La Familia de ‘Alvarito’ (el piloto del avión en el que falleció Juan Camilo Mouriño)

Un pequeño jardín-cochera precede la puerta


HORAS DE VUELO. Sánchez y Jiménez ya planeaba su jubilación (Foto: EL UNIVERSAL)

“En el caso de que haya sido tan así como dicen, yo no creo que sea realmente una culpa que ellos hicieron. No se le hubiera pasado a Álvaro, él era perfeccionista. Que hay un factor ahí extraño, pues sí, debe de haberlo. No sé cuál es”

Un pequeño jardín-cochera precede la puerta. El primero en salir al sonar el timbre en esta casa de clase media alta es un perro chihuahueño que —paradójicamente— se llama Titán.

Tras él, en la casa ubicada en Naucalpan, estado de México, está Isabel Campos Cué, la viuda del piloto Álvaro Sánchez y Jiménez, quien era el copiloto del Learjet 45 que, al estrellarse el pasado 4 de noviembre en las Lomas, mató a todos los que estaban a abordo y a seis personas más en tierra.

Han pensando mucho antes de dar una entrevista. Lo consultaron en familia: la madre, Isabel, y las dos hijas, Sara Elisa y Liliana Noemí. Sareli y Noemí, en corto. Quieren, al menos, dar su versión ahora que la supuesta impericia de los pilotos del avión en la que viajaba el secretario de Gobernación ha sido tan cuestionada.

Dar testimonio, como su familia, de la vida que llevaba este hombre con al menos 11 mil 809 horas de vuelo, 35 años de experiencia y que voló para tantos personajes importantes, lo mismo Vicente Fox en su campaña que Luis Miguel…

Alvarito, como muchos le decían, también voló para Manlio Fabio Beltrones (que le mandó a su casa cajas de carne de agradecimiento cuando era gobernador de Sonora), para la cantante Shakira y para Lucero y Mijares recién casados en su luna de miel. Les descorchó una botella de champán al aire que le dio, después, a su esposa. O a Thalía. A Julio César Chávez…

También para la PGR, recuerda su esposa. Vuelos que contenían decomisos de droga.

Trabajo que —aunque bien pagado— desechó y prefirió no hacer por “riesgoso”. Prefirió capacitar a los pilotos que lo harían.

La lista es larga. También fue el piloto preferido del codueño de Taesa, Miguel Abed. El que volaba para su familia a San Diego. Y el que llevaba, como piloto de Banrural que fue durante casi 15 años, cada fin de semana al secretario particular de José López Portillo, Enrique Velasco Ibarra, a su rancho en Veracruz.

El hombre que le decía siempre a su esposa:

“Mira, hay unos pilotos que hacen cosas así, maravillosas… y habemos otros pilotos que siempre vamos y regresamos. No hay que hacer cosas heroicas, sólo hay que llevar las cosas bien”.

Estamos sentadas en la sala de la casa. La fotografía del capitán en uno de los sillones con la bandera nacional.

A Álvaro Sánchez y Jiménez no le fue fácil ser piloto, recuerda su esposa, quien lo conoció cuando tenía 12 años, fue su novia desde los 15 años. No tenía padres ricos y para ser piloto se requiere una fuerte inversión, por lo que primero fue técnico de mantenimiento de aviones. Trabajaba en eso en la noche para pagarse su carrera de piloto durante el día.

“Yo lo apoyé para que fuera piloto. No me arrepiento”, dice Isabel. “Un día llegó y me dijo: ‘No puedo ser piloto porque no veo bien’. Tenía miopía o algo, poquito, pero en ese entonces, tener anteojos era olvídalo. Estaba destrozado. Y le dije: ‘Lo que tú quieras ser en la vida lo vas a ser, ya verás que sí”.

Fue juntando sus horas de vuelo poco a poco, con ahorros de la familia. Eligió ser piloto privado también porque era una forma más fácil de ascender que en una aerolínea. Y ya tenían familia.

Comenzó a trabajar para Gobernación apenas en julio de este año y estaba contento. A sus 58 años ya planeaba su jubilación. Los vuelos que hacía estaban espaciados y así tenía tiempo para estar con su familia, sobre todo con Joshua Aarón, su nieto de dos años, quien tiene una lesión cerebral.

Desde que nació Joshua, la dinámica de la familia se trastocó. Su hija Sareli se vino a vivir a México este año de Playa del Carmen por las terapias y los doctores. Él pasaba más tiempo en la casa familiar en Lomas Verdes, de donde salió el martes 4 de noviembre; su familia —porque es una casa más calientita— estaba en la de la familia de su esposa en Satélite. La última vez que lo vieron fue el domingo anterior… aunque se hablaban por teléfono.

La hija mayor recuerda que su padre le dijo que saldría en un vuelo cerca de las 10 de la mañana. Que esperaba llegar temprano y pasar a verlas. No llegó.

Tras el accidente han decidido casi no escuchar noticias. Sólo lo indispensable. Escucharon la lectura de la transcripción de la caja negra y están seguras de que su esposo, su padre, luchó hasta el último momento por recuperar el control de la nave y, ya que vio que morirían, por hacer el menor daño posible. También que sus últimos pensamientos fueron para ellas. Que el “Diosito” de la grabación, la última palabra que se escucha, era típico de él, fiel seguidor de El señor de los milagros, que siempre tenía en la cartera.

“Mi papá siempre lo decía”, recuerda Sareli. “Si alguna vez tengo que hacer un aterrizaje forzoso busco un campito, un claro. Me llevaré árboles, pero no personas”.

Noemí —a quien le tocó reconocer los restos de su padre— concuerda.

“Pensamos mucho en que se debe haber ido jalando. Que el avión iba en 46 grados y luego en 42. Sé que en las grabaciones se escucha que realiza un esfuerzo. Ha de haber jalado el mando y se ha de haber ido un poco consciente de lo que estaba pasando. Sé que se fue haciendo todo lo posible… Ese momento es tan duro como la identificación de mi papá. Había una parte reconocible de su cara y tenía puesta la diadema como diciendo ‘mira, aquí estoy, el último… y soy el piloto porque tengo mi diadema’”.

Lo único que quieren precisar de la grabación es que él no era malhablado.

“No fue lo máximo lo que escuchamos que dijo en la cabina, pero… ¿qué habrán visto sus ojos para que dijera algo así?”.

Dolidas, todas están seguras de que fue un accidente. Su esposa asegura que era perfeccionista en todo, que nada se le pasaba por alto. No se les hace extraño que él fuera copiloto teniendo más horas de vuelo por su naturaleza.

“Por lo mismo que a él le dio trabajo avanzar, no era envidioso”, dice su esposa. “Yo pienso que mucho debe ser que él quería ayudar a este muchacho dándole confianza y experiencia. Yo creo que es algo que no se han puesto a pensar los demás. Esto a él no le parecía mal. No se sentía mal de ‘cómo va a ser éste el capitán’. No, que sea, que juegue a ser el capitán y yo lo voy cuidando. En el caso de que haya sido tan así como dicen, yo no creo que sea realmente una culpa que ellos hicieron. No se le hubiera pasado a Álvaro, él era perfeccionista. Que hay un factor ahí extraño, pues sí, debe de haberlo. No sé cuál es”.

Era un hombre sano, que cuando estaba en casa salía a caminar por horas. No tomaba ni fumaba. Pintaba y hacía caricaturas. También tocaba la guitarra y cantaba rocanrol. Tenía con unos amigos un grupo llamado los Ruckorockers, y habían grabado al menos cinco discos amateur.

“Había comprado muchos modelos de aviones para armar. Que los iba a hacer cuando se jubilara”, recuerda Isabel. “Tenemos un clóset lleno, de dos pisos. Y muchas guitarras. Eso nos queda y el haber compartido la vida con un hombre muy lindo. Que me quiso mucho, mucho. Tal vez más de lo que me merecía”.

Noemí termina: “Lo vamos a necesitar y extrañar toda la vida. Uno no se recupera de esto, pero la vida tiene que continuar. Tenemos este chiquito aquí que nos tiene que sacar…”, dice viendo a Joshua quien está en brazos de su hermana. “Para mí no fue un atentado. Por mi propia paz mental prefiero ni siquiera pensarlo, viviría con rabia toda mi vida. Contra quién te vas, cómo haces qué… Los accidentes pasan, con tantas horas de vuelo, suceden…”.

EL PERFIL

II Tenía 58 años de edad y 35 de experiencia como piloto, 11 mil 809 horas de vuelo

II Esposo de Isabel Campos Cué y padre de Sara Elisa y Liliana Noemí

II Voló para artistas y políticos