocer al DF como la palma de su mano, presume.

Tardó ocho o quizá 10 años, porque no lo recuerda, en regresar a su pueblo. Sus abuelos ya lo habían dado por muerto. Si lo buscaron, él nunca supo. Ellos tampoco saben leer ni escribir…

Y fue en su pueblo donde conoció, un día caminando, a Carmela Crescensio, su esposa. Ella está atendiendo el puesto —bueno es un decir, porque efectivamente no ha vendido nada mientras platico con su esposo—. Fue hasta que se casó con ella, dice, que conoció un hogar y una casa.

“Me gustó porque es una mujer de hogar y trabajadora, ¿no? Si una pareja no lo apoya a uno, uno no es nada. Yo siempre digo que gracias a mi familia soy lo que soy… porque antes era muy vago. Tomaba”.

La pareja tiene seis hijos; tres hombres y tres mujeres: Marín, Ismael, Carmela, Nancy, Jéssica y Pedro. El mayor tiene ya 25 años; el menor, 14. Ya son abuelos de cuatro, también. Dos niñas y dos niños. Tiene la fotografía de uno de ellos, Elvis, en su cartera.

Mientras están aquí trabajando se quedan en una casa de huéspedes. Les cobran 200 pesos diarios por un cuarto en el que duermen ellos y tres de sus hijos. No vino Jéssica, quien se quedó a cuidar la casa, tampoco Marín y Nancy, quienes ya tienen sus propias familias.

Llegan a las ocho de la mañana y se van hasta que la lluvia los deja. Si pueden, se quedan hasta 12 horas ahí. Por estos días, por la mala ubicación, venden poco, dice Vidal.

“En otros tiempos vendíamos 500 o 600 pesos diarios por puesto. Ahora vendemos 200 o 300. A veces, sólo 150. De eso a veces de ganancia son sólo 50 pesos”.

La familia también hace las banderas. Compran la tela en el mismo centro, a crédito. Vidal casi se indigna cuando le pregunto si están hechas con telas chinas:

“¡Esta no es bandera china, la puede ver! Yo no trabajo banderas chinas. Las chinas son más descoloridas, si se mojan luego luego se pinta la tela. Luego luego se ve la diferencia. Cuando el sol le pega, se descoloriza. O son delgaditas como tela de plástico”.