Sicilia y la trinidad de Calderón

¿Me vi hecha bolas? (Foto: Lucía Godínez / EL UNIVERSAL)

Hace un par de días, Emilio Álvarez Icaza decía que ayer quería ver a un Presidente que encabezara la indignación y no la negación. Lo que ayer vimos fue a un Presidente humanizado que compartió —e intentó hacer entender— su impotencia. Que escuchó, ofreció disculpas, pero justificó siempre sus decisiones.

Apasionante e inédito ejercicio en el Castillo de Chapultepec. No sé qué resultará de ello —deseo que lo mejor y que la roncha de una ciudadanía más crítica que exige crezca— pero lo que sí agradezco es escuchar, por fin, un diálogo entre dos personas que, si bien ahora tienen lugares antagónicos, bien podrían ser amigos: Felipe Calderón y Javier Sicilia.

Creo que ambos comparten, además de la importancia del catolicismo en sus vidas, la buena fe. Obvio, no es lo mismo cuando un Presidente, de buena fe, como explicó ayer en un discurso improvisado que sonaba ya a justificación ante la historia, mete a un país en una guerra, lucha o lo que sea con 40 mil muertos.

A Calderón se le olvidaron los tiempos pactados: qué bueno. El encuentro que duraría dos horas, se extendió a tres. Terminó con un abrazo y sonrisas con Sicilia. Parecía que se sentía tan a gusto al final que estuvo a dos segundos de mentar madres como el poeta y también él prender un cigarro, violando la ley.

Vi al menos tres Calderones en sus actitudes corporales: el que al principio estaba tenso, protegido tras la trinchera de su computadora. A ése le cuesta trabajo escuchar; es el que por lo general vemos.

Otro fue el que se conmovió con los testimonios de las víctimas y que se paró a abrazar a una de ellas: María Elena Herrera, madre de cuatro jóvenes desaparecidos, quien lloraba. Al que se le entrecortó la voz y aceptó que le dolían las muertes de inocentes; sobre todo de policías y soldados (la única vez que repetidamente se tocó el pecho).

El tercero es el hombre y no Presidente-institución, quien, casi en confianza sonreía, asentía apenas con cosas que culpaban a su gobierno, partido, o a su propia estrategia, misma que defendía hasta con golpes en la mesa diciendo que aun si sólo hubiera tenido piedras para combatir, lo hubiera hecho, pidiendo “la inspiración de David”. (Nos queda claro que estamos ante Goliat). El que les dice hipócritas a los obispos que defendieron a Hank y se queja de la “cantaleta de los jueces”.

El que sabe, como le dijo Julián Le Barón, que quizá la historia lo juzgará como el Presidente de los 40 mil muertos, pero que sería “injusto”. Sobre todo el que dijo: “Lo que me tocaba hacer, lo hice”, evidenciando su impotencia frente a otros Poderes. Y al escuchar a Sicilia, decirle que no era manera empezar una guerra con instituciones corrompidas, justifica: “Puede haber sido un error, probablemente, en conciencia ética no podía esperar a que cambiaran las cosas… que se le reproche a mi gobierno el actuar sobre el no actuar”.

Se asomó el Felipe que quizá añora estar en “el cielo de la oposición”, como dijo alguna vez, cuando dijo que le gustaría mucho ir a la Caravana hacia el sur como lo invitó LeBarón. “Como en mis buenos días”. ¿Serán estos sus malos días?

Sicilia, en su papel, reprochó. Comenzó pidiendo un minuto de silencio por los muertos de “esta guerra atroz y sin sentido”. Exigió cumplir derechos humanos, incluido el de la no repetición. Le recordó que acudían ante él, la autoridad, como su interlocutor, no ante delincuentes. Propuso una Ley de Víctimas, una Comisión de la Verdad, una renovación del sistema político mexicano. “Usted, señor Presidente, está obligado a pedir perdón a la nación y en particular a las víctimas”, le dijo. Pero… también pidió parar la guerra “juntos”.

Claro que le reprocharán, como otros lo harán con Calderón, la sonrisa y el abrazo con él. El gesto de darle el escapulario y el rosario diciéndole: “Ahora la justicia le corresponde a usted”.

Yo festejo que suceda. Que dos personajes como ellos puedan discrepar, DIALOGAR y ¿por qué no? Hasta caerse bien. También algo que los lados ultra —de derecha e izquierda— no perdonarán.

Sólo un apunte final. Blake es hasta mal moderador. Escuchar a la procuradora hablar —¡con casos preparados para ser contestados!— deja claro el laberinto en el que se tiene que sumergir cualquier ciudadano para la búsqueda de justicia.

Será tan importante como esta mesa hablar con todos los gobernadores, el Poder Legislativo, y puf, el Judicial. Un solo acto, aunque inspirador, no resolverá nada, pero puede iniciar un camino.