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El regreso de Felipe Calderón Hinojosa

Milenio Semanal 2 de Octubre de 2000

La oficina de Felipe Calderón todavía está vacía. Se la dejó, tal cual, Carlos Medina Plascencia. Apenas unos libros sobre leyes, como debe ser. Por lo demás…casi nada.

El coordinador de la bancada panista en la Cámara de Diputados se ve diferente. El cambio está presente en todo él: en su sonrisa, más relajada, en su actitud. Un año fuera de México hace maravillas.
Mucho ha cambiado desde entonces. Parecería que regresa a una especie de cuento de hadas político, su partido, el que prácticamente nació porque su padre, Luis Calderón Vega, era historiador de ese instituto político, estará, en breve, en la Presidencia.

I. — Cuando te fuiste, decías que llegar a la presidencia del PAN había sido como el final de una fiesta descrita por Herman Hesse, pero en lugar de fiesta, te había tocado sacar a los borrachos. Que querías irte, porque eras como un programa de computadora con todas las ventanas abiertas y necesitabas cerrarlas. ¿Qué pasó?

— Pasó que me tomé un año que ha sido el mejor de mi vida, porque logré recuperar muchas cosas, a nivel personal y académico. Lo mejor es que volví a encontrar mucho sabor a la vida. No lo había perdido, pero… tomé el aire suficiente para ver que la vida, a final de cuentas, puede ser una fiesta.

— ¿Cuál es el cambio? ¿Qué redimensionaste del sabor de la vida?

— Por razones que desconozco recuperé la capacidad de reconocerme feliz. Usualmente la perdemos todos, especialmente los que estamos en política. Pasé unos días felices con mi esposa, con mi hija, conmigo, con mi bicicleta y mis juegos de futbol, mis libros, internet… Una sensación de reencontrar la felicidad de la vida y de vivirla en plenitud.

— ¿Cómo viste México desde fuera? Te fuiste en un momento tenso

— Lo vi con más calma. Cuando te metes a la política es un vértigo…Como ahora éste: el Congreso. Te hace ver las cosas más grandes. Desde allá las cosas se ven en una proporción más justa, más serena.

— ¿No sentías necesidad de saber qué estaba pasando acá?

— La distancia me hacía estar pegado a internet. Era paradójico: entraba a tantas páginas lo mismo de periódicos que de partidos y campañas, que tenía un cúmulo de información mucho más selecto y completo de lo que tenía acá. Estuve muy cercano. En los debates, por ejemplo, el primero Margarita y yo lo escuchamos pegados al teléfono…

— ¿Cómo por teléfono?

— Sí, tratamos de captarlo por todo: por la página de Fox, la del PAN, Radio Red… Fue un caos. A la mera hora todo se saturó y no se oyó nada. Le hablé a un amigo por teléfono y le dije: “Ponme el debate”. Hora y media en el auricular…

II. En Washington, Calderón convivió con un grupo de mexicanos que estudian allá
— ¿Y fuiste buen estudiante?

— Regular. El primer semestre sí estudié durísimo. Me fleté como en mis buenos tiempos, me metí a todas las clases que pude. Pero luego me cayó el veinte de la vida de otra manera. Le tomé más importancia a otras cosas: mi familia, la bicicleta.

— Releía entrevistas que diste en 1999. Entonces se hablaba de una mala relación entre Castillo Peraza y Fox. Se decía que Fox no era tu candidato, que tenías un as bajo la manga llamado Pancho Barrio. De ahí salto al artículo de Proceso que termina con “ya ganamos”. ¿Cómo fue este periodo de presunta mala relación a “ya ganamos”?

— Era una relación tensa en principio, pero luego todos fuimos cayendo en la cuenta de la necesidad de tener una relación constructiva. Cuando surgió Amigos de Fox, al principio la gente que tenía algún descontento con su comité local se iba a Amigos de Fox. Empezaba a ser la guerra de partido… pero la desactivamos. Estaba francamente convencido, o si tu quieres, pragmáticamente convencido de que necesitábamos un candidato como Fox para ganar. Lo veía aventado, audaz. También le faltaba al PAN un poco de eso. Diego movió al PAN para arriba. En el 97 ya no nos movimos. El liderazgo central de la campaña de 97 se atoró, nos atoramos… Necesitábamos a alguien que moviera el esquema. Un líder político que compitiera por las urnas. Traté, es cierto, de abrir el juego, de no colocar a Fox en una situación monopólica. No podíamos esperar a ver a qué hora aparecía alguien… Estaba Fox, que quería, tenía ganas y con qué. ¿Para qué darle la vuelta? Pero cuando era presidente tenía que decir “están Fox, Diego, Barrio” y hacía una lista. Cuando los de adentro no querían, pues equilibrabas con posibilidades de fuera que sinceramente creía factibles, como Krauze. Cuando termino la presidencia digo que el candidato debe ser Vicente.

— ¿Qué sentiste cuando escribías ese artículo que se publicó en Proceso después del 2 de julio? El que le dedicas a tu papá.

— Una emoción muy grande. Escribía pedazos, me paraba a abrazar a mis amigos, lloraba un poco, volvía a escribir… Lo acabé en la madrugada, cansado, y me fui a dormir plácidamente.

III. —Hace rato dijiste, sin embargo, que estabas “pragmáticamente convencido” de la candidatura de Fox. Eres un hombre que suele hablar de sentimientos. ¿Qué te decían tu corazón, tu hígado, tu estómago?

— Bueno yo no creo que… la vida es una combinación de intensidades. Emotivas, intelectivas, afectivas. Estaba convencido de que teníamos que ganar. Hay una parte de mí que es muy belicosa y guerrera y ésa se identificaba con el guerrero, en este caso Vicente. Hay otra parte de mí, la de moderación, prudencia, defensa del PAN. Pero aun dentro del argumento de “defensa del PAN” estaba ganando. El que nos ayudó a ganar fue Vicente. Pragma es realidad, no debe ser usado peyorativamente.

— Lo situaste de manera identificable: mi parte belicosa. ¿Cuántos Felipes hay en ti, además del “pequeño priista que todos llevamos dentro” una frase tuya?

— Pues no sé, nunca los he contado. En esencia espero que haya uno. Nada me dolería más que ser doble. Lo que más me mueve de una persona es su congruencia.

— Pero esto no tiene nada que ver con la congruencia. Son facetas, ¿no?

— Bueno, tengo muchas. Quién sabe… lo que ocurre en política es que siempre tienes que ir presentando alguna.

— Está tu parte belicosa. Supongo que también la familiar.

— Sí, muy fuerte.

IV. — ¿Cómo ves el reto?

— Muy duro.

— ¿Cómo lo vives? Despiertas en la mañana y dices: híjole, la agenda…

— También ésa es parte de mi bronca: que tengo que aprender a despertar en otra actitud. Te abruma: se te viene la agenda encima, de tantas cosas por hacer. La clave está en encontrar que en realidad vas caminando, que no cargas el mundo porque no eres Atlas, ¿no? Pero es un reto vivir estos momentos históricos. Es algo que todos hubiéramos querido vivir. Si me hubiera tocado escoger el momento y el lugar para vivir, diría que éste.

— Se maneja que puedes ser un muy viable candidato a la gubernatura de Michoacán.

— Será una cosa para valorarse en su momento. Ver en qué pueda servir más y ser más útil.

— ¿Pero quieres o no?

— De repente estás en un momento en que quieres todo. Y también es bueno. Por supuesto que me interesa Michoacán, pero también el Congreso y el reto del gobierno… y muchas cosas.

— ¿Y la presidencia algún día?

— También. Pero la clave es no obsesionarse. El haber aprendido que sin la política hay vida me ha tranquilizado mucho. Una de las cosas que le agradezco a Castillo Peraza es que en un cumpleaños me regaló un poema de Konstantino Kavafis, Regreso a Ítaca. Era secretario general y tenía 29, 30 años. Me quería comer el mundo a puños y algo me había frustrado internamente, algo que no pudimos hacer. Finalmente la vida es así, como el poema: la vida es un largo viaje. Lo importante no es Ítaca, sino los amaneceres que puedes ver, las playas inéditas o nunca vistas a las que puedes entrar, los perfumes voluptuosos y toda la sensualidad que puedas tener. Rogar que tu viaje sea largo… Si tengo que pasar por un puerto o por otro, no importa.