Alan cumple 3

Alan, corazón:

Acabas de cumplir 3 años de vida. Me puse a hacer cuentas (si resultas bueno para las matemáticas, pon atención, sino sáltatelo, no importa): son 1.095 días. O 26 mil 280 horas. También 1 millón 576 mil 800 minutos… o de plano: 94 millones 608 mil segundos de vida…

Recordaré este año de tu vida como el que comenzaste a crecer. Dejaste de ser un bebé, comenzaste a ser un pequeño niño que te encantó explorar el mundo que te espera (espero, deseo y trabajo para ello que lo haga con los brazos muy abiertos).

Empezaste a ir a la escuela… a ir a un lugar que es sólo tuyo, que te pertenece sólo a ti, donde yo no estaba ni nadie de tu círculo conocido. Un lugar donde comenzaste a desarrollar tu personalidad. El primer paso para tu inclusión.

Preparamos todo con atención y cariño. Tu Abi consiguió la maceta y puso una planta en ella, una cuna de moisés. Tu tía Vanessa, en diciembre, hizo la caja de ciertas dimensiones para llevar las cosas a la escuela y luego la forró, fue un honor. Mary hizo tu morral con la misma tela. Yo contribuí a comprar todo, claro. Y a buscar las bolsas de plástico y las toallas húmedas de bebé, el cepillo y el peine, el cepillo de dientes, la foto de la familia –es decir, nosotros dos en la playa en Puerto Vallarta, jugando con las olas, riendo.

Pero te quiero contar el primer día en que fuiste a la escuela.

Te preparamos. Fuimos antes a dejar materiales, a que conocieras a Celia, tu guía. Te saqué una foto con ella. También fotos en tu “ambiente” (así le dicen al salón, ¿te acuerdas?). Con Mauris, la guía asistente. Hicimos un pequeño libro con ello, un engargolado…y te lo enseñamos mucho antes de que fueras: la secuencia completa del día desde salir de la casa, ver a Celia y Mauris, estar en el “ambiente” y luego que fuéramos por ti. Es una recomendación que no sé bien a bien donde leí pero que lo practicamos mucho contigo: tienes libros de fotos de tus actividades cotidianas. ¡Por cierto, hace falta que los actualice, ahora que recuerdo!

Llegó el día y tenía miedo de que no quisieras quedarte, de que lloraras. Pero no, lo hiciste encantado. Vaya, incluso tengo un pequeño video que es testigo de ese momento y cómo no volteaste ni para decir adiós… te fuiste encantado. Me sentí muy orgullosa de ti. En todo caso fui yo la que me quedé con la emoción atorada en el pecho… pero sí, yo tampoco lloré.

Comenzaste a aprender cosas que no conocías en casa. Como bailar en círculos y luego tirarte al piso riendo… creo que eso es parte de la clase de yoga. A ocultar tu cuchara y tenedor al comer debajo de tus piernas, quién sabe dónde viste eso. También a enrollar tu mantel, a recoger la mesa, a tomar en un vasito de vidrio agua; a comer solo con mucha más soltura. A ayudar a vestirte. A peinarte. Este año empezaste a controlar esfínteres: a ir al baño y nos hemos ahorrado un dineral en pañales. Pensé que esto iba a ser más difícil pero no fue así, con la guía de la escuela, y el tezón, sobre todo, de Mary aprendiste súper rápido.

También ayudo la influenza, ¿sabes? Es una especie de gripa muy contagiosa que nos tuvo paralizados y asustados al país por unas semanas en este año de tu vida. Tu dejaste de ir a la escuela casi un mes y todo ese tiempo anduviste en calzones para que te dieras cuenta de lo que hacía tu cuerpo. Funcionó muy bien.

Comenzaste a dormir en una cama individual, dejaste de hacerlo en cuna. Confieso que a MI me costó trabajo este paso y no a ti. Me di cuenta una noche en la que te dolía la panza o algo así. Fui por ti para darte una medicina; calentarte el estómago. Fue en ese momento en que te tuve en mis brazos y que miré tu cuarto con detenimiento mientras se pasaba el dolor que me di cuenta de que me/ te estaba poniendo una trampa disfrazada de amor: no te había comprado tu cama, algo que ya había pensado desde hace tiempo… ¡porque no quería que crecieras! Dejar tu cuarto adornado de bebé, cambiarte a una cama era signo de que crecías, que ya no necesitabas tanta protección. Yo te estaba, sin que me diera cuenta, sobreprotegiendo.

Al día siguiente, emocionada pero también con sentimientos agridulces, fui a encargar tu nueva cama, de coche rojo, que te encanta. Te sigues cayendo de ella de vez en cuando, pero es chaparrita y no pasa gran cosa porque hay almohadas en el piso: sólo que te asustas. Lloras. Voy por ti, te cargo un ratito, te canto, te digo que todo está bien y te vuelves a dormir en menos de 2 minutos. Acaba de pasar, de hecho, mientras escribo este texto. Hoy tienes una piyama que me gusta mucho: de Supermán. Tu todavía no ves la película, pero lo haremos pronto. Tu película favorita de este año es, por mucho, Peter Pan y su segunda parte, De regreso al país de Nunca Jamás.

Hay una historia que explica porqué Peter Pan es tu película favorita. Este año, en la escuela, te caíste con Celia, tu guía y te rompiste tu pierna derecha. Fue una fractura chiquitita, pero aún así tuviste que usar un yeso (de acrílico, nada que ver con los yesos de antes que me tocaron a mi) por dos semanas.

Pensé cómo hacer para que te sintieras muy a gusto y te divirtieras durante ese tiempo y se me ocurrió una idea que tuvo mucho éxito: te disfracé de pirata: Alan El pirata “Pata Azul” (por el color del yeso, claro). Un sábado tu Abi me ayudó a hacer el disfraz, que saqué de Internet y lo hicimos con ropa que ya tenías. Te encanta vestirte de pirata, jugar con tu espada, bailar la canción de Cántaro que dice: “En la pata de palo hay que girar”. Y ni creas que Peter Pan es tu ídolo… ¡no! ¡Es el capitán Garfio! Por eso tu fiesta de cumpleaños será de Piratas ¡y disfrazaremos a todos tus amigos! (Yo también me uniré a la disfrazada)

Pero quiero platicarte también de la sobreprotección: de cómo no me ha resultado, en este año, tan fácil eso de no sobreprotegerte. Una cosa es la teoría y otra ya la práctica con respecto a cualquier cosa relacionada contigo, mi pequeño.

Pasa por ejemplo en la escuela, con tus compañeros que tienen tu edad, apenas 3 años… o menos. Ninguno de ellos sabe, con esas palabras, que tienes síndrome de Down, pero sí lo saben. Supongo que pasarán algunos años hasta que el término, como tal, entre a nuestro vocabulario cotidiano, aunque yo lo digo, frente a ti, desde ahora sin temor… me parece que lo mejor es que sepas, desde siempre, que tienes un cromosoma de más (aunque no te lo contaré así en un principio, descuida, pero sí llegaremos a ello, estoy segura de que tarde o temprano lo entenderás).

Aunque la mayoría de ellos, tus compañeros, te cuidan extra, por así decirlo, porque ven que aún no hablas y que te cuesta un poco más de trabajo las actividades y te toma más tiempo aprender, también ha habido pequeños incidentes en los que queda claro algo: que sí se dan cuenta de la diferencia y que pueden hasta aprovecharse…

Es difícil no correr a sobreprotegerte; es difícil no tener el primer impulso de defenderte como pantera o controlar de más los ambientes que visitas y a los que estarás expuesto como parte de la sociedad. Pero debo confiar en ti; enseñarte a darte a respetar y sí, con más ganas, tratar de crear conciencia sobre la aceptación a lo diferente…. A todos los niveles.

Pero bueno, son cosas pequeñas… aunque sí, yo no esperaba, a esta edad tuya, ya enfrentarme a cosas así. Pensé que la “luna de miel” de que no se notan tanto las diferencias duraría quizá un poco de tiempo más. Pero bueno, me gusta mucho el grupo de papás de los niños de tu salón. Es una experiencia nueva para mi esto de ir por ti a la escuela y platicar con otras mujeres que –más parecido que diferente– pasan por experiencias muy similares de ser madre de un pequeño ¡o pequeña, claro! como tú.

Este año también comenzaste a hablar. Dices aún pocas palabras y no de manera consistente, pero sé que entiendes absolutamente todo lo que hablamos. Sigues instrucciones perfecto y más bien creo que es caso de que te decidas a hablar… de que te tengamos paciencia, quizá de que te empujemos más a ello porque vaya que sí te entendemos todo –o casi todo—aunque no hables. También, quizá a que no te festejemos tanto cuando lo haces: ¡te chiveas! ¡te da como pena!

Eso sí, pareces como alemán. Tu palabra favorita es “ya”. “Ya” quiere decir a veces “sí”, o “apúrate”, o bueno, también, “ya”. Dices “no” perfecto, eso sí. Y como estás en la edad de la rebeldía, dicen los libros de pedagogía, ¡¡pues lo dices muy seguido!! Tenemos una lista de sus palabras. Has dicho hasta dos palabras juntas: globo rojo; Mary ven; Mamá ven (aunque a mi la verdad me dices Katia porque, claro, lo entiendo, todos me dicen así); ten Karina… Guardaré tu lista para que la leas cuando seas más grande.

En estos 365 días de tu vida, Alan, también comenzaste a compartir cariños que antes eran sólo para ti; conociste una nueva personita que seguramente será muy importante en tu vida. Ya lo es, de hecho.

El 14 de noviembre de 2008 fuiste primo por primera vez: nació Ana Karen, hija de mi hermana Mayra. La adoras ahora, te emociona verla y le das besos, le prestas tus juguetes… pero no podemos dejar de ver que también te provoca muchos celos sobre todo si tu Abi Gloria está con los dos. ¡Quieres tu atención! Si ella carga a Ana Karen, te tiene que cargar a ti también, por ejemplo. Un día que ella se quedó a dormir también te sentías celoso de mi…

Ana Karen, sin embargo, también ha sido un gran aliciente para ti. ¡Cómo te encanta enseñarle cosas! Es genial decirte, cuando no quieres hacer algo: “Alan, enseñale a Ana Karen como tomas tu medicina/recoges la pelota/etc.”. Te gusta compartir y eso me gusta mucho de ti. Ya después tu también aprenderás mucho de ella, estoy segura.

Me gusta compartir la vida contigo, Alan. Cada día que pasa me siento más orgullosa de ti: de tus esfuerzos y ganas de aprender, de explorar, de conocer, de sorprenderte…y de sorprenderme a mí.

Cada vez que alguien me pregunta cómo ha sido ser tu madre, respondo algo que me gusta mucho. Tú, Alan, me regalaste un nuevo par de ojos para ver la vida, para entender el mundo y comprometerme con él. Aún me sorprende y me gusta escucharme hablar de temas que antes no tenía en mi radar y hacerlo con una pasión que no sabía que existía en mí…

Pequeño adorado Alan. Me siento hoy cada día más orgullosa de ser tu mamá. De tener el privilegio de acompañarte en la vida.

Te amo.

Mamá.

Y guardaré esta carta para que la leas. Ya sé que aún no sabes… ¡pero este año comenzaremos con tus clases de lectura!

Las cuentas de las tesoreras.

Como cada semana, aquí están las cuentas de Claudia G, el estado de Bancanet y el resumen de Bellota. Mil gracias a ellas, como siempre por su profesional y puntual colaboración.

Me voy de vacaciones. Regreso a escribir blog hasta el lunes 24 de agosto. Nos encontramos entonces.