Alan va a la escuela

Por estos días me siento como reina maga trasnochada. Y es que así veo la enorme lista de cosas que me pidieron llevar para la escuela a la que va a entrar Alan el próximo miércoles; una suerte de ofrendas para el lugar en el que estará mi hijo –cuando se acostumbre—de 8 de la mañana hasta la 1 de la tarde… ¡Qué rápido! Este pequeño de 2 años con 5 meses va a entrar a la escuela y parece que fue ayer que nació.

Es un Montessori. Y por estos días he creado –o ayudado a crear, coordinado, no me adorno—una caja de cartón de 30 x 25 centímetros y 15 de altura forrado de tela; un morral de 35 por 35 centímetros con asa proporcionada al enano en cuestión (resultado: morralón con asita) y buscado sin cesar una mini maceta de 10 centímetros por 8 de diámetro (menos mal que es aproximadamente). Mi madre tiene en su casa, también desde hace tiempo, una cuna de moisés pequeñita que ya plantó en la maceta al fin encontrada. Y claro a escribir su nombre decenas de veces en calcetines. Mary ha cosido etiquetas con sus nombre en la ropa, poco a poco, desde hace ya por lo menos dos meses…

Desde antes de que naciera Alan y supiera que era un niño con discapacidad, yo quería que entrara a esta escuela en especial. Es a la que van todos los niños del edificio en el que vivimos. Mis vecinas me lo han recomendado mucho. Afortunadamente tras una lista de espera como de unos 7 meses, me hablaron hace algunos meses para decirme que tenían un lugar para él en Comunidad Infantil para enero.

Creo que ya estamos todos listos. A él le he venido diciendo desde hace tiempo ya que va a entrar a la escuela y sonríe (bueno en realidad sonreír es su actitud común casi frente a todo) Supongo que ve que estoy entusiasmada por ello porque sé que le va a hacer mucho bien. Como está cerca de casa, cada vez que pasamos por ahí le llamo la atención hacia el edificio. El sábado, mi día de descanso, iré con él otra vez. Será hasta el lunes que pasará por primera vez por sus puertas. Me acompañará a dejar el material y conoceremos a su guía (que así se les dice a las maestras en el sistema Montessori). Lo único que sé es que se llama Celia.

Es común ya que los niños con discapacidad estén plenamente incluídos en la educación preescolar. A mi particularmente me gusta el sistema Montessori para Alan porque le ayudarán a desarrollar su independencia. Más que cualquier cosa académica –que también me interesa, pero en menos medida—a lo que le tiro con Alan y trabajo con él para lograrlo es eso: que se independiente, primero. Ya iremos viendo con el tiempo hasta dónde da su capacidad académica y hasta qué edad podrá estar en un salón con niños, con adolescentes de su edad… Espero que para cuando él esté más grande ya hayamos hecho mucho más trabajo todos para hacer que la inclusión de niños, adolescentes y adultos con discapacidad sea visto como su derecho. En eso estoy trabajando, pues.

Por el momento es sólo un niño más que va a entrar a la escuela. Así lo ven también en este lugar y me gusta. Cuando fui a la entrevista con el coordinador y me preguntó que si tenía alguna petición en especial o algo que añadir sólo pedí eso: que lo trataran como cualquier otro niño, que no hicieran distinción alguna por que tiene síndrome de Down. Me encantó que se me quedó viendo como que era una petición innecesaria.

Y bueno, yo sabía que lo era, pero como sea lo dije. Y es que desde que María Montessori creó su primera escuela, siempre incluyó a niños con discapacidad. Fue una pionera en la educación integrada desde el siglo antepasado.

Y bueno, también les dije que Alan no toma ningún producto de leche de animal. Mejor pusieron que era alérgico a ella. Es una instrucción de su neurólogo. Pura soya.

Mi madre, Gloria, ha sido una maravillosa guía en la preparación de Alan para que le vaya lo mejor posible en la escuela. Y es que sí, lo hemos preparado. Es algo que he escuchado mucho que nos recomiendan a los papás de un hijo con discapacidad: que “simulemos” mucho con ellos situaciones a las que se van a enfrentar (también lo hicimos, por ejemplo, para ir a una posada: hicimos simulacro de pegarle a la piñata y demás).

Como Gloria Beauregard (es decir, mi madre) ha sido directora de preescolares (de hecho tuvo una escuela en Puebla antes de que se viniera a vivir a México) y asesora de un colegio Montessori para la implementación de inglés, comenzamos por familiarizar a Alan con cosas básicas de orden, por ejemplo.

Así Alan sabe que siempre debe guardar un juguete antes de comenzar a jugar con otro. También desenrolla y ayuda a enrollar un tapete para jugar en el piso. Tanto en nuestra casa como en la de mi mamá –a la que va dos veces por semana—hemos adaptado lo más posible su cuarto para que las cosas –juguetes, libros—queden a su nivel y él decida con qué quiere jugar o trabajar, por ejemplo. O que al sacar una sillita de su mesa tiene que regresarla a su lugar… lo hace hasta con sillas grandes, muy curioso. También tiene una mini regadera de plantas y le encanta ir a ponerles agua (a todas horas, pequeño problema) y luego limpiar el agua que tiró con trapito (su estilo es peculiar, me da mucha risa: se tira al suelo). También está interesado en trapear y barrer y tiene sus implementos de limpieza a su tamaño…

También desde hace ya varios meses comenzamos –poco a poco—a lograr que coma solo. Ya maneja muy bien la cuchara. Y andamos luchando con el tenedor… Dejando la mamila poco a poco para instruirlo en los vasos entrenadores y ¡los popotes! (que también son, al mismo tiempo, terapia orofacial de cierre de boca).

También hemos propiciado que conozca a más niños. Y cuando está con ellos tratamos de que nadie lo sobreproteja. Es algo común porque también era –hasta hace dos meses—el más pequeño de todos los niños de la familia. Dos meses porque el 14 de noviembre nació Ana Karen, la hija de mi hermana Mayra. Anteayer nació Gael o Andrés o David, hijo de Nora, mi prima y apenas ayer Natalia, hija de María Luisa, quien es como mi hermana. Fíjense qué padre: en dos meses soy súbita tía por partida triple.

A Alan le encantan los niños. Y no tiene problemas para acercarse y jugar. De hecho este pasado martes, que partimos una rosca de reyes en familia y fueron algunos de mis primos chiquitos (son sus tíos pero tienen 3 años) jugó muy bien con ellos. Y estaba francamente feliz. Alan es muy sociable, al grado de que si salgo con él a los dos minutos ya tiene que ver con el señor/señora o –con más razón– señorita de la mesa de junto. Tiene vocación de Mr. Amigo. O político en campaña.

Total que se los quería compartir. Esta pequeña familia está muy entusiasmada por el enorme cambio que significará para todos sus integrantes que él vaya a la escuela. ¡Alan comenzará a tener un espacio que será sólo suyo! Eso me maravilla.

Yo sólo tengo una duda, por el momento: ¿lloraré el primer día? Me da la impresión de que sí… Sé que la casa se sentirá, durante esas horas, muy silenciosa. Pero claro, me dará mayores posibilidades de concentración en mi trabajo y en este blog en particular (o eso creo yo)

Por lo pronto les mando una foto que saqué especialmente para ustedes de Alan con parte de su kit de entrada a la escuela. Falta la plantita famosa, las seis mudas completas de ropa acomodadas (¿cabrán?) en la famosa cajita de 25X 25 y 15 de alto que mi prima Vanessa, quien es diseñadora gráfica, le creó hace unos días…