Que respeten la bandera (Entrevista a Pedro Vidal, vendedor de banderas)

“En otros tiempos vendíamos 500 o 600 pesos diarios por puesto. Ahora vendemos 200 o 300. A veces, sólo 150”

Pedro Vidal lleva 27 años de vender banderas a principios de septiembre. Sale de su pueblo natal, en el municipio de Otzolotepec Villa Cuauhtémoc, en el estado de México, y trae a toda su familia. De la venta de estos días patrios, apenas 15, sobrevive gran parte del año.

Pero este 2008 las cosas son diferentes. Y este hombre moreno, curtido por el sol, jefe supremo otomí, cree que es personal, que se debe a la discriminación que toda la vida ha sufrido por ser integrante de los pueblos indígenas. A él, que no sabe leer ni escribir, a eso le sabe la decisión de Marcelo Ebrard de no permitir vendedores ambulantes —ni de banderas— en el perímetro A.

Lo argumenta también por el maltrato recibido en las dependencias a donde ha ido a pedir permiso para vender banderas en la calle:

“Ya porque trabajan en una dependencia, ya ¡¡Pus!! Dígame usted: ¿a poco no es discriminación cuando lo dejan con la palabra en la boca? Es discriminación que lo tengan a uno ahí parado, sin saber. Sin que pregunten qué se le ofrece o qué busca. Por lo menos nosotros como indígenas tenemos un poco de respeto. Cuando alguien va con nosotros a vernos salimos a decirle qué se le ofrece, algo busca… Es eso, nomás, al menos un poco de atención”.

Él ya tenía clientela y siempre se instalaba cerca de Plaza Meave. Ahora está a un costado de Bellas Artes, entre la entrada del Metro y la avenida Hidalgo. Las ventas no son tan buenas aquí, se queja.

En un puesto cercano suena música de lo más variada. Lo mismo Luz Casal que Los Tigres del Norte, cumbia.

“Como tradición, como fiestas patrias, nos deberían dejar trabajar. Tienen la obligación de respetar la bandera de México, nuestro producto”, dice Vidal, molesto, con referencia a las autoridades. Primero le echa la culpa de su infortunio al Presidente; luego al jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard.

“Asegún dice el Presidente que va a ayudar a la gente pobre, pero a la gente pobre cada día la discriminan más. ¿Dónde está la ayuda que nos da? En lugar de que nos proteja, nos tiran más”.

Está aquí instalado sin permiso, acepta. Apenas ayer se fue a sacar una fotografía para un permiso. Se queja de todos los papeles que piden. Él sí tiene credencial de elector, dice, pero hay otros “hermanos de raza” que la “desconocen”… o la perdieron. Como su hija que está en otro puesto sobre la misma acera.

Vidal es huérfano. Su madre murió y no la recuerda. “No conoció” padre. Fue criado por sus abuelos en Otzolotepec, pero a los 10 años se fue de la casa. Caminando llegó hasta la ciudad de México. Sus paisanos le habían hablado de La Merced, de que ahí podría trabajar de cargador.

“Yo quería conocer México, por eso me vine. Le estoy hablando del 72 o 73. Me vine preguntando dónde era La Merced. Llegué y me senté, como llegan muchas personas, como muchos vaguitos, así nomás… Me vine sin dinero. Ayudaba a lavar trastes, charolas de los taqueros en el Mercado de las Carnes… y me regalaban un taco o dos y con eso sobreviví. Dormía en la calle, luego ya tuve un diablito para echar viajes. Y salí adelante y así crecí y anduve por donde quiera”.

Su infancia, pues, la pasó en la banqueta. Dormía en la calle, en un parque cercano. Dice que no era el único, sino que muchos chamacos como él vivían ahí con los “teporochitos”.

Más tarde, comenzó a hacer viajes por toda la República. Se acercó a los choferes de los tráileres, los acompañaba a dejar sus mercancías, a cargar y descargar. Así conoció Saltillo, Chihuahua, Fresnillo, Guadalajara, Querétaro, Monterrey. Y aprendió a conocer al DF como la palma de su mano, presume.

Tardó ocho o quizá 10 años, porque no lo recuerda, en regresar a su pueblo. Sus abuelos ya lo habían dado por muerto. Si lo buscaron, él nunca supo. Ellos tampoco saben leer ni escribir…

Y fue en su pueblo donde conoció, un día caminando, a Carmela Crescensio, su esposa. Ella está atendiendo el puesto —bueno es un decir, porque efectivamente no ha vendido nada mientras platico con su esposo—. Fue hasta que se casó con ella, dice, que conoció un hogar y una casa.

“Me gustó porque es una mujer de hogar y trabajadora, ¿no? Si una pareja no lo apoya a uno, uno no es nada. Yo siempre digo que gracias a mi familia soy lo que soy… porque antes era muy vago. Tomaba”.

La pareja tiene seis hijos; tres hombres y tres mujeres: Marín, Ismael, Carmela, Nancy, Jéssica y Pedro. El mayor tiene ya 25 años; el menor, 14. Ya son abuelos de cuatro, también. Dos niñas y dos niños. Tiene la fotografía de uno de ellos, Elvis, en su cartera.

Mientras están aquí trabajando se quedan en una casa de huéspedes. Les cobran 200 pesos diarios por un cuarto en el que duermen ellos y tres de sus hijos. No vino Jéssica, quien se quedó a cuidar la casa, tampoco Marín y Nancy, quienes ya tienen sus propias familias.

Llegan a las ocho de la mañana y se van hasta que la lluvia los deja. Si pueden, se quedan hasta 12 horas ahí. Por estos días, por la mala ubicación, venden poco, dice Vidal.

“En otros tiempos vendíamos 500 o 600 pesos diarios por puesto. Ahora vendemos 200 o 300. A veces, sólo 150. De eso a veces de ganancia son sólo 50 pesos”.

La familia también hace las banderas. Compran la tela en el mismo centro, a crédito. Vidal casi se indigna cuando le pregunto si están hechas con telas chinas:

“¡Esta no es bandera china, la puede ver! Yo no trabajo banderas chinas. Las chinas son más descoloridas, si se mojan luego luego se pinta la tela. Luego luego se ve la diferencia. Cuando el sol le pega, se descoloriza. O son delgaditas como tela de plástico”.

Dos años con Alan

Voy a la cocina a buscar algo para comer. Es de noche, mi momento preferido para escribir, para trabajar pendientes.

La noche esta callada y pienso que no puedo esperar a que Alan despierte mañana para abrazarlo, darle de infinitos besos, decirle buenos días, gracias por estar aquí…

Acaba de cumplir dos años. ¡¡Dos!! ¡¡Qué rápido!! Hoy me abisma darme cuenta de cómo mis sentimientos han cambiado. Sobre él, sobre mí, sobre nuestra vida tal cual es.

Y hoy, por su cumpleaños, quiero escribir un texto que creo que les debo. Ya me siento preparada para contarlo hoy porque lo sé superado: el dolor que sentí, a la par de otros sentimientos, que ya he compartido con ustedes, sobre tener a Alan en mi vida.

Recuerdo los primeros días con Alan. Supuestamente las post-parturientas tenemos dolores físicos. Yo nunca los tuve. Los míos fueron emocionales. Fingía que me daban “entuertos” para tener el “pretexto” de calentar algo y ponérmelo, no en el estómago (donde decía que me lo ponía) sino en el pecho para tratar de contrarrestar un poco el frío que tenía en el corazón. La angustia.

En mi familia tenemos la carga y el privilegio –lo son las dos a la vez— de tener mujeres fuertes. Me reconozco en esa estirpe.

No me quedaba más que “apechugar” que los hechos eran como eran: había decidido ser madre soltera, va… y ahora, sorpresa, tenía un hijo con síndrome de Down. Y una discapacidad que, acepto mi ignorancia, no tenía la menor idea de qué era, qué podía significar, que retos, que… nada.

Mi madre recuerda con mucho cariño que aún en el hospital le dije a Alan, en mis brazos, que lo querría y lo querríamos –hablaba por mi familia—”aunque tuviera tres ojos”. Pero el proceso fue difícil. Por el miedo a lo desconocido, por el miedo a lo “diferente”.

Les cuento otro recuerdo de esos días que en momentos climáticos también veo como mi parto: como si en lugar de ser la protagonista de la historia fuera una testigo.

Era la primera o segunda semana de vida de Alan, Reforma seguía bloqueado, no teníamos presidente declarado por el Trife… Mi madre seguía en casa y Mayra, mi hermana, estaba de visita. Tener a cualquier bebé –y ser madre primeriza— es demandante pero yo tenía este dolor adicional. Lo trataba de disimular, de sobrellevar… pero esta tarde no pude más.

Me escapé a mi cuarto a llorar. Lloré como no recuerdo haber llorado jamás. Alan estaba dormido, en su mini moisés a mi lado. Y yo a su lado, tendida en la cama llorando mi miedo. Mi hermana llegó primero, sospechando que algo andaba mal.

-¡¡Alan tiene síndrome de Down!!!!- le dije a Mayra como si por primera vez me enfrentara al hecho y sí, quizá era la primera vez que lo hacía o que lo decía en voz alta. Era una frase, en ese momento, dolorosa, de incredulidad, de coraje, de decepción.

Recuerdo su cara, compasiva, escuchando. Le agradezco que no haya intentado amilanar mi dolor: sólo me dijo la verdad, tranquila, con ojos amorosos: “Sí, Katis. Alan tiene síndrome de Down”. Y me abrazó.

Llegó mi madre. También me abrazó. No recuerdo un abrazo más amoroso que ése, de contención, de solidaridad, fuerte, muy fuerte. Supongo que tuve una regresión. Yo me calmé al escuchar su corazón, igualmente acelerado, en sincronía con el mío. Sentí, de pronto, que todo estaba bien.

Así fueron pasando los días y las primeras semanas. Fueron días gozosísimos salpicados de dudas, de estos pequeños ataques de miedo cuando veía su lenguita sobresalir de su boca… o por la noche cuando, para dormir, recuerdo que me hacía ensoñar que flotaba en un río con caudal que me llevaba, tibiamente, a otro lado.

Todo era nuevo, obviamente. Recuerdo cosas que hoy me parecen inverosímiles como que yo no “sabia” como hablarle a un bebé, qué contarle. ¡¡Háganme el favor!!

El baño, las mamilas y la esterilización. La dulce lucha de darle pecho que perdimos por que no me asesoré bien, algo que lamento muchísimo. El primer baño de sol y el primer baño. Vestirlo y los ataques de hipo que le daban y como recurrí hasta al método de hilo rojo con baba en la frente… Las primeras visitas al doctor tras el hospital, el excesivo celo de que no le diera ni el aire de una cobija…

Y a la par de esos momentos entrañables, hermosos, de pronto entraba como una música de fondo –es la mejor manera que tengo de explicarlo— que cantaba “síndrome de down, síndrome de Down” cuando veía a Alan. Era como si él, en lugar de ser un bebé que tiene síndrome de Down fuera el síndrome de Down.

Esa “música” de fondo se fue bajando paulatinamente hasta apagarse y llenarse con su risa. El síndrome de Down se me fue convirtiendo no en un elemento externo a Alan, sino intrínseco, algo que amo y acepto. No puedo ¡¡ni quiero!! imaginarme a Alan diferente.

Tengo a muchas personas que agradecer que me ayudaron muchísimo a hacerme llegar información, a tener grandes ejemplos en esos primeros meses además de mi familia. A Adriana. Margarita e Idalia. A Bernardo, Carlos y Marta. Gabriel. Laura. Ceci. Una de mis primeras lecciones fue la enorme solidaridad que existe entre las “familias especiales”…

Pero fue Arturo Morell, mi mejor amigo, quien me dio un atisbo, desde el primer momento a lo que representaría la llegada de Alan a mi vida.

Había venido a conocerlo y estábamos sentados en la cama contemplándolo dormir cuando le dije que tenía, además, SD. No hizo ningún gesto. Me volteó a ver y dijo:

-Es una gran señal. Piensas mucho en ti misma; Alan te hará pensar de otra manera…

Y así ha sido. Así es… Alan ha sido, hasta ahora, la gran lección de mi vida. La invitación amorosa a una gran aventura con la que estoy, ahora, muy feliz.

Gracias a Alan he “nacido” de nuevo. Alan me regaló otro par de ojos para ver el mundo. Me dio una mayor capacidad de amar y de hacerlo sin condiciones. Estoy optimista y esperanzada con el futuro porque estoy trabajando en ello. Me queda claro que tengo que contribuir a cambiar esta sociedad para que nos acepte a todos como quiera que seamos. No lo hago solo por Alan, sino por mí, como convicción de que todos somos parte de este mundo y tenemos derecho a habitarlo y gozarlo por igual. Y luchar por esas oportunidades.

Pero algo sí ha cambiado mucho. Ya no me veo como una guerrera solitaria y enojada dando batallas, sino como parte de un movimiento sonriente que crece y en el que estamos muchos, millones de personas. En el que están, también, ustedes…

Gracias por estar con nosotros en estos 2 años. De todo corazón.

Jacobo Zabludovksy: la izquierda y las lecciones del cáncer (II)

Jacobo Zabludovky, la izquierda y las lecciones del cáncer


Jacobo se pone muy serio cuando me confiesa qué es lo que más le sorprendió de hacer su trabajo periodístico con absoluta libertad. La razón no es externa, sino interna. Me sorprende:
“Hice un esfuerzo para acostumbrarme a la libertad. Me costó trabajo quitarme la autocensura”.

Será que fueron muchos años de hacer un trabajo cotidiano que en todo caso a lo más que podía aspirar era a ensanchar un poco, en la medida de lo posible, el camino de la libertad. De pronto, la tuvo de sopetón al dirigir De una a tres, en Radio Centro.

Le pregunto qué autocensuraba a priori. Él se toma tiempo para medir sus palabras. Lo más interesante no está en lo que dice, sino en el gesto que hace cuando lo dice: una mueca, tristeza con un dejo de enojo, que parece una sonrisa invertida. Sus manos trazan lo que va diciendo con movimientos lentos, como si fueran puntos suspensivos que hablan y se quedan en al aire sobre esta mesa del restaurante Churchill.

-No tocar la figura del señor Presidente… Lógicamente, la Virgen de Guadalupe, la Iglesia, fuera de toda discusión… y el Ejército. Pero luego había muchas otras cosas: no tocabas a algún anunciante importante de la empresa… No tocabas…ehhh… a ninguna marca de coches si el dueño de la radiodifusora o televisora tenía una distribuidora de coches. Packard, por ejemplo… Los cuates del dueño de la empresa… La embajada de Estados Unidos. ¡No fueras a defender a un pintor comunista!… Pienso en Siqueiros, que fue a la cárcel. Eran tan estrecho el camino en donde podías ejercer la profesión. Todos igual. Unos más… otros menos.

Pero, claro, se adaptó. Y se descubrió, dice, “burro sin mecate”.

Cuenta la noticia que sintió como una bocanada de aire fresco cuando la dijo:

“Fue cuando “don Vicente” y Marta Fox cancelaron el 12.5%. Me expresé totalmente en contra de eso, no obstante que todos los radiodifusores se beneficiaban de eso. No tuve problemas, entre otras cosas porque cuando firmé mi contrato con Radio Centro, una de las cláusulas dice que soy dueño absoluto del contenido del programa, es de mi sola responsabilidad. Y ejerzo -ríe ahora sí con absoluto gozo- la propiedad”.

La izquierda

Jacobo le da un trago a la copa de vino tinto, tras brindar a la vida: “Leheim”.

Le aventuro una hipótesis: por estos días él es uno de los periodistas de radio más citados por La Jornada, un periódico claramente de izquierda. Sus comentarios y entrevistas han sido retomados para notas.

Él es prudente: “No he hecho ningún análisis. Me parece algo de lo que estoy muy orgulloso porque es un periódico muy bien hecho por unos magníficos periodistas al mando de una periodista ejemplar, Carmen Lira, a la que quiero mucho”.

Alguna vez, en otra entrevista hecha hace 10 años, me dijo que en su juventud había sido un “fuerte partidario de la izquierda”, porque representaba una esperanza contra el nazismo. Le hago ver que la primera entrevista que dio Andrés
Manuel López Obrador tras lo que calificó como “cerco informativo”, fue a él.

“Si Stalin está en la izquierda, no me metan en ese grupo. No pertenezco ni he pertenecido a ningún partido político. Yo digo mi propia verdad. La mía. Dicen: ‘Estás muy con López Obrador’. Porque le abrí los micrófonos de mi programa. Dicen: ‘Lo dejaste hablar’. ¿Por qué no lo voy a dejar hablar? Dejo hablar a todos. No interrumpo a nadie cuando habla. Si el señor no me dejó hacerle preguntas, no le hice preguntas -remata con una carcajada-. Lo único que puedes hacer si eres dueño de un medio, y yo soy dueño de mi programa, es abrirlo a las gentes que no les dan voz. Y a López Obrador no le daban voz. Le dije: ‘Venga y hable aquí. Diga lo que quiera’. Yo no voté por él. Voté por Juan Ramón de la Fuente, lo hice público”.

Le digo que habría razones: él es hijo de un inmigrante polaco, David Zabludovsky, quien llegó a este país sin nada más que 10 dólares en el bolsillo. Eran 11, pero uno lo usó para comprar naranjas en Sevilla y vivió de vender retazos de tela en el Centro. Creció en La Merced y es fruto del sistema de educación pública, hasta la UNAM, donde estudió Derecho. Vaya: en la escuela primaria en la que estudió le enseñaron a la par tres himnos: el Nacional, primero; La Marsellesa y también La Internacional, que sabe de memoria, a la fecha.

“No me interesa”, responde. “No me he preocupado ni de ubicarme ni de que nadie me ubique erróneamente. Eso de que soy de izquierda o de derecha… Ni siquiera me preocupa ubicarme en una clasificación. ¿A mí qué me importa?”.

Las lecciones del cáncer
Lo dijo públicamente en una entrevista que Abraham, su hijo, le realizó antes de que fuera una realidad: el cáncer le iba a hacer los “mandados”. Así fue.

No fue, sin embargo, una batalla sencilla aunque es hasta recientemente que él comparte algunas de sus experiencias. Como que estuvo un mes en terapia intensiva en un hospital de Houston, sin que muchos lo supieran. O que usó pañales durante algún tiempo.

Le pregunto qué aprendió del cáncer y él de nuevo se queda callado unos segundos. Sus ojos, tras los lentes, se humedecen y él baja el tono de voz:

-El valor de la gente que me acompañó. La solidaridad. El amor de la gente es… lo que aprendí. A mí nunca me dolió el cáncer, me dolieron las operaciones. Las complicaciones. Las fiebres. Las hemorragias internas que hubo. Muy doloroso. Pero aprendí que… el esfuerzo más valioso es el que haces para que en un momento de crisis alguien esté junto a ti. Eso aprendí.

Quiero saber cuál fue el momento más grande de la realización del amor que sintió y sus ojos se ponen vidriosos y sus palabras se entrecortan:

“Fue un momento en el que yo creí que… porque ya era… eh… creía que me iba a morir…”.

Jacobo para. Aclara su garganta. Extiende su mano para tomar un panecillo de queso frente a él y lo mordisquea, lento. Respira y luego vuelve a hablar:

“Te lo digo al ratito…”, dice y con un casi imperceptible movimiento de los ojos barre el salón. Agrega, casi susurrando: “No quiero hacer un numerito”.

Luego recurre, en un cambio absoluto de postura, a una frase absolutamente zabludovskiana, de la cual he sido testigo varias veces cuando ya no quiere seguir hablando del tema, al menos, por el momento:

“¿Qué más?”.

Nos quedamos callados un justify.

De pronto, el pianista toca, oportunamente, Cenizas de El Güero Rivas, amigo de Jacobo, y él sonríe y agradece la dedicación. Luego el tango Por una cabeza.

Cae la tarde y él va tejiendo anécdotas. Cantinflas y él comiendo tostadas. El día que María Félix le pidió que la llevara a ver Forever tango y ella no lo soltó de la mano. Cómo disfruta ver la serie CSI en las tardes por la televisión y por qué. Del precio que hay que pagar por ser periodista. También de sus 80 años recién cumplidos.

De pronto, me pregunta:

-¿Y qué vas a hacer cuando cumplas 80, “Katiecita”?

-Voy a hacer una fiesta en tu honor.

-Allá tú. Es un rollo. Mejor huye.

katia.katinka@gmail.com

Jacobo Zabludovksy, el goce de la libertad (I)

En El Churchill todo el mundo conoce a Jacobo Zabludovsky. El pianista, José Calderón, le dedica tangos; la dueña lo saluda y le da su mesa de siempre: la número 14.

Al entrar, los comensales voltean discretamente. Algunos al entrar o salir lo saludan y él siempre voltea, los ve, sonríe y responde amable:

—Cómo le va. Buenas tardes…

Hay otros mucho más osados. Como este hombre que se acerca a la mesa y lo saluda, tuteándolo, como si hubiera platicado con él ayer. En un santiamén le cuenta que su nieta se casa y ya tiene tres bisnietos.

—Qué vida sexual tan activa tienes— le contesta en broma Jacobo y los dos se ríen.

—Mi esposa está enamorada de ti, te la voy a presentar…— le dice y desde un lado a otro del restaurante la llama con voz ronca: “¡Jovita!”

Jacobo se sorprende. Le dice que no la llame, que, en todo caso, él va a saludarla. Pero el hombre no le hace caso y se va a traer a su esposa.

En la mesa, me sonrío. Y le hago ver que ¡es el esposo el que le va a presentar a la esposa que está enamorada de él!

—¡Y yo qué culpa tengo! Katiecita, tú no te metas— dice él, en un susurro, en un tono entre de regaño y complicidad. Está francamente divertido.

Los señores llegan a la mesa. Jacobo se para a saludar a la señora y para no hacer el cuento largo, acaban sentados, platicando. Son dueños de un negocio de ambulancias para la comunidad judía. Y se ofrecen a darle el teléfono a Jacobo por si algún día lo necesita.

—Nooo, muchas gracias. ¡Qué tal que algún día sí lo necesito!— dice riendo.

Estas cosas le pasan todo el tiempo, pero él lo agradece siempre, me dice muy conmovido cuando se van.

Hace 15 años que, tras mucho perseguirlo, logré entrevistarlo por primera vez, en su oficina de Televisa Chapultepec. También le recuerdo otra conversación que tuvimos en el Sanborns de los Azulejos, una mañana, poco después de su salida de Televisa. Se decía seguro que en seis meses nadie se acordaría de él. Algo que, es evidente, no pasó.

—¡Cuántas cosas han pasado!— dice Jacobo al recordarlo. No es un tono melancólico, sino más bien de sorpresa.

Y sí, muchas cosas han pasado: dejó Televisa, su casa por décadas; venció el cáncer que lo tuvo al borde de la muerte, retomó su carrera como periodista como nunca antes había hecho, con completa libertad, a través de su programa de radio De una a tres y una columna semanal, Bucareli, en EL UNVERSAL.

Jacobo acaba de cumplir, hace dos semanas, 80 años. Él mismo develó que un grupo de “conspiradores” querían hacerle una macrofiesta de cumpleaños pero que él huyó.

Lo festejó en Nueva York, con un reducido grupo de amigos, en un restaurante griego, el Athos. Estaban Isaac y Pita Becker; Pancho y Evelyn Aguirre, su hija Diana y su yerno Eduardo, quienes llegaron de sorpresa; el mayor de sus nietos, Miguel, que tiene un negocio de tintorería en esa ciudad, y por supuesto, su inseparable esposa —su amor, su socia, como la llama siempre—, Sarita.

—Creo que fue uno de los mejores cumpleaños de mi vida— dice Jacobo mientas degusta el vino que pidió para la comida, un Marqués de Cáceres. Y enumera algunas de las razones que tiene hoy para estar muy feliz: que disfruta mucho a su familia, amigos. Que su nieta, Gabriela, se casa en enero. Que está bien de salud. De hecho lo acaban de operar de una hernia el sábado pasado, pero el lunes estaba transmitiendo, aunque un poco adolorido, su programa de radio, que goza.

La libertad, ese olor a horizonte

Aunque tuvo ofertas de trabajo desde que salió de Televisa, tardó algún tiempo en aceptarlas.

—Estaba yo muy traumado por el cáncer. No tuve suerte en las operaciones que tuve, se complicaron. Fueron dolorosas y muy graves. Lo que mucha gente no sabe es que yo estuve ¡un mes! en terapia intensiva del hospital de cáncer de Houston y volví al quirófano en ese mes. Tenía yo mucha desconfianza de mi capacidad, tenía miedo de reaparecer en radio y que fuera la peor especie de los fracasos que es la indiferencia.

También regresar a escribir, dice, le daba mucho miedo:

—Era como someterme a un examen público después de tantos años. Era como arriesgarse a que dijeran: ‘¿Y ese es el cuate que se creía la mamá de los pollitos?’.

Le digo que me parece increíble que él, un hombre que ha recibido críticas despiadadas, se siga preocupando por eso. Que le sorprenda que haya “podido”, como dice. Responde con una analogía de toros:

—Algunos de los toreros que yo he conocido, tuvieron siempre más temor al ridículo que al toro. Los entiendo perfectamente.

—Y continúa: Además, te quiero decir una cosa: yo no sabía escribir en computadora. Yo escribía en máquina mecánica, ni siquiera eléctrica: en la Remington, Corona, Underwood…

Cuando comenzó a escribir Bucareli dictaba el lunes a una secretaria que tenía exclusivamente para eso. Y toda la semana corregía el texto que entregaba el sábado. Hasta que vio que el teclado de una computadora es igual al de una máquina, que sólo cambian algunos comandos como borrar, el acento…

Me dice, orgulloso, que desde hace cuatro meses ya escribe su texto en computadora. El que menos tiempo le ha tomado es el del lunes pasado, “Tolerancia”, sobre las felicitaciones de políticos que recibió con motivo de sus 80 años. Tardó tres horas. Pero otros textos le toman mucho más.

—Dos veces los he borrado cuando ya casi están terminados. ¡¡Ha sido uno de los corajes más grandes de mi vida!!

—¿Y escribes en Mac o en PC?

—¿Qué?— me dice como si hablara en marciano—. Pues es una Apple…

Todavía hoy, dice, le cuesta trabajo poner palabra tras palabra. Ya no escribe “irresponsablemente”, “rápido”.

—Estoy consciente de que es un artículo editorial en EL UNIVERSAL, un periódico muy importante en el mundo de habla española. De que lo que yo escriba va a ser escrutado en función de lo que yo he hecho en mi vida. De los errores y posturas discutibles que yo haya podido tener. Y en cierta forma es un regreso para decir: ‘Cuando México era de otra manera, todos éramos de otra manera; cuando México es ahora, distinto, no podemos seguir siendo como éramos’.

Jacobo está encantado con la libertad. Que la libertad, la capacidad de decir “no”, es un derecho que hay que ejercer todos los días, sin que acumule óxido. Y él lo hace.

Para definirlo, me cuenta una fábula:

—Estaba el muro de Berlín y el perro de la Alemania comunista se salta a la Alemania capitalista. El perro de la Alemania capitalista le dice: ‘Oye, ¿y por qué te saltaste? Allá tienes todos los días un hueso, un veterinario, pensión vitalicia, siquiatra para perros’. El perro contesta: “Porque de vez en cuando quiero ladrar”. Es lo mismo. El ejercicio del periodismo cuando lo haces con completa libertad es totalmente distinto a lo que hiciste 50 años.

La próxima semana: La izquierda y las lecciones del cáncer.

katia.katinka@gmail.com

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Uno.— El posible contagio que tendremos a causa de la recesión económica que vive Estados Unidos. Por lo pronto, la secretaria de Hacienda informa que sí podría afectarnos, pero “no de manera importante”. Mmm. Dos.- La integración del nuevo consejo general del IFE, pospuesto desde diciembre pasado. Ahora la disputa radica en si son 3 o los 6 los integrantes que se elegirán en la Cámara de Diputados..

La señora Wallace, la justicia es lenta y tortuosa

La señora Wallace, la justicia es lenta y tortuosa

Alas dos de la tarde, el restaurante Alaia (que significa ‘alegría’, en vasco) está casi desierto. Elijo la mesa que me place: junto a una ventana, cerca de la entrada. Me siento a esperar a que llegue Isabel Miranda de Wallace.

Cuando llega, antes que nada me da una pequeña clase de seguridad en un restaurante: siempre hay que ver hacia la puerta para que no lo agarren desprevenido; también no estar cerca de vidrios, sino mejor contra una pared. Me señala la mesa que ella hubiera escogido: del otro lado. Pero es gentil y come conmigo en esa mesa poco segura.

Como sea ella eligió el restaurante porque le gusta y también porque considera que es bastante seguro en general por su arquitectura. Apunta a que tienen una cámara de seguridad en la entrada que me señala, muy discretamente a la salida. Yo ni cuenta me hubiera dado.

—Yo no era así— suspira. Era bastante despistada, confiada, tranquila. No veía el mal que existe porque vivía en mi “mundito”. Pero he aprendido mucho. Una vez que ya tienes despierto el sentido de detective…

La vida de esta mujer cambió radicalmente hace dos años y 10 meses. Una noche su hijo, Hugo Alberto Wallace, no llegó a su casa y ella supo instantáneamente que algo estaba mal. Siempre le hablaba, sin importar la hora, para desearle las buenas noches. Como lo hace ahora su nieta, hija de Hugo Alberto, Andrea Isabel.

Es una persona incómoda para muchas autoridades: con la figura de coadyuvante que le da la ley, se ha vuelto una eficaz investigadora. Con ello ha puesto muchas veces en entredicho la capacidad de actuar de muchas autoridades. O de no actuar, también.

Su historia es ya muy famosa (hasta le propusieron hacerle una película de su vida), pero la cuento en un párrafo:

Isabel, maestra de secundaria de formación y licenciada en Desarrollo Humano, se negó a esperar a que las autoridades indagaran dónde estaba su hijo y con sus propios medios, aprendiendo a investigar sobre la marcha, valiéndose de todo, junto con las autoridades correspondientes (y a veces en contra de ellas) ha logrado detener (una vez ella misma junto con su hermano Roberto) a cuatro integrantes de la banda que secuestró a su hijo. Le falta uno, Jacobo Tagle, lo sigue buscando, además de los restos de su hijo, quien ya sabe que fue asesinado.

Lo dice sin pudor: podría ser agente de la AFI, o más. Y le creo por cosas que me cuenta que lamento no poder escribirle porque le prometí no hacerlo: daría tips a los delincuentes que aún busca, además de que algunas son, también, ilegales…

Pero además de esos conocimientos, Isabel a la par aprendió una lección:

—Aprendí a saber que soy mucho más frágil de lo que pensaba. Conocí la parte oscura de la vida, la maldad en toda su expresión. El dolor en el extremo máximo para mí. Yo siempre le decía a Dios que yo acataba lo que me mandara, de salud, dinero, lo que fuera, pero sólo le pedía que no le pasara nada a mis hijos. Y les decía a ellos, a mis hijos, que yo tenía un pacto con Dios: que yo me iba a morir antes que ellos… y fue como que Dios me puso enfrente para decirme “no estoy para cumplir caprichos” y me dio en lo que más me duele.

La forma en que tuvo a Hugo Alberto cuando apenas tenía 17 años y medio (se casó a los 16 con permiso de sus padres con un hombre 13 años mayor que ella) la pintan de cuerpo completo: ella decidió que fuera un parto absolutamente natural, sin gramo de analgésico. A eso sume que pesaba 47 kilos y estaba anémica porque el embarazo le provocó muchos estragos.

Así es ella: de carácter fuerte, desde siempre. Y el secuestro de Hugo también puso a prueba sus valores.

—Cuando yo supe dónde estaba el secuestrador de mi hijo, pues hubiera sido muy fácil, “lo mando matar o lo mato”… pero no puedo traicionarme. Fue decir: no puedo convertirme en lo mismo que ellos. Seguí con el camino desesperante, desalentador, frustrante. La justicia en México la tienes que morder y arañar. Eso de que es pronta y expedita no es más que un eslogan. La justicia es lenta y tortuosa.

Quebrarse, la reconciliación con Dios

Come frugalmente: una ensalada apenas. Un poco de jabugo (jamón) con manchego de entrada. Le pregunto que cuándo se quiebra y la sola pregunta hace que sus ojos se inunden.

—Todos los días— dice con un suspiro. Es más: ese tema ni me lo toques…

Pero ella sigue hablando, relatando sus dolores.

—La noche. Llego y veo la foto de mi hijo en el buró. Una donde está sonriente, como lo recuerdo. Me mata verlo y darle las buenas noches. Lo tengo ahí para acordarme que no debo flaquear. Le digo que me ilumine, me proteja del mal, él que está cerca de Dios para poder seguir con esto. En la noche siento frustración de que sigo en lo mismo. ¿Cuándo voy a poder tener un lugar donde pueda decir: “aquí están sus restos”? Ahora siento como que él se fue de viaje. Sé todo lo que pasó, ya lo procesé intelectualmente, pero todavía no me la creo en el fondo. Es como si la mitad de mí estuviera afuera y necesitara recuperarla.

Como comenzó a investigar desde el primer momento, Isabel sabe que no ha tenido tiempo para duelo alguno. Que no ha llorado todo lo que quiere hacerlo. Simplemente, dice, no ha tenido tiempo. Creyente como es, también está enojada aún con Dios:

—Cuando a los seis meses de la investigación, me entero que lo habían matado, y cómo me tuve que tapar la boca para no gritar del dolor. Salí renegando de Dios y cuestionando su existencia porque no podía creer lo que estaba viviendo. De hecho, te he de confesar: nunca me he reconciliado con Él del todo. Hay gente que me dice que ora mucho por mí y lo sé. Miles, no exagero. Yo les digo que qué bueno que tienen fe para poder orar… yo no la tengo. Pero sé que es algo que tengo que sanar porque creo en Él… Sigo sin entender y quizá nunca entienda, pero es importante que algún día lo acepte.

A la fecha, los juicios contra los secuestradores de su hijo no han terminado. Ella ya está cansada y sabe lo que va a hacer cuando pueda cerrar el caso. Se encerrará en su casa un mes a hacer corte de caja de lo que ha vivido, a llorar y a trabajar su duelo. Luego pondrá a disposición de los demás lo mucho que ha aprendido, pero lo quiere hacer desde la sociedad civil, sin ligarse a partido alguno. A exigir, también, que los políticos legislen y cambien las reglas del juego que favorecen, muchas veces, a los delincuentes.

—Sé que la política es la única manera de cambiar el país. Qué lastima que no todos los políticos piensen igual. Como mexicana, me da tristeza y rabia.

Suspira. Y sigue, con un dejo de cansancio en su voz que siempre es templada:

—Hay días que creo que ya no me puedo levantar. Y me digo: “Cómo que no, saca el remolque y vamos para afuera”. Mi marido dice que soy muy cruel conmigo misma porque no me cuido. Y sí, me exijo más de lo que debería.

Pero ahí está. Al pie del cañón. Esta semana fue a La Palma a encarar a uno de los secuestradores, al Reclusorio Norte, a una cita en la SIEDO. Isabel no puede parar.

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Diana Laura y Mario: cuando un hombre ama a una mujer (entrevista con la primera pareja transexual que se casó)

 

Diana Laura y Mario, cuando un hombre ama a una mujer

Un vendedor de lotería pasa frente a la terraza de este restaurante de la Condesa y se dirige —típico— sólo al varón de la mesa en la que también estamos dos mujeres:

—Lotería, lotería… ¿Patrón, lotería?

Mario lo ve, se miran por un instante, y él hace un ademán que lo desalienta a acercarse.

Estoy segura que nunca pensó que el “patrón” que le ofreció los billetes nació con un cuerpo femenino; aunque, si se hubiera detenido un poco, habría notado algún resto de masculinidad en la atractiva mujer que está sentada a la mesa y que nació con cuerpo de hombre.

Mario Sánchez es hoy un hombre de baja estatura y barba. Sus papeles oficiales insisten que se llama María del Socorro; a su lado está Diana Laura, antes José Mauricio Guerrero. Los dos se casarán el 17 de mayo. Escogieron la fecha por ser el Día Mundial contra la Homofobia.

Será una boda abierta: esperan a más de 500 personas, y al mismo tiempo es, claro, un evento político a favor de la no discriminación y la visibilidad de las personas transgéneros y transexuales, calculados en unas 20 mil personas, según Delio Hernández, diputado de Alternativa.

De éstos, en una proporción de tres a uno son hombres que quieren transformarse en mujeres. La condición aún está catalogada como una enfermedad siquiátrica: “disforia de género”. Ellos no están de acuerdo:

—Dios no se equivoca— dice Mario. Pero la naturaleza sí.

Aunque han cambiado sus cuerpos para estar en concordancia con el sexo que sintieron tener desde, casi, su nacimiento, la ley aún no les permite cambiar sus nombres. O es un proceso largo, costoso y aún así discriminatorio, que no lo han hecho. Por eso, el juez casará a José Mauricio y María del Socorro.

La historia de Mario

Dice que lo tuvo claro desde que nació. Que cuando a su mamá le dijeron: “es una niña”, él como en la película Mira quién habla le hubiera gustado decir: “No soy niña, soy niño”.

La sensación incrementó al pasar el tiempo. Recuerda como el día más triste de su vida cuando tuvo su menstruación.

—Ahora sí me voy a hacer mujer— dice que pensó. Todo el tiempo soñaba con que un día amanecería en el cuerpo de lo que realmente se sentía: un hombre.

Tiene nueve hermanos. Un día confió lo que sentía a una de sus hermanas, quien le dijo a sus papás. Lo llevaron al ginecólogo quien les recomendó darle más atención.

—Usted anda buscando una mamá, me dijeron. Y yo dije: no, sino a una mamacita.

Vio varios sicólogos, pero no le dieron una respuesta a lo que esperaba. Decidió comenzar a vivir como hombre: tuvo una pareja mujer durante siete años, que lo veía como eso: varón. Se separaron por presión familiar: nunca dijeron que eran pareja, sólo “amigas”.

Su familia se fue enterando. Sus hermanas, le siguen hablando en femenino en privado, le dicen Coco; pero lo presentan como su hermano. Para sus sobrinos es Tío Coco; en el hospital, Don Socorro. A su padre llegó a pedirle un nombre masculino. Él lo ve pragmáticamente:

—Tengo mucha familia: nueve hermanos, siete lo toman bien; dos no quieren saber de mí. Está bien.

Finalmente llegó al Instituto Mexicano de Sexología (Imesex), le propusieron el protocolo (terapia y cambio de rol) antes de terapia hormonal y cambio quirúrgico. Él se negó:

—Yo le dije: yo ya chillé como Magdalena; ya pedí perdón, ya me terapié (sic), nada más quiero transformar mi cuerpo.

Y entonces, a instancias del doctor Juan Luis Álvarez Gayou, inició con un tratamiento endocrinológico. El solo hecho de tomar testosterona le disparó la libido, dice aún ahora, tapándose la cara. No fue agradable.

—Pero me aguanté. Yo tenía temor de morir como mujer.

Ahorró lo suficiente y se operó. Decidió no hacer una reconstrucción de sus genitales, sólo quitarse los senos. No hizo más porque, además, es carísimo:

—Imagínate: me mandaron a México, transexual y sin dinero: a ver qué haces…

Se llama Mario después de intentar varios nombres con “S”, que checaran con su CURP y RFC. Fue también por su madre, María, y por su nombre como mujer: María del Socorro.

Acaba de escribir su biografía y la mandó al Concurso de Documentación y Estudios de Mujeres, AC. Confía en ganar.

La historia de Diana Laura

Ella ha permanecido callada, en un rol, digamos de mujer tradicional. Incluso aguanta algunos desplantes francamente machistas de él, lo cual me sorprende mucho. Es femenina hasta en su más nimio movimiento.

Decidió no contarle a nadie cómo se sentía. Se encerró en sí misma y su familia no sospechó nada: lo veían como un niño supertímido y buen estudiante. Se tituló con excelencia como ingeniero mecánico eléctrico en la UNAM.

Desde los seis años sintió que algo no estaba bien y fue en la pubertad cuando comenzó la verdadera lucha:

—Tú eres tu peor enemigo. Es tu cuerpo contra tu mente.

No sabía que una condición así existía. La primera vez que vio que hablaban de un “mujercito” fue en la Alarma, porque lo habían asesinado. La shockeó.

Un día escuchó Esta noche en Babilonia, programa de radio de Tito Vasconcelos donde se iba a formar un grupo de hombres que gustaban vestirse de mujer. Ella lo hacía de vez en cuando por las noches y salía sólo a caminar. Era como llevar una doble vida y se sentía frustrada.

Fue al grupo que sesiona en el Parque Hundido y fue una sensación de alivio conocer la diversidad sexual. La enviaron al Imesex. Ahí comenzó con la terapia, durante dos años, y decidió hacer su cambio de rol. Al tomar hormonas femeninas se sintió, dice (y comprendo) como si le hubiera “bajado”: “chípil”.

El siguiente paso fue decirle a su familia. Estaba preparada para todo… y su reacción la sorprendió.

Su papá se dijo decepcionado, sí, pero porque no les había tenido la confianza suficiente. Su hermana menor, Raquel, sólo dijo: “Ah, qué padre”. Eso sí, su mamá siempre le dijo “hijo”.

Luego vino el paso de vestirse y vivir todo el día como mujer: el cambio de rol. Renunciaría a su trabajo como ingeniero, pero, sorprendentemente la apoyó su jefe y toda la empresa para hacerlo ahí. Les dijo a todos, y el día en que apareció como Diana…

—Es como una campana de Gauss. El 25% no te dirige la palabra; 50% están en shock y el resto lo toman light.

Dice que tiene tres nacimientos: el biológico, 22-09-1962; el de cambio, 21-10-2001 y el de reasignación de sexo, del cual aún se recupera: 27-09-2007.

—Esta condición te constriñe el alma— dice. Y luego te empiezas a reconstruir.

Escogió su nombre pensando en Diana, La Mujer Maravilla que también vivía con dos personalidades —secretaria y superheroína— y luchaba contra la sociedad; y Laura, porque significa “victoria”.

DL & M

Les pido me cuenten su historia de amor. Ella le cede la palabra a él, quien habla más…

—Mejor cuéntalo tú— dice ladeando la cabeza.

Los contactó su sicólogo. Él le habló a ella para conocerla; ella lo invitó a su grupo de autoapoyo y como canción del Tri se vieron en el Metro Balderas. A él, le gustó desde que la vio.

Fue a la reunión sólo por ella; luego le invitó una torta y un refresco. La siguió hasta la fiesta de unas amigas lesbianas y luego, a su casa. Desde entonces no se han separado.

Ella sonríe, lo ve tierna:

—Desde el primer día me dijo: “Dame un beso”. Le dije que no había besado nunca a nadie. El primer beso será de amor y con la pareja que quiera.

Y sí: Mario es su primera pareja. La única que ha tenido.

Su primer beso fue a los 39 años un día que, después de ocho meses de pedírselo, él ya se veía muy triste.

—Entonces lo tomé y le dio un besote, un besísimo— dice. Y luego: Entra, quédate en mi casa.

—La agarré virgencita, pura y casta— dice él.

No ha sido fácil, porque cuando se conocieron, Diana no se había operado —algo que le provocaba “cosa” a Mario— y además no quería que la tocaran. Lloraba cuando él lo intentaba. Ella a la fecha no sabe decir por qué reaccionaba así.

—Y ahora… ya se le pasó la mano— dice él.

Su amor también pasó por la prueba de la operación de ella. Él la cuidó, la bañó, la curó, le hizo de comer. Es una operación de mucho riesgo, comparable a la de corazón abierto.

Aquí están. A unos días de su boda y él le dice:

—Cuando te pregunten si me aceptas, tu di: “Sí, acepto”. Sin “la” o “lo”. Acepto.

Ella sólo sonríe.

katia.katinka@gmail.com

El segundo nacimiento de Alan

Doy fe que hay instantes –segundos apenas— que le cambian a una la vida por completo. Un antes y un después marcado por algo. Para mi fueron cinco palabras que pronunció un pediatra el 13 de agosto de 2006.

Era el amanecer del día más feliz de mi vida. Acababa de tener un bebé y dormí bien, después de tratar de conciliar el sueño, por lo emocionada. Desayunaba, recuerdo, huevos con jamón, en esa charola sobre la cama de hospital, en mi pijama.

Era temprano. Como las 9 de la mañana, o algo así, cuando el doctor Manuel Bordes y Karen entraron al cuarto con cara seria y se sentaron en el sillón que un día antes había estado -y seguiría hoy- pletórico de visitas, de familia entusiasmada por el nacimiento de Alan.

No reparé en sus caras graves. ¿Por qué? No sé, quizá no aceptaba pensar que algo podría estar “mal” pese a que desde un día antes tenía señales para pensarlo así. Como cuando Karen me dijo que no me preocupara por el pequeñísimo parche –aún así mayúsculo- en el diminuto brazo de Alan. Le habían sacado sangre para un estudio, me dijo. E hizo una pausa, ahora lo sé, como para ver si preguntaba algo. ¡Vaya!, hasta me preguntó si tenía alguna duda. No la tuve, no la quise tener.

O como en su tardanza en venir a la habitación y sus prolongados tiempos en el famoso “microondas” y el misterio de porqué perdía temperatura.

Pero ahora ahí estaban y querían hablar conmigo. Y esos segundos, esas cinco palabras, nunca las olvidaré: -Alan tiene síndrome de Down- me dijo Bordes -así lo llaman con cariño todos los padre de sus pacientes-, sin vericuetos, sin preparación previa.

Y a mi me cayó un balde de agua fría que recorrió toda mi columna. Me quedé anestesiada, sin sentir, sin entender, en una suerte de limbo. No sabía qué sentir, qué pensar, qué hacer. Nada. Como si uno fuera parte de una película y la pusieran en pausa. Una pausa con frío, eso así.

Mi mamá lloró. Yo le reclamé que llorara, fue lo primero que me salió. -Y tú, ¿porqué lloras?- le dije, molesta.

No sabía yo que ella había intuido la condición genética de Alan desde que nació, desde que vio aquellos ojos rasgados en los que yo no puse mayor atención. Que esos ojos la habían penetrado tan fuerte que habían provocado, de verlos, una cascada de pensamientos y recuerdos de su toda su vida -y de la mía, de la nuestra- en cuanto los vio. Que desde ese momento pidió a Dios que le diera muchos años para estar cerca de Alan para verlo, para ayudarlo a crecer.

No lo sabía. Yo no sabía nada. Estaba anestesiada.

De lo que sigue recuerdo poco. Pero sí recuerdo la maravillosa actitud de Bordes al preguntarme que si yo sabía qué era eso, el síndrome de Down y me imagino -que no recuerdo- mi negativa con la cabeza y -eso sí- mis primeras palabras:

-Que tendrá un retraso mental.

-No- dijo Bordes. O no tiene que ser así.

Y comenzó a contar de sus pacientes –unos cuantos, algunos ya adolescentes, con SD. Uno era monaguillo, recuerdo bien. Otro tenía un talento excepcional para hacer rompecabezas. Algo así. Todos estudiaban, o estudiaron, eso sí.

No saben cuán importante -y excepcional, ahora sé- escuchar de parte de su pediatra palabras así, con esperanza y ejemplos positivos. Sobre todo en ese momento tan difícil, determinante.

Pero luego el SD era lo de menos:

-Pero lo que nos preocupa más, ahora, es su corazón- dijo.

Y explicó que algo se escuchaba mal y que llevarían a Alan, tan pequeño, tan minúsculo y frágil –51 cm, 2 kg. 950gr- a realizarse una radiografía y después un ecosonograma (como un ultrasonido del corazón) para ver si no había que hacer algo ya, pronto.

Su corazón, pues, podría estar mal. Después supe, que la mitad de las personas que nacen con SD tienen severos defectos cardiacos. Ameritan operaciones, a veces, a las pocas semanas de nacidos. A veces postergadas a meses, hasta que se fortalecen y ganan peso.

También dijo que, bueno, quizá Alan tendría que quedarse mucho más tiempo en el hospital. Para que lo observaran y, por fin develo el misterio del microondas: no tomaba suficiente oxígeno, se ponía morado, por eso las enfermeras se preocupaban y se lo llevaban.

Quizá, en algún tiempo -aventuró- cuando por fin lo llevara a casa, tendría que usar oxigeno. Yo podría ser dada de alta ya pero él… Alan quién sabe.

Yo, anestesiada, como borracha, no recuerdo que dije. Sólo recuerdo lo que pensé: podría morir, tenía que prepararme. Y dado que no sabía que era eso del SD y todos parecían tan asustados y me sonaba como que yo sabia que era algo grave…igual era mejor.

Ahora que lo recuerdo me doy pena a mí misma. Me doy, también, vergüenza. Más cuando solo basta minimizar el texto que escribo, ahora, para ver la imagen de Alan, bello, dormido, con una paz que contagia, con esas pestañas de domingo que ya quisiera cualquiera como protector de pantalla en mi computadora. En todas ellas, que tengo tres.

Me da vergüenza, de recordarlo, ahora, sonriente y riéndose a carcajadas en su columpio. O comiendo huevo por primera vez en su vida como hoy en la noche, haciendo: “mmm”. O jugando con los periódicos, encantado (le gusta la computadora pero llora con las máquinas de escribir de mi colección) que ya leí al suelo (rancia costumbre) y él jugando a mis pies con ellos mientras leo el blog, escribo la columna, checo mis correos electrónicos.

Pero eso sentí, la mera verdad: que igual era mejor que se muriera, para todos. Para él –jaja, pensamiento tramposo, de auto-protección para evitar ser lastimada— para mi, para mi/su familia.

Pero al igual sentí algo: la certeza de que no podía escapar de la realidad. Que esto era como cuando las veces que me revolcó una ola –o varias— cuando niña. Cuando yo, bien confiada me lanzaba al mar-vida sin medir fuerzas y acababa, después de muchas marometas involuntarias, tragando agua y arena, sofocada, en la playa… pero viva.

Tenía que decirlo, pues, no serviría de nada guardármelo como un secreto. Además, tenía que escucharme a mí misma decirlo, para saber que no era una pesadilla, que era una realidad: Alan tiene síndrome de Down.

Recuerdo que tras la visita de los doctores hubo silencio. Mucho silencio. Mi madre lloraba. Yo ya no tenía hambre y aparté el desayuno que hasta hace unos momentos comía con gusto.

Mi siguiente recuerdo es la llegada de mi papá y Bertha. Ellos estaban con ojos como estrellas cuando yo se las rompí, necesitaba decirlo, escucharlo, escuchármelo: -Alan tiene síndrome de Down— dije, sin saber a ciencia cierta que quería decir eso, que representaba, sin ni siquiera saber que se provocaba por un cromosoma de más en sus células. Sin saber qué nos esperaba en el futuro porque, aunque sé ahora que es algo común, jamás pasó por mi mente que no estuviera conmigo, que no lo quisiera… sólo que sí, aunque no lo aceptara en ese momento, me daba mucho, muchísimo, miedo.

Quizá es por eso que en el primer momento de enunciarlo no me atreví a verle la cara a mi papá. O porque Bertha siempre me ha caído bien y me da mucha confianza. Pero recuerdo ver la instantánea reacción en su mirada, algo que ahora sé que es común cuando alguien, sin saberlo le das la noticia de que tienes un hijo diferente: es una mirada de sorpresa, por milisegundos; de tristeza, también; de piedad, por ti. Como una pequeña cortina que cae y a la que, ahora me he acostumbrado… Algunos, después de esta trasformación te miran con cariño, como Bertha. Otros, con pena. Es una ligera diferencia, pero bien importante.

Fueron muchas las visitas del domingo, también. Pero no las recuerdo del todo. Y a todas les dije, queriéndome escuchar a mí misma decir para ver si al enunciarlo se exorcizaba, o si se alejaba… o vayan ustedes a saber: -Alan tiene síndrome de Down— le dije a Mayté, amiga entrañable desde la prepa y la primera persona en saber que estaba embarazada; a Luis, su esposo, en un solo aliento. Un solo aliento para decirlo, ya, y seguir y quitarle importancia.

-Pero lo que ahora preocupa más es su corazón: le van a sacar una radiografía, primero y luego un ecosonograma para ver si…. Etcétera, etcétera.

Y así todo el día. Lo que si recuerdo es cuando me llamaban a amamantarlo, o intentarlo…

Fue una decisión mía. Si para algo me había preparado era para la lactancia, por mi excelente curso psicoprofiláctico. Estaba convencida: la leche materna era lo mejor y quería hacerlo.. Tenía pensado cómo haría el banco de leche para cuando tuviera que salir a trabajar, etc. etc.

Por ahora sonaba el teléfono. Que fuera. Yo caminaba pasando el cunero y viendo a los bebitos en sus mini cunas. Luego un timbre y una puerta. Unos cubículos, separados por cortinas donde había un cómodo sillón azul, un tupper chiquito con el número del cuarto con algodones húmedos. Una llegaba ahí y se sentaba a esperar que una enfermera, trajera, como taco, a su bebé.

Alan siempre estaba adormilado… o bien dormido, pues. No tenía mucho interés en succionar y yo lloraba. Lloraba, quizá porque era el único momento que me daba para hacerlo, con él frente a mí, mientras le hablaba, lo trataba de despertar. Hacía los malabares de toda madre primeriza que jamás ha dado pecho.

Pero eso sí, con gusto digo que nunca las enfermeras me miraron con pena.

Recuerdo especialmente a una de ellas, quizá jefa, que al verme apartó la cortina con fuerza y, luego de estar un rato con nosotros, instruyó a las demás que me llamaran antes de que le dieran de comer, cuando estuviera bien despierto. Y que me aleccionó en la posición de los brazos, y de las manos y la cercanía del bebé al pezón… Y que dijo:

-Mira qué chupetes da— con verdadera emoción. Y sí, pese a que Alan era lánguido todo él y sus manitas estaban abiertas cuando las de todo bebé están apretadísimas, me dio mucho ánimo… y yo regresé a mi cuarto animada, diciéndole a mi hermana que esa noche se quedo a dormir, todo estaría bien, sin realmente sentirlo, con ganas de convencerme a mí misma. Y dormí… al menos mientras, pocas horas después, me volvieron a llamar. Y así hasta que amaneció.

Era lunes ya. Y no sabía que pasaría ese día. En la mañana me llamaron del registro interno para pedirme los datos de mi bebe, dirección y demás.

Cuando di mis apellidos y los de él, los mismos, la señora del otro lado del teléfono me regañó: no, no eran así, eran al revés, en todo caso.

No, la regañé a mi vez: soy madre soltera.

El se apellida como yo. Igualito.

Mi papá llegó temprano el lunes para ayudar en lo que fuera con cara de desvelado. Mi hermana, entonces, aprovechó para salir a tomar algo, fumarse un cigarro, a darse chance de llorar, qué se yo. Y entonces pasó algo inusitado que siempre recordaré con mucho cariño: de la nada, de estar dando vueltas por el cuarto, mi papá se acercó a mi, me abrazó.

-Muchachita linda.. No te mereces esto— dijo, sollozando. ¡Sollozando!

Me sentí abrumada por la emoción. A todo esto, comparto que no recuerdo ver a mi padre llorando alguna vez en la vida. Me quería derretir, dejarme caer. Decir que sí, que no era justo esto, que no se valía, que ayyy,,, que dolor … pero en lugar de llorar, que vaya que tenía ganas, todo me abrumó y permanecí, casi impávida a su abrazo, a sus lágrimas, mientras murmuré algo que no recuerdo.

El momento pasó y los dos fingimos que no había sucedido, supongo. Somos buenos para eso, los dos.

Pero es algo que nunca, nunca, nunca jamás (soy reiterativa y qué) olvidaré. También por el agradecimiento y amor recíproco que sentí hacia mi padre en ese momento.

Y luego fue la vorágine: Karen se apareció. Todo, milagro, estaba bien con el corazón de Alan… al menos ahorita. Sólo un soplo. Nada grave, aunque tendrían que hacer otros estudios. Y además, de sopetón, sus niveles de oxigenación estaban bien. No sólo me iba yo a casa. Nos íbamos los dos, sin oxígeno, ni nada… ¡nada!

Y todos corrimos, no se porqué. Quizá solo de la emoción o para no estar tan quietos y darnos chance de sentir demasiado. Había que cancelar la cuenta del hospital. Había que preguntar qué iba a comer si no tomaba bien pecho, con que lo íbamos a bañar (algo que quien sabe porque era mi pregunta reiterada desde antes de que naciera, algo muy chistoso… o psicológico), dar instrucciones de que le pusieran el mameluco amarillo que mi mamá insistió que se pusiera porque era de buena suerte y demás… Alan se iba a casa donde todo estaba listo desde hace meses para recibirlo, como todo bebé… ¿o no?

El nacimiento de Alan

Hace justo un año, hoy, por la tarde regresaba de hacer compras con mi mamá. Caminé toda la tarde y mis pies embarazados estaban cansados, me punzaban. Habíamos ido al ginecólogo, quien me dijo que nos veríamos hasta el jueves: el bebé –eso dijo, jaja—todavía tardaría en nacer. Ese día decidimos –el plantón de Reforma mediante—por fin hacer el simulacro para llegar al hospital y acabar de hacer la maleta con calma.

-Sólo estamos practicando—le aseguré con una sonrisa a la enfermera del Hospital Español cuando llegamos, caminando a la entrada de maternidad.

Hace justo un año, mañana, dejé plantada a Lily Téllez, quien me organizó un baby shower. Esperando también se quedaron muchas otras amigas. No llegué porque justo hace un año, mañana por la mañana, me desperté con un raro dolorcito. Algo me habrá caído mal, pensé. Recuerdo despertar incómoda en la cama, cerca de las ocho de la mañana. Luego desayunar pitaya (entre idas al baño).

Recuerdo a mi mamá, preocupada, diciéndome que si no tenía ya contracciones.

–Ay, no, mamá—le contestaba yo con la suficiencia-insuficiente de una madre primeriza que tomó muy en serio sus cursos psicoprofiláticos.

–Mejor le hablamos al doctor, vamos al hospital… Y yo necia de que no. Como sea mi madre trató de localizar al ginecólogo, infructuosamente. Malo, malísimo para una emergencia. También al pediatra que también un día antes había elegido para él por la bondad de sus ojos: tampoco estaba. Pero en su lugar iría una de sus socias, Karen, quien desde entonces es la segunda pediatra de Alan.

Faltaban poquito más de cuatro horas para que Alan naciera y yo ni lo sospechaba. Y yo necia en querer ir al baby shower hasta el Pedregal.

Pero Alan ganó. Alan. Un nombre que había decidido –al fin—justo la noche anterior. Y no sé por qué. Sólo porque sí, porque así quiso llamarse él y me lo susurró al oído.

Poco antes de las 10 de la mañana salimos de la casa. Eso sí, antes, yo insistí en hacerlo con calma: me bañé, ¡me puse crema anti-estrías!, insistí, hasta el último momento en hablarle al doctor antes. No fueran a regresarme del hospital y yo, con mi ataque de primeriza, tampoco llegara a mi baby shower. Qué pena sólo de pensarlo.

Le hice una última llamada a Sabina. Le dije que por favor avisara que no llegaría: iba camino al hospital. En ese momento. Ya. El bebé decidía nacer.

Sabina: mi vecina, una suerte de hermana mayor en la vida y también invitada al famoso baby shower del cual recibiría, días después, una enorme caja de regalos y un lindo álbum lleno de sonrisas, palabras amorosas y fotos de lo que nunca vi y me esperaban a mi bebé y a mí…

Mi mamá estaba nerviosísima pero tratando de aparentar que no pasaba nada. Se le notaba por muchas cosas, pese a sus esfuerzos. Sobre todo en la forma de apretar el volante. Me decía, paciente, que respirara, que sacara el aire, que le dijera cuándo comenzaba una contracción para que ella llevara la cuenta.

Y yo, que tenía ganas de mentar madres. Al dar la cerrada vuelta para tomar Ejército Nacional sólo le ladré:

–¡¡No me digas que respire!! ¡¡Ya no siento cuándo termina una contracción y cuándo comienza otra!!

Ella emitió un corto suspiro. Me tranquilizó, nerviosa, hablando muy rápido. Que no me preocupara, ya pronto llegaríamos al hospital. Menos mal saltamos bien el bloqueo de Reforma porque era sábado y no había tanto tráfico.

–¿Practicando otra vez?—dijo la misma enfermera que vimos un día antes.

–No, esta vez es en serio—dijo mi mamá, quien me dejó en la entrada y tuvo que ir a mover el coche del cual me había bajado, testaruda siempre en aceptar ayuda, por mi propio pie.

En cuanto entré al hospital me di permiso de sentirme mal. Me dieron nauseas y vomité. Me puse una bata (de esas de loco, de hospital) y una doctora, tranquila, supongo que acostumbrada a esos menesteres me examinó en la entrepierna.

–¿Qué hizo? –dijo con una sonrisa, sorprendida–. Tiene ya cinco centímetros de dilatación…

¡¡Cinco!!—pensé. ¡¡Qué emoción!! ¡¡En serio ya va a nacer!! Tome mi bolsa y saqué mi celular –reportera al fin—y escribí un mensaje de texto comunicando la buena nueva, encantada, ilusionadísima, pero sobre todo, muy sorprendida. Alan quería nacer ya.

En otro lado de la ciudad, o del Valle de México, en Satélite, Mayra, mi adorada hermana recibió el mensaje en plena tintorería –donde su esposo, Manuel, insistió en pasar tomándolo todo con calma– y casi le gritó a su esposo acostumbrado a los trabajos de parto largos:

–¡¡Cinco centímetros!! ¡¡Y tú tomándolo con calma!! –dijo histérica, exasperada. Con ganas de quitarlo del volante y manejar ella. Y de paso ir a sacar de la cama a mi papá. Manuel, sólo entonces, apretó con fuerza el acelerador.

Ah, porque me faltó decir que también poco antes de salir de su casa, Mayra hizo otras dos llamadas: a mi papá y su pareja, Bertha, para anunciar que estaba en el hospital. Rafael D’Artigues, mi padre, reaccionó como siempre lo hace: sin prisa alguna, aunque todos sabemos que claro que es una falsa fachada. Dijo que sí, que iría, pero después porque tenía que ir a recoger su coche, que estaba en el taller o algo, a la 1 de la tarde. La otra llamada fue a mi tía Pita, quien emocionada y despistada como a veces es dijo: “… ahí voy, me apuroayDios, sí, meapuroayDios, ayDios… ya voy”. Y dio mil vueltas por su casa, como de por sí acostumbra, hasta que logró por fin salir rumbo al hospital.

Yo, mientras tanto, caminaba de un lado a otro de la pequeña habitación de trabajo de parto, ante la mirada de mi madre. No me podía estar quieta. Me costó mucho trabajo –porque ya dolía mucho– acostarme para que me pusieran el monitor fetal. Para cuando llegó Mayra –que me dio un gusto indescriptible verla—le dije, sudando:

–Ya, me rajo, que me pongan anestesia.

Entonces me llevaron a otra sala. La idea esa ponerme la epidural y regresar al laaargo trabajo de parto… sí, ajá. Recuerdo al anestesiólogo. Muy buena onda. El único que me felicitó tras el nacimiento de Alan, también por ser una buena paciente. Me enconché, lo más que pude y sentí un instantáneo alivio.

¡¡Por mi que el bebé se tardara años!! Yo estaba muy bien. Pero en cuanto me revisaron, tras la inyección, todo se volvió frenético.

–Nueve centímetros de dilatación—dijo la enfermera. ¡¡Llamen al doctor!!

¿Nueve centímetros? –pensé desilusionada y emocionada. Desilusionada porque, si hubiera sabido que faltaba tan poco me hubiera aguantado. Emocionada porque el 12 de agosto, sin saberlo, deparaba para mi sorpresas inesperadas. ¡¡Hoy iba a nacer Alan, mi bebé!!

De pronto, se apareció, al fin, el doctor. Y también mi madre, quien semi oculta tras el tapabocas no podía ocultar –sus transparentes ojos verde-amarillo así son—la emoción y preocupación, a la par, que sentía.

–¡¡¡Puja!!!—casi gritaba, emocionada, y me acompañaba, también pujando, cuando el doctor así instruía. Yo ya no sentía las contracciones y me parecía un poco irreal estar ahí, estar a punto de tener al tan esperado, esperadísimo, Alan.

Cuando recuerdo esos momentos es como si me viera sobre la mesa, pujando, como si la que lo vivió no fuera yo y estuviera ahí de espectadora. El doctor dijo que ya mero: un solo empujón más. Pero tardó un rato más. Después supimos que era tenía el cordón enredado en uno de sus bracitos.

Pero después de un ratito, Alan nació. Y ahí si ya lo recuerdo como era: como algo que estaba viviendo yo. Me acuerdo perfecto verlo salir de mí, al fin. Un bulto rosulozo que se llevaron, de inmediato, a una camita contigua, con las pediatras. De inmediato voltee a ver el reloj que estaba en la pared del lado derecho: 12:20, am… Segundos después escuché su llanto, no tan fuerte como el que había esperado… pero llanto.

Descansé. En mi mente ofrecí una pequeña plegaria. ¡¡Nació!!

Se tardaron algo en llevarlo a conocerme, pero no puse atención: sólo miraba, tras ver el reloj, la mesa de examinación. Sabía que le hacían el Apgar (9 en el primero y 9 a los cinco minutos) y así… Vi cuando llamaron a mi madre a cortar el cordón umbilical.

Por fin lo llevaron a mí. La doctora, Karen, me lo presentó primero numéricamente: diez deditos en la manos, diez igual de minúsculos dedos de los pies. Dos testículos. Lo demás era evidente y ella no me lo contó porque lo veía: dos brazos y piernas, dos orejas, una boca, una minúscula nariz y dos ojos que estaban muy abiertos, como sorprendidos, viéndome mientras yo le decía:

–Hola, Alan… Hola, bebito…. Bienvenido….—y no sé que más cosas.

Pero sí reparé en sus ojos: –¡¡Mira, están rasgados!!—le dije a mi mamá, sin presuponer nada de ello. Después de todo, mis ojos, cuando sonríen así se hacen. Los de mi papá –al que tanto se parece Alan– también…

Fue entonces cuando pasó: Alan sonrió. Una pequeña sonrisa, que duró un instante que quedó pirograbado, eterno, en mi mente.

–¡¡Te sonrió!!—dijo Karen. No lo había hecho antes. Me sentí honrada. La primera sonrisa de Alan fue poco después de nacer, mientras le hablaba, para mí. Karen me explicó que se lo tenían que llevar. Perdía temperatura…No me preocupé porque supuse que era algo normal.

Me quedé acostada en la mesa del quirófano. Estaba muy interesada en el alumbramiento, en la expulsión de la placenta y pedí que me la mostraran: un perfecto órgano, muy parecido al hígado, que había creado mi cuerpo para alimentarlo. Verlo me pareció fascinante, increíble.

Después, a la sala de recuperación. Recuerdo estar acostada ahí, viendo los monitores y sus cifras y pensando: Mmmm, si eso es mi presión está muy mal. Llamé a la enfermera, quien coincidió y cambió los aparatos. Para verme tan bien y todo: el monitor debía mentir. ¿Presión de 60-30 y cayendo? ¿yo consciente y alertando a las enfermeras?

Total, que lo cambiaron y siguió igual. Decidieron que mientras me sintiera bien, todo OK. Y así era pero en superlativo: me sentía lo máximo: era ¿qué? la 1 y media de un día al que yo iba a asistir a un baby shower y ya había nacido el bebé. Me sonreía a mí misma. Había sido un parto fácil, casi indoloro… me sentí bendecida. ¡¡Tenía un bebito!!—me repetía una vez y otra para ver si así me lo creía mientras hacía esfuerzos conscientes por mover mis piernas (señal de que pueden llevarte a un cuarto, y ver a mi familia):

–¡Si así de fácil es tener un bebé, voy a tener diez!—pensé.

Me sentía cansada, un poco mareada, pero no podía dormir. Estaba emocionadísima.

Mientras tanto, mi hermana terminaba todos los trámites de entrada para el hospital. Ya en el cuarto 1219, en cuanto mi mamá le avisó por un mensaje de celular que metió de contrabando (y con el cual no se le ocurrió sacarle una foto, por nervios), escribió en el adorno de la puerta para el hospital, que sigue a la fecha colgada en la puerta del cuarto de Alan, sus datos: Me llamo Alan, signo Leo, 2kg. 950 gr., 51 cm. Gracias por esperarme con tanto amor.

Por fin decidieron que ya me podía ir al cuarto. Yo sabía que eran momentos que recordaría toda mi vida y me fije en todo: en cómo se veía el techo del hospital, el pasar las puertas acostada y me dio gusto ver que sí tendría el cuarto que había pedido (pero que no se podía apartar) desde que fui, meses antes, a conocer el hospital y hacer mi prepagos. Tiene vista a un pequeño jardín.

Cuando llegué me dio mucho gusto verlos a todos. Se impresionaron al ver que yo nomás llegar pedí mi bolsita de cosméticos para pintarme. ¿De cuándo acá cuando soy siempre tan pandrosa? Pero bueno, era un día importante. Y me puse el camisón y la bata blanca que había comprado meses antes para ese día.

Poco tiempo pasó para que comenzaron a llegar en tropel las visitas: mis tíos Elizabeth y Chucho, mis primos Alex y Diego. María Luisa, mejor conocida como “La Bruja” que es como otra hermana y su mamá, doña Julia María. Otros amigos de mi hermana que son también míos: El Gordo, Lily y el pequeño Sebastián, Lola y George. Adriana y Marcela. Al “terminar” el baby shower, Yuriria y Laura.

A todos les contábamos, divertidos, la odisea del precipitado y maravilloso nacimiento de Alan, de su primer sonrisa y cómo mi mamá –eso le encantaba contarlo a ella—había “pujado” junto conmigo. Y Alan estaba, intermitentemente, en la primera cunita tras el vidrio.

Intermitentemente porque se lo llevaban a una cama térmica del fondo a la que mi hermana bautizó como “el microondas”, porque, sí, eso parecía. Y fue justo ahí de donde es su primera foto en la vida.

Por fin como a las 4 de la tarde lo llevaron a la habitación. Una enfermera lo llevo envuelto, como tamal y perfectamente dormido, en una pequeña sabanita de franela color verde pistache. Yo no recuerdo eso, pero mi hermana sí: la cara de sorpresa de la enfermera en cuanto entró por la cascada de flashazos que le cayeron encima…parecía rueda de prensa.

Su primer traje era también verde con azul, un jumper talla 0 con una rana al frente y unos pequeñisimos zapatitos azules. Ya en mis brazos, lo vi con más calma. Era frutal: carita de pera por lo súper cachetón. Boquita mini, de corazón. Una nariz aún más minúscula. Mucho cabello, negro, negro, y peinado ¡con gel!

La visita duró poco. O muy poco para mi gusto, pues. Apenas para sacar todas las fotos que el momento ameritaba. Apenas para que Mayra, con cara de sorpresa, se atreviera a tomarlo balbuceantemente en sus brazos. Y mi papá, con una cara mezcla de ternura y sorpresa, mi mamá, mi tía… Mi familia más cercana, pues.

Más tarde ya me paré y ví que efectivamente, Alan estaba constantemente en el “microondas”. Y mientras en la ciudad –ahora del todo indiferente a mí—existía el plantón de López Obrador y no sabíamos a ciencia cierta quién sería nuestro Presidente, yo me sumé a otro plantón: el de la familia y amigos que casi apretábamos la nariz en el cristal para verlo, allá, en el microondas.

Ya más noche todos se fueron, menos mi mamá que se quedó a mi lado. Me costó trabajo dormir. En parte porque extrañaba mucho, muchísimo, mi panza embarazada.

–Tengo un bebito—seguía repitiendo, emocionada, mi mamá recuerda hasta la fecha.

Sin duda que el 12 de agosto de 2006 ha sido, por mucho, el día más feliz de mi vida. El día en que Alan nació, por primera vez. Porque yo aún no sabía que tenía un regalo adicional que compartirme –que no me gustaría nada en un principio, que me daría mucho miedo, que cambiaría aún más mi vida– y cuya noticia me la darían al día siguiente: el segundo nacimiento de Alan.

A mis amig@s:

Como muchos ya saben (y si no es así les informo) ya soy una feliz mamá.

Alan D’Artigues Beauregard nació el 12 de agosto del año en curso (como luego dicen) en el Hospital Español a las 12:20 horas bajo el signo de Leo, ascendente en Libra (como su desvelada madre), y luna en Aries (todos datos cortesía de su abuela astróloga).

Alan llegó con un regalo adicional: un cromosoma de más en el par 21 que hacen que tenga lo que comúnmente se llama “síndrome de Down“. Lo pongo entre comillas por varias razones. La primera de ellas porque aunque sí configuran una serie de rasgos –tanto físicos como de riesgo, no necesariamente realidad, de salud—no creo en las etiquetas. Mucho menos ahora después de todo lo que he leído al respecto. Me he enfrentado con mis propias ideas preconcebidas al respecto que he descubierto son, en gran parte, fruto de la desinformación. ¿Cómo qué? Bueno, ideas como que tendrá a fuerzas un severo retraso mental, como que nunca podría ser independiente, como que no podría leer y escribir y tantas, tantísimas cosas.

Nada de lo que acabo de mencionar es necesariamente cierto. En la última década se han descubierto muchas cosas sobre estos niños sin duda muy especiales que rompen los esquemas que tenemos o que tenía yo, pues. Los niños Down sólo necesitan mucha más atención y muchísimo amor para ayudarlos a desarrollarse, a despertar su curiosidad e invitarlos a que aprendan lo que ellos quieran aprender, no necesariamente lo que nosotros queramos. ¿Qué será capaz de hacer? No lo sé aún. Como no lo sabe cualquier madre de un niño “normal”. Demasiadas cosas dependen para lograr su óptimo desarrollo. Como un ambiente en el que se sienta amado, que lo tiene; oportunidades para darle tratamiento especial durante muchos años, que quiero y puedo darle. No sólo yo, sino toda una familia que lo esperó y lo recibe con todo el amor del planeta.

Él está maravillosamente bien. Pese a que nació de manera prematura (o anticipada) pesó 2 kilos 950 gramos y midió 51 centímetros. Nació con un pequeñísimo soplo en el corazón que cerró de manera natural. Fuera de eso, hasta ahora, es un niño que hace bien su “trabajo de bebé”, como dijo yo: llora con muchas ganas, come muy bien, duerme con una placidez envidiable y le gusta su diario baño (siempre y cuando su madre, que a veces se ataranta, no se lo ponga demasiado caliente), hace sus terapias tres veces al día –como dos horas de ejercicio físico en total—(VER AQUÍ VIDEO DEL PLANO INCLINADO) y ríe, hasta a carcajadas, con mucha facilidad.

No mentiré: sí fue un shock cuando me lo dijeron. Ningún estudio que me hicieron durante el embarazo apuntó a que Alan vendría con un reto adicional a la mayoría de los niños. La verdad es que nunca, siquiera, pensé que algo así me podría pasar.

Lo primero que me dolió fue mi ego, la verdad. Cómo yo iba a tener un niño “defectuoso” y cosas que ahora me parecen absurdas pero que sentí. Lloré mucho, por supuesto y no dudo que a lo largo de estos años por venir haya muchos otros momentos difíciles. Como me comentó en los primeros días una amiga entrañable, Ceci Loría: sentí lo mismo que una mamá de un niño Down dijo en un video que ella realizó en su gestión en Indesol: fue, al principio, llorar la muerte de un hijo que no era y nunca fue pero que soñé (duelo al fin) y enamorarme de el que tengo, del que ya está aquí y dulcemente dormido en mis brazos.

Creo que todos somos en gran parte, en determinante parte, producto de aquellos que han creído en nosotros. De lo que nos han dicho que somos capaces de hacer. Por lo menos eso lo creo con respecto a mí: sin la disciplina y el cariño de mi madre y también de mi padre, de los ánimos de mi hermana, de su confianza en mi y de toda mi familia en general, sin la confianza y cariño que en mi han depositado muchos amigos (más de los que creía tener, ahora lo sé), de los maravillosos jefes que he tenido en mi vida, mis fuentes, mis lectores que me retan siempre simplemente no sería lo que soy hoy.

Así pues, yo creo en Alan. En que hará lo que quiera hacer, así de fácil. Igual nos tomará un poco o un mucho más de tiempo, pero estoy dispuesta a dar, junto a él, esa y muchas guerras. Yo no lo limito, ni lo veo diferente: él es él y punto. Es diferente a los demás niños, pero también no hay niño que se parezca a otro ni ninguno que llegue exento de alguna problemática. El tiene “síndrome de Down”, bueno, también podría tener los pies chuecos, qué se yo. Lo único que me resta es poner mi corazón en amarlo y dedicarme con ahínco en la tarea de ayudarlo a desarrollarse.

Sin duda que aprenderé muchas cosas de Alan. Aprenderé sobre paciencia y disciplina; aprenderé a sortear, enfrentar y trabajar por parte de la sociedad que aún malmira a los niños y a las personas con algún tipo de discapacidad. Me toca, además, por ser periodista, comunicar lo que sé. Ya encontraré cómo y en dónde.

Aprenderé cosas que ni siquiera sé que voy a aprender. Él será, ya es, mi maestro.

Han pasado los días y conforme pasa el tiempo y lo miro y reflexiono me doy cuenta de muchas cosas.

Primero que siento una paz que no creía que existiera. Que dentro de mí existe una confianza, alegría y optimismo que también se desborda. Tengo la absoluta certeza de que todo pasa por algo aunque quizá en su momento no sepamos por qué. Que todo lo que nos pasa en la vida es para que algo aprendamos, quizá para otra vida… Y que aunque somos seres muy frágiles que estamos expuestos a todo y que en muy poco decidimos, sí podemos escoger algo importante: cómo tomar las cosas. Aunque haya momentos difíciles siempre podemos optar por la alegría o la pesadez, por ejemplo.

Yo tomo la llegada de Alan a mi vida (a sus vidas, también, si así lo quieren ustedes) con una gran alegría y también como una enorme bendición.

Por lo pronto cuento con una gran aliada. Una mujer excepcional que eso y más ha sido a lo largo de toda mi vida: mi madre, Gloria. Le agradezco con todo el corazón su amor y entusiasmo de abuela y de maestra en esta aventura reloaded llamada Alan.

Ella, que sólo venía a quedarse con Alan y conmigo dos meses de su vida, ha decidido cambiar de coordenadas. Se viene de Puebla de los Ángeles a vivir a México para participar activamente en su crecimiento. No sólo eso, sino que, como maestra que es, ya está estudiando ella también, junto con una amiga, Barbara Hojel, en elaborar materiales o algún libro destinado a padres de niños con Down para que sepan mejor cómo estimularlos y ayudarlos a desarrollarse. Eso me permitirá a mi seguir teniendo tiempo para dedicarme al trabajo que amo y que ahora, como la madre cualquier otro niño o más, haré con más entusiasmo que nunca. Por él y por mí.

Muy al principio de que nació Alan, un par de amigas me preguntaron qué debían de decir cuándo les preguntaran por Alan. Les comento lo que les contesté: que dijeran con toda naturalidad lo que es: que es un niño diferente, que estoy dispuesta a trabajar mucho con él, que estoy contenta y que los dos estamos bien, muy bien.

Es nada más que la verdad. Soy una orgullosísima madre soltera por elección con un niño que, además nació con un regalo llamado “síndrome de Down”. Y qué.

También les dije que si alguien les comentaba cosas como “Pobre Katia” o “Pobrecito niño”, les dijeran que no. Eso, creo es lo peor que podría inspirar: una suerte de lástima. Espero que nadie que lea esto sienta lo mismo. Y si es así, pues los invito a que lo vean diferente: como la invitación que recibí a una vida con mayores retos y ya. No me siento “pobre” en lo más mínimo.

Mi madre, cuando le comenté esto tuvo una frase muy chistosa: “¡Pobres las lagartijas!”, dijo casi con indignación y una mueca muy chistosa. Me hizo gracia y pues sí, pobres lagartijas… aunque bien a bien no sé porqué. Ellas tan felices que están al sol. Quizá las estamos discriminando, ¿verdad?

Les mando a todos un beso,

Katia

La República Juarista López Obradoriana

 

Por una nueva república
De recortes y renuncias
Ante todo, la sinceridad

La referencia se antojaba seguirla en uno de mis blogs favoritos: boingboing.net

Resulta ser que Lonely Planet, que edita libros de viaje, publicó una guía para conocer micronaciones. ¿Micronaciones? Sí. Resulta ser que tienen hasta definición en Wikipedia:

—Una micronación —también llamada cybernación, país de fantasía, o proyecto de nuevo país— es una entidad que tiene apariencia de nación o Estado independiente, pero que en realidad sólo existe en papel, en internet o en las mentes de sus creadores. Algunas micronaciones han logrado extender sus operaciones en el mundo real, teniendo, por ejemplo, bandera, moneda, servicio postal, etc.

¿Sabe que se calcula que hay miles de micronaciones en el mundo? Claro, muchas de ellas no tienen más que un miembro, por ejemplo: un personaje (por lo general hombre) que declara su cuarto un “país independiente” y a él como su soberano (sí, casi siempre se declaran reyes), como el caso de Talossa (www.talossa.org).

Al parecer el espacio geográfico no importa mucho y hay hombres (de nuevo) que han declarado territorios independientes una balsa (como New Atlantis, proclamada por Lester Hemingway, hermano de Ernest) o un faro… cualquier cosa, no crea que necesita una isla, aunque ayuda.

Dentro de la categoría de micronaciones hay cosas loquísimas, desde “países” de una sola persona, hasta varios cientos. Y hay que distinguirlos de intentos más serios y con historia de lucha como Osetia del Sur, Abkhazia y Transnistria, que sí tienen control efectivo o militar sobre un territorio… ya no se diga Taiwán, Tíbet, Palestina o la República Árabe Saharauí Democrática.

Hay un ejemplo muy peculiar: El Reino de Redonda, que tiene como soberano a Javier Marías, sí, el escritor español. Claro, se llama Xavier I. Este rey, por cierto, le otorgó a nuestro escritor Juan Villoro el título de Duque de Nochevieja, en 1999 (todo un honor, es el único mexicano de una larga lista de personajes de las artes).

Redonda es una nación semificticia porque existe una isla de Redonda, entre Antigua y Barbuda, pero está deshabitada. Y bueno, claro que Xavier I tiene otras personas que le disputan el Reino, como debe ser… aunque a él eso no le importa porque es más bien un lugar literario.

Está por ejemplo, la Fortaleza de Sealand, que sigue “independiente” a la fecha. O una población en Inglaterra, llamada Hay-on-Wye, que tiene como monarca a Richard George William Pitt Booth (que sí, nombró a su caballo primer ministro) y muchos otros ejemplos. En fin, que podrá encontrar mucha información (hasta para hacer su propio país) si teclea www.micronations.org

Total, que todo este breviario cultural para contarle que se me ocurrió una idea para nuestro México de hoy: ¿y si Andrés Manuel López Obrador, que ya se proclamó (o lo proclamaron muchos en el zócalo, precisión que hago por muchos furiosos correos que he recibido) “presidente legítimo”, además funda su micronación?

Sin más preámbulo, aquí mi propuesta:

Nombre oficial (o legítimo) : República Juarista Lopezobradoriana (RJL).

Presidente : Excmo. Andrés Manuel I.

División de poderes : República Monárquica Absoluta, con referenda (plural de referéndum), consultas masivas (donde todos dicen que sí o no, según sea el caso que quiera el monarca) y plebiscitos o pejebiscitos, donde 99.99% es ganado por el gobierno que los organiza.

Poder Legislativo: Asamblea Legislativa del Distrito Federal (ALDF; 32 legisladores de su partido y 32 de oposición).

Poder Judicial : dividido en Legítimo e Ilegítimo (conocido como Espurio y/o Pelele).

Extensión (km2) : mil 486 (la extensión del DF).

Límites : (bastante intolerantes). A la derecha: un desolado y salado ex lago de Texcoco, con unos pocos y desorientados patos lacustres y moradores algo intolerantes. A la izquierda: Un zócalo repleto de multitudes, un día sí y otro también. Con eventos muy extensos, pero de repente escasos.

División política :

1. Los que apoyan a Andrés Manuel López Obrador, y los que lo rechazan (por no decir que lo odian): pejista o antipejistas. Partidarios de la democracia o de los peleles.

Capital : el que se aporta a la cuenta de HSBC a nombre de la señora Honestidad Valiente. O bien, los votos provenientes de sus diferentes tribus.

Unidad monetaria :

1. PG Peso (devaluado a partir de los últimos plantones realizados de julio-septiembre 2006). Equivale a 100 votos por peso, o al revés.

2. Tarjeta de prepago del GDF.

Idiomas : muy florido en momentos de campaña y poscampaña. También se aplica el tabahqueño.

Fiesta nacional : 13 de noviembre (cumpleaños de Andrés Manuel I)

Gentilicio : amloíst@

Bandera : en colores amarillo (pe-erre-dé) y negro. Con un sol azteca al centro y sobre éste, el águila juarista.

Símbolo patrio : águila juarista completa, ¡jamás mocha! (Aunque religiosa en el fondo.)

Duración del cargo monárquico : Desconocido aún. Mandato con límite biológico preestablecido genéticamente, pero permanentemente extendido por los constantes avances en la medicina genómica, que es la ciencia oficial de este micropaís.

Organismos mundiales a los que pertenece : Tuce (Todos Unidos contra el Espurio), ONNU (Organización de las Naciones No Unidas).

Un poco de historia. Los inicios de la RJL se remontan a los primeros minutos del 3 de julio de 2006, luego de que se dieran a conocer los resultados de una elección presidencial, los cuales no beneficiaban a AMLO-I. A partir de ahí, en medio de asambleas informativas, se decide democráticamente la conformación de lo que hoy se conoce como RJL.

Surge oficialmente el 20 de noviembre del año 2006, con la toma de posesión del presidente legítimo Andrés Manuel I, ante la Convención Nacional Democrática.

La primer casa… de poder presidencial, fue una de campaña que se instaló en el PGzócalo capitalino durante el PGplantón, el cual terminó en los últimos minutos del 15 de septiembre de ese año.

Cuenta con su pg-gabinete alterno integrado por 12 pgsecretarios del PGEstado y un grupo de pgasesores.

Entre la fauna que habita en esta república hay pejelagartos y chachalacas, principalmente, en permanente disputa por los espacios.

En materia electoral, la máxima es voto por voto, casilla por casilla, o dicho de otro modo:

“Si no me cuadra, es fraude”.

Religión oficial : pejeanismo

Santo patrono : San Benito.

Residencia oficial : torre norte, torreón oriente de Palacio Nacional. Departamento de 100 metros cuadrados habilitado por el Infonavit, sin jaula de lavado.

Usos horarios : una hora atrás del meridiano de Greenwich en el verano y cinco minutos adelante en el horario de invierno.

Corte de caja

Ya comenzaron las reacciones por el recorte al presupuesto de Egresos para el próximo año.

Una de las dependencias a las que le metieron tijera fue la Comisión Nacional para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, con un recorte de 942 millones de pesos. Para este año, el presupuesto fue de 6 mil millones, y para el próximo se planea en unos 5 mil 58 millones.

La titular de esta dependencia, Xóchitl Gálvez, protestó y a muchos no les agradó. Ya sabe, es mujer directa y no se calla nada.

La noche del martes César Nava, secretario particular del presidente Calderón, habló con ella, a fin de calmar las aguas.

Cuentan que la charla telefónica no fue nada cordial.

Hasta el cierre de esta columna se esperaba que la funcionaria presentara su renuncia.

Ahora nos dicen que Gálvez —reconocida por el Foro Económico de Davos, como uno de los 100 líderes globales del futuro— podría estar del otro lado, el de la sociedad civil.

¿Encabezando un frente de defensa a los derechos de las comunidades indígenas? A saber.

Ayer un amigo nos decía que con este tipo de acciones, como el recorte a este sector, no es rebasar a la izquierda por la izquierda, como ha dicho el gobierno, sino por la derecha. Es más, que es como si se diera vuelta en “u”. Como regresar al pasado.

Ops.

Por cierto, ayer fue la primera gira del presidente Calderón. Visitó Tlacoachistlahuaca, una comunidad indígena de Guerrero. Lo acompañó el gobernador Zeferino Torreblanca, pero a Gálvez, quien todavía no renunciaba, no la invitaron.

Miniensalada

Posiblemente fue la sinceridad de Robert Gates la que convenció al Senado de Estados Unidos para que ratificaran su nombramiento como secretario de la Defensa, en sustitución de Donald Rumsfeld, quien renunció luego de la derrota republicana en las pasadas elecciones legislativas.

Con 95 votos a favor y dos en contra —republicanos, por cierto— se decidió que Robert Gates encabece el Pentágono.

Durante su comparecencia ante las comisiones senatoriales, el nuevo secretario reconoció que el gobierno de George W(ar) Bush no está ganando la guerra con Irak.

Linda la foto del ex gobernador Arturo Montiel Rojas, turisteando, en compañía de sus papás por… Morelia, Michoacán. Oh sí. Territorio nacional.

Entre otros sitios, visitaron la Catedral de esa ciudad, y a la salida, intentaron interrogarlo sobre varios asuntos, ya sabe, política y las acusaciones que se le hacían. Optó por la operación chitón.

katia.katinka@gmail.com

El regreso de Felipe Calderón Hinojosa

Milenio Semanal 2 de Octubre de 2000

La oficina de Felipe Calderón todavía está vacía. Se la dejó, tal cual, Carlos Medina Plascencia. Apenas unos libros sobre leyes, como debe ser. Por lo demás…casi nada.

El coordinador de la bancada panista en la Cámara de Diputados se ve diferente. El cambio está presente en todo él: en su sonrisa, más relajada, en su actitud. Un año fuera de México hace maravillas.
Mucho ha cambiado desde entonces. Parecería que regresa a una especie de cuento de hadas político, su partido, el que prácticamente nació porque su padre, Luis Calderón Vega, era historiador de ese instituto político, estará, en breve, en la Presidencia.

I. — Cuando te fuiste, decías que llegar a la presidencia del PAN había sido como el final de una fiesta descrita por Herman Hesse, pero en lugar de fiesta, te había tocado sacar a los borrachos. Que querías irte, porque eras como un programa de computadora con todas las ventanas abiertas y necesitabas cerrarlas. ¿Qué pasó?

— Pasó que me tomé un año que ha sido el mejor de mi vida, porque logré recuperar muchas cosas, a nivel personal y académico. Lo mejor es que volví a encontrar mucho sabor a la vida. No lo había perdido, pero… tomé el aire suficiente para ver que la vida, a final de cuentas, puede ser una fiesta.

— ¿Cuál es el cambio? ¿Qué redimensionaste del sabor de la vida?

— Por razones que desconozco recuperé la capacidad de reconocerme feliz. Usualmente la perdemos todos, especialmente los que estamos en política. Pasé unos días felices con mi esposa, con mi hija, conmigo, con mi bicicleta y mis juegos de futbol, mis libros, internet… Una sensación de reencontrar la felicidad de la vida y de vivirla en plenitud.

— ¿Cómo viste México desde fuera? Te fuiste en un momento tenso

— Lo vi con más calma. Cuando te metes a la política es un vértigo…Como ahora éste: el Congreso. Te hace ver las cosas más grandes. Desde allá las cosas se ven en una proporción más justa, más serena.

— ¿No sentías necesidad de saber qué estaba pasando acá?

— La distancia me hacía estar pegado a internet. Era paradójico: entraba a tantas páginas lo mismo de periódicos que de partidos y campañas, que tenía un cúmulo de información mucho más selecto y completo de lo que tenía acá. Estuve muy cercano. En los debates, por ejemplo, el primero Margarita y yo lo escuchamos pegados al teléfono…

— ¿Cómo por teléfono?

— Sí, tratamos de captarlo por todo: por la página de Fox, la del PAN, Radio Red… Fue un caos. A la mera hora todo se saturó y no se oyó nada. Le hablé a un amigo por teléfono y le dije: “Ponme el debate”. Hora y media en el auricular…

II. En Washington, Calderón convivió con un grupo de mexicanos que estudian allá
— ¿Y fuiste buen estudiante?

— Regular. El primer semestre sí estudié durísimo. Me fleté como en mis buenos tiempos, me metí a todas las clases que pude. Pero luego me cayó el veinte de la vida de otra manera. Le tomé más importancia a otras cosas: mi familia, la bicicleta.

— Releía entrevistas que diste en 1999. Entonces se hablaba de una mala relación entre Castillo Peraza y Fox. Se decía que Fox no era tu candidato, que tenías un as bajo la manga llamado Pancho Barrio. De ahí salto al artículo de Proceso que termina con “ya ganamos”. ¿Cómo fue este periodo de presunta mala relación a “ya ganamos”?

— Era una relación tensa en principio, pero luego todos fuimos cayendo en la cuenta de la necesidad de tener una relación constructiva. Cuando surgió Amigos de Fox, al principio la gente que tenía algún descontento con su comité local se iba a Amigos de Fox. Empezaba a ser la guerra de partido… pero la desactivamos. Estaba francamente convencido, o si tu quieres, pragmáticamente convencido de que necesitábamos un candidato como Fox para ganar. Lo veía aventado, audaz. También le faltaba al PAN un poco de eso. Diego movió al PAN para arriba. En el 97 ya no nos movimos. El liderazgo central de la campaña de 97 se atoró, nos atoramos… Necesitábamos a alguien que moviera el esquema. Un líder político que compitiera por las urnas. Traté, es cierto, de abrir el juego, de no colocar a Fox en una situación monopólica. No podíamos esperar a ver a qué hora aparecía alguien… Estaba Fox, que quería, tenía ganas y con qué. ¿Para qué darle la vuelta? Pero cuando era presidente tenía que decir “están Fox, Diego, Barrio” y hacía una lista. Cuando los de adentro no querían, pues equilibrabas con posibilidades de fuera que sinceramente creía factibles, como Krauze. Cuando termino la presidencia digo que el candidato debe ser Vicente.

— ¿Qué sentiste cuando escribías ese artículo que se publicó en Proceso después del 2 de julio? El que le dedicas a tu papá.

— Una emoción muy grande. Escribía pedazos, me paraba a abrazar a mis amigos, lloraba un poco, volvía a escribir… Lo acabé en la madrugada, cansado, y me fui a dormir plácidamente.

III. —Hace rato dijiste, sin embargo, que estabas “pragmáticamente convencido” de la candidatura de Fox. Eres un hombre que suele hablar de sentimientos. ¿Qué te decían tu corazón, tu hígado, tu estómago?

— Bueno yo no creo que… la vida es una combinación de intensidades. Emotivas, intelectivas, afectivas. Estaba convencido de que teníamos que ganar. Hay una parte de mí que es muy belicosa y guerrera y ésa se identificaba con el guerrero, en este caso Vicente. Hay otra parte de mí, la de moderación, prudencia, defensa del PAN. Pero aun dentro del argumento de “defensa del PAN” estaba ganando. El que nos ayudó a ganar fue Vicente. Pragma es realidad, no debe ser usado peyorativamente.

— Lo situaste de manera identificable: mi parte belicosa. ¿Cuántos Felipes hay en ti, además del “pequeño priista que todos llevamos dentro” una frase tuya?

— Pues no sé, nunca los he contado. En esencia espero que haya uno. Nada me dolería más que ser doble. Lo que más me mueve de una persona es su congruencia.

— Pero esto no tiene nada que ver con la congruencia. Son facetas, ¿no?

— Bueno, tengo muchas. Quién sabe… lo que ocurre en política es que siempre tienes que ir presentando alguna.

— Está tu parte belicosa. Supongo que también la familiar.

— Sí, muy fuerte.

IV. — ¿Cómo ves el reto?

— Muy duro.

— ¿Cómo lo vives? Despiertas en la mañana y dices: híjole, la agenda…

— También ésa es parte de mi bronca: que tengo que aprender a despertar en otra actitud. Te abruma: se te viene la agenda encima, de tantas cosas por hacer. La clave está en encontrar que en realidad vas caminando, que no cargas el mundo porque no eres Atlas, ¿no? Pero es un reto vivir estos momentos históricos. Es algo que todos hubiéramos querido vivir. Si me hubiera tocado escoger el momento y el lugar para vivir, diría que éste.

— Se maneja que puedes ser un muy viable candidato a la gubernatura de Michoacán.

— Será una cosa para valorarse en su momento. Ver en qué pueda servir más y ser más útil.

— ¿Pero quieres o no?

— De repente estás en un momento en que quieres todo. Y también es bueno. Por supuesto que me interesa Michoacán, pero también el Congreso y el reto del gobierno… y muchas cosas.

— ¿Y la presidencia algún día?

— También. Pero la clave es no obsesionarse. El haber aprendido que sin la política hay vida me ha tranquilizado mucho. Una de las cosas que le agradezco a Castillo Peraza es que en un cumpleaños me regaló un poema de Konstantino Kavafis, Regreso a Ítaca. Era secretario general y tenía 29, 30 años. Me quería comer el mundo a puños y algo me había frustrado internamente, algo que no pudimos hacer. Finalmente la vida es así, como el poema: la vida es un largo viaje. Lo importante no es Ítaca, sino los amaneceres que puedes ver, las playas inéditas o nunca vistas a las que puedes entrar, los perfumes voluptuosos y toda la sensualidad que puedas tener. Rogar que tu viaje sea largo… Si tengo que pasar por un puerto o por otro, no importa.

Hay que arrimarse, como los toreros: Felipe Calderón

La Entrevista Incómoda, El Financiero: Domingo 29 de noviembre 1998

Felipe de Jesús Calderón Hinojosa está parado en las escaleras que dan a su oficina en el CEN del PAN. Justo debajo de un enorme retrato de Manuel Gómez Morín.
Sonríe. Y junto a él, un grupo de mujeres lo miran encantadas.
Bueno… en realidad miran a lo que tiene en los bazos y acaricia con una ternura poco común de ver en un hombre: su nuevo perro, un labrador negro que acaba de llegar de Córdoba, Veracruz y al que quiere llamar, hasta él acepta que con poca imaginación, El Negro.
El presidente nacional del PAN, que llegó a su cargo a los 34 años, es un hombre con muchas facetas. La ternura es algo que externa sólo con sus más allegados. Tiene fama de ser un hombre inteligente, irónico y a veces —dicen— hasta alburero. Ahora enfrenta tiempos difíciles ante las críticas de sus mismos correligionarios en un año en el que el PAN ha retrocediendo en sus mismas expectativas.

Lo cierto es que con frecuencia sus ojos, tras sus lentes de armazón delgadísimo, lanzan pequeñas chispas…
I

Se podría decir que Calderón nació panista. Su padre, Luis, no sólo fue uno de los fundadores de ese partido, sino su historiador. En los recuerdos infantiles —junto con su bicicleta rodada 24 y la nostalgia de la ropa tendida que su mamá lavaba todos los lunes— está inscrito el doblar propaganda en la sobremesa. Sus hermanas, mientras, hacían engrudo en la cocina. Toda la familia pegaba carteles por las noches. Vivían, dice, con precariedad.

Nació en Morelia, la capital de Michoacán, estado por el que habría de contender a la gubernatura y perder 33 años más tarde.

El menor de cinco hermanos creció en una familia donde la disciplina era fundamental.

“Había que aprender a tender la cama desde chico, a hacerse de cenar, a llegar a tiempo toda la vida, a no decir malas palabras ni hacer absolutamente nada malo.”
Iban a misa, claro. Y fue acólito.

Pero no por ser el menor gozó de algún privilegio especial. “De hecho el hermano más querido era Juan Luis, un año mayor que yo. No era el consentido, pero sí un niño muy bueno, responsable, suave, serio.”
— ¿Y usted no lo era?
— No, más bien yo era hostil, gruñón.
“Modestia aparte”, sacaba puros dieces. Eso sí, dice con orgullo, nunca fue “machetero”.
— Empezó a destacar en oratoria desde chico, ¿no?
— No. ¿Quién te dijo?
— Alguien por ahí. ¿No fue así?

— Regálame un cigarro, ¿traes? —le dice a su encargado de comunicación, Juan Ignacio Zavala—, se está poniendo bueno esto… admiraba y quise mucho a mi XXXX quien era un gran orador…”
La remembranza está inscrita claramente en un recuerdo: “Mi padre tenía una máquina Smith corona vieja, como de la prehistoria, donde escribía en la biblioteca oscura, silenciosa… me sentaba cerca de él. Lo oía, lo veía”

Dio su primer discurso a los 15 años, en un mitin del PAN. La experiencia de hablar en público es lo más cercano que conoce, asegura, a la sensación de arrojarse a un precipicio.

II
La decisión de dedicarse a la política surgió en la preparatoria. Junto con algunos compañeros fundó un grupo llamado Promoción Humana Integral.

“Era un ambiente muy interesante. Las culpas sociales se lavaban en grupos juveniles de pastoral, de compromiso, etcétera. Los jueves hacíamos dinámicas fuertes de reflexión, de oración. Los sábados alfabetizamos adultos, empedrábamos calles, ayudábamos a la cosecha del frijol o pintábamos capillas y casas. Hasta que un día te das cuenta de que, por muchas calles que puedas empedrar con tus manos nunca vas a acabar con la falta de infraestructura; que por muchas señoras y señores que les enseñes a leer no acabas con un plan de educación; que por muchas fosas sépticas que caves hasta ampollarte no acabas con el problema de salud. Que finalmente todos los problemas se generan o se resuelven en la política, donde están los dineros públicos y las decisiones”

Tenía 16 años y se inscribió en el PAN. Tiempo de determinaciones. Por esas fechas también optó por seguir estudiando en el Colegio Valladolid, con los maristas.
“La decisión no era trivial. Los estudios maristas no eran reconocidos por la Universidad de Michoacán, ergo habría que optar por salir de la casa al terminar la preparatoria.”
Pasaron los años y llegó a la UNAM, con su diez cerrado de promedio. Quería estudiar derecho.

“Le iba a los Pumas. Me imaginaba las discusiones universitarias… ¡El Ágora universitario! La verdad es que, llegando a la ventanilla, me rechazaron. Derecho era una carrera saturada y en Michoacán había Facultad de Derecho.
— ¿Ese momento fue frustrante?

— Más que frustrante, fue realmente encabronante. Seguramente mi lugar lo ocupó algún porro que no sé si a estas alturas, 18 años después, siga sin terminar derecho…”

Su padre, entonces diputado federal después de siete intentos, quería que entrara a la Libre de Derecho. Pero él se negaba. Lo consideraba un “invernadero”:

“De niños protegidos, en una atmósfera viable.”

Pero un día, saliendo del metro Balderas, su padre casualmente lo llevó a la escuela. Y se quedó.

“Nací cuando mi papá tenía 51 años. Era casi mi abuelo, pero platicaba mucho con él. De todo. Desde problemas de la vida, Dios, el liberalismo y el comunismo…”
— ¿Y de sexo?

— De todo, de alcohol, también. Mi papá es la figura más importante en mi vida: un hombre congruente, no el espécimen mediocre que abunda en nuestro país. Con un gran sentido del humor.
Murió hace 10 años
III

“Era adicto a los amores utópicos: optaba por los poemas.”
— ¿Por qué era inseguro, penoso?
— No. Estaba concentrado en los estudios y en mi casa no había una gran cultura en el noviazgo por decirlo de alguna manera…
— Su primera novia
— La única: Margarita Zavala
— ¿Casó con su primer novia?
— Con mi primera novia formal
— Pero la primera…
— Tuve muchas amigas, pero mi primera novia formal es mi esposa
— ¿Qué encontró en ella que le hizo desear que fuera su novia?

— Margarita es una mujer muy inteligente, congruente, dulce y que compartía mi escenario de vida. De hecho, me costó un poquito de trabajo, la conocí en el juvenil del PAN cuando ella tendría 15 o 16 y yo 20 o 21 años… Tardé como dos años en que me hiciera caso. También tiene su historia eso.
— Cuénteme
— No… es una larga historia.
— Un resumen
— Era muy chica
— ¿Tardó en que ella le hiciera caso a usted o en que usted se decidiera acercarse?
— Me acerqué toda la vida.

Como los buenos toreros: arrimándonos a la suerte. Pero tardó.

“Cuando me le declaré le hice una serie de poemas y cuentos que son una antología personal… Primero no me hizo caso, tuvo un novio y dos años después volví a salir con ella.

“Empezó a ir conmigo a Morelia, mi hermana era candidata a presidente municipal. Un día fuimos a una colonia popular. Era una tarde michoacana después del tiempo de lluvias: como a las seis de la tarde, había un sol dorado enorme en el horizonte y acabamos una jornada extenuante, ante un enemigo poderoso como es el PRI… Le dije: Si tú quieres yo te regalo un sol con pueblo. Es todo lo que tengo que darte.”
Como a los 15 días ella me dijo que quería ser mi novia. Así fue.
— ¿Todavía le escribe poemas?
— Hubo un momento en que lo suspendí. En la prepa, ella tuvo la ocurrencia de compartirlos con sus compañeritas… Entonces dije no, ahí muere. Me doy.
— ¿Y ya quedó curado de espanto?
— No, pero eso se lo dejo a los literatos. Escribo de vez en cuando, pero no públicamente. La política es absorbente. No deja mucho terreno para la poesía.

IV
— ¿Qué le recuerdan los 12 de noviembre?

— Una elección: la de gobernador de Michoacán. Fue una odisea irrepetible. Creo que la mejor experiencia de mi vida.
Hubo mucha gente, con mucha esperanza, audacia, pasión. Creo que hubiera podido dar la vida ahí mismo.
— ¿Tanto así?
— Sí. Quién sabe ahora… pero marcó mi historia personal.

— Pero al día siguiente, cuando la campaña se acabó, cuando los resultados no lo favorecieron, ¿qué sintió?

— Tenía la opción de declararme en resistencia civil o decir: “señores, no tenemos elementos para afirmar que ganamos porque hubo mucha gente que no se decidió”. Preferí optar por eso.
— Sí, pero ¿qué sintió?
— Satisfacción, primero. También un deseo de reivindicar todo lo que había comenzado. Tristeza.
— ¿Y qué haces cuando estás triste?
— Generalmente voy con mis amigos
— ¿Y cuántos amigos tiene? Amigos amigos

— No sé. Estoy convencido de que la política es un afecto colectivo. Aunque si uno busca a los amigos que no están involucrados en la cuestión política, son menos, contados. Pero en cada compañero aprendo a ver a un amigo. Así soy amigo de miles. No puedo distinguir realmente entre camaradería y amistad.

V
— De los siete pecados capitales ¿cuál comete con mayor frecuencia?

— La gula. Pero bien dice Carlos Castillo que los siete pecados capitales se compensan unos a otros y provocan una neutralidad ética. La gula se compensa con la avaricia. El que no quiere gastar, no comete gula.
— ¿Y la soberbia?

— Creo que ése es el que más comento. Es un talón de Aquiles importante. Se compensa con algún otro, pero no me lo sé muy bien. La lujuria se compensa con pereza… pero la soberbia… finalmente es el pecado de la humanidad, y además, el pecado de la política.
— Bebe tequila, ¿no?
— Sí
— ¿Cuántos como máximo? ¿Cuál es su límite?
— Yo pondría mínimo, no máximo
— ¿Fox no es su candidato?
— Fox es el candidato de mucha gente
— ¿Y el suyo?
— El presidente del PAN no debe tener un candidato

VI
A Calderón le cambia el semblante al mencionar a sus hijos: María, que cumplirá dos años en enero y Luis Felipe, con escasas semanas en el mundo.

“María, tiene mucha gripa ahorita, pobrecita. La quiero mucho. Desafortunadamente no tiene oportunidad de verme. Una de las grandes interrogantes de lo que hago. Cuando María ve un avión dice “El avión” y “Adiós, papá”…
“La abrazo, la apapacho, la beso. Es un poco renuente, me parece que tiene la impresión de tener “un papá demasiado meloso.”
— No me lo imagino meloso. Se ve tan reservado.
— Públicamente he ido aprendiendo a poner barreras y barreras
— ¿Por qué?
— Es un aprendizaje en el medio en el que se mueve uno, ¿no?
— ¿Lo han lastimado?

— Sí, mucho. Bueno… son cicatrices de la batalla sin las cuales uno no puede entender que está en guerra, ¿no? Sería muy aburrido.
— ¿Qué siente cuando le cuentan que María ve un avión y dice “Adiós papá”?
— Hay que ver el lado positivo. Es bonito que la hija de uno, antes de cumplir dos años, se acuerde del papá…
— Pero que lo relacione con algo que se va
— Pero también me ve en los periódicos y sabe que es su papá el que está ahí.

VII
“Cuando tengo un día libre, lo agradezco mucho. Un domingo de ésos, saqué mi asador al jardín, que es chiquito, y las carnes, cervezas. A gusto. Empezamos a hacer el recuento de cuántos domingos habíamos pasado en la casa en seis años que vivimos ahí: cinco.

“Es un sacrificio bastante fuerte, ¿no? Veo a mis compañeros de la escuela, cómo están haciendo dinero en sus despachos, cómo tienen a su familia, con toda tranquilidad… Y… realmente la presidencia del PAN sí implica un sacrificio extraordinario y desgastante.
— ¿Se arrepiente?
— No.
— ¿Es usted un niño que gobierna el PAN, como le han dicho?
— Me halaga que me digan eso.
— ¿De verdad?
— Se puede ver de muchas maneras. Una de ellas es un halago.
— ¿Y es la única manera en que lo ve?

— No. Lo veo también como un signo de desconfianza, de agravios ocultos. Buscan lastimarme de alguna manera, no hallan cómo. No hallan cómo decirme corrupto o estúpido o inmoral o lo que sea. Que soy un niño. El agravio se expresa por una vía totalmente inocua, ¿no? Creo que tiene que ver con relaciones de poder. El poder interno en el PAN.

“Cuando las cosas se hacen por convicción uno no necesariamente escoge lo que hace. En el PAN definitivamente me ha tocado hacer lo que las circunstancias me han impuesto que haga ¿no? En otras palabras: no hubiera sido candidato a gobernador de Michoacán si las circunstancias no lo hubieran impuesto…
— ¿No llegó usted a la oficina de Carlos Castillo Peraza y le dijo “yo”?
— (Lo niega con la cabeza)
— Eso lo dijo él
— Yo sé que todavía hay gente que le cree a Carlos Castillo… pero… así no fue…
— ¿Usted ya no le cree?
— ¿Yo? Sí… también… pero las circunstancias también así se dieron y la presidencia del partido igual… o peor… y lo que venga también va a ser así…
— ¿Usted sigue teniendo deseos de ser presidente?
— ¿De la República? Sí.
— Pero eso también sería impulsado por las circunstancias…
— Sí.
— ¿Entonces usted no toma decisiones en su vida?

— Sí, sí tomo. No hay contradicción en eso, todo acto humano tiene un factor volitivo personal que es irrenunciable, ¿no? No me lavo las manos de lo que hago. Asumo la responsabilidad de todo: cargo con mis satisfacciones, que son múltiples, abrumadoras, irrenunciables… y cargo con mis culpas, que también son muy fuertes.
— ¿Más que las satisfacciones?

— Si fuesen más que las satisfacciones no cargaría con ellas.
Lo que es cierto es que, en decisiones clave, no han sido decisiones predeterminadas en un plan de vida personal ni la candidatura de Michoacán ni la presidencia del PAN. La presidencia de la República tampoco está en un plan de vida.
— ¿Qué está dentro de su plan de vida?

— El tener mi título de la maestría en economía que dejé trunco por la presidencia del PAN. Jugar con mis hijos. Tener una casa más grande. Paz espiritual, un poco de lo que dice Borges: antes de los ochentaitantos salir más liviano, sin cargar paraguas ni paracaídas.
“Pero también está dentro de mi plan de vida no decirle ‘no’ a la vida, no hacerse a un lado ni eludir responsabilidades. No cabalgar a grupa en la enorme mediocridad de este país.
— ¿Culpa son Puebla, Morelia, Sinaloa? ¿Fue su culpa?
— Tengo una parte de responsabilidad que no eludo. Pero no lo cargo en mis culpas.
— ¿Cuáles son las culpas, entonces?

— Las culpas personales son más grandes: herir a un compañero, una mala palabra, no comprender a alguien.

“Cargo con mi responsabilidad. Un dirigente partidista no puede eludir una derrota. Sí, perdí. Punto. Soy buen apostador. Pago cuando debo y cobro cuando tengo derecho.

“Lo que sí es cierto es que el día que a mí me dejen decir quiénes son los candidatos, cómo se hace la campaña y me dejen manejar el dinero –porque 80 por ciento de lo que recibe el PAN se va a los estados—… me pueden reclamar lo que quieran.

“El PAN en 1995 pasó un momento extraordinario. Había sido la segunda mejor opción en muchos mexicanos en el 94. Al caer estrepitosamente la imagen del PRI y de Zedillo, la imagen real fue del PAN y muchos confiaron en ella.
“Tres años después, hay una economía de crecimiento, un partido que compite, que enfrenta el gasto del gobierno… y también una dirigencia que no se ha sabido enfrentar, tal vez todo eso. Lo asumo.”
— Si no lo dejan, ¿entonces es usted un presidente acotado?

— Todo el mundo tiene restricción. Soy presidente en un escenario distinto al que todo mundo hubiera imaginado como ideal. He tenido muchos errores. En términos de equipo, de estrategias, de decisiones, pero también es cierto que llegamos a una fiesta enorme de esas dignas de Hermsn Hesse, en El lobo estepario… con la diferencia de que, cuando llegamos, ya se habían ido los mariachis, la música, se había acabado el alcohol y en muchos casos nos tocó dedicarnos a limpiar los trastes y sacar borrachos…

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