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Hay sectores en el país que hay que resetear: Josefina Vázquez Mota

Josefina Vázquez Mota está en la misma oficina en la que despachó Vicente Fox como presidente electo y donde le pidió ser su secretaria de Desarrollo Social. Es una de las dos casas que usa, ambas pertenecientes al abogado Enrique Burgos. La otra es la casa de campaña en la calle  de Sacramento donde Felipe Calderón –pese a no tener el apoyo de Fox, como ella no lo tuvo de Calderón en la precampaña—le ganó al entonces percibido como candidato oficial: Santiago Creel.

Ha cambiado mucho de 12 años para acá, cuando debutó en la política como diputada y a los meses, fue nombrada sin experiencia, secretaria de Desarrollo Social. Y me refiero a su seguridad. En nuestra primera entrevista aún contaba, desparpajada, cómo había sido un “drama” –esa palabra usó– en su familia cuando decidió trabajar y no sólo quedarse a cuidar a sus hijas en casa; también por su elección de casarse con Sergio Ocampo a quien conoció en la Vocacional del Politécnico y fue su único novio. Siguen casados y tienen tres hijas: Maria José, Celia María y Montserrat.

Ha desafiado lo que –por formación—se esperaba de ella, proceso difícil que está retratado en su bestseller “Dios mío, hazme viuda, por favor”. Viene de una familia conservadora y tradicional. La cuarta de siete hermanos. Su padre, Arnulfo, vendía pinturas; su madre, Josefina, fue un ama de casa determinante en la vida familiar.

Estudió Economía en la Universidad Iberoamericana. Ahí tuvo sus primeros contactos con gente de izquierda; profesores que se habían ido a la guerrilla. Simpatiza con la corriente de la Teología de la Liberación; admiradora de Oscar Arnulfo Romero.

–Sin jiribilla. ¿De qué manera ser ama de casa te ayudaría a gobernar un país?

–Hablando en serio, te da una sensibilidad diferente. La vida cotidiana no te permite perder el piso. Al ser mamá y la señora de la casa, todos los días regresas a la realidad. Estás al pendiente de todo y en contacto con tus hijos.

El otro día leía a una mujer política que decía: mi única desventaja frente a un político es que yo no tengo una esposa que me lo resuelva todo. Estuve de acuerdo.

–¿Gobernaría diferente una mujer?

–Quiero ser Presidenta no por ser mujer. Pero estoy segura que sí: todos los días te toca, desde tu casa, dirimir diferencias. Una mujer lee, escribe en su blackberry, oye radio, ve la televisión y está pensando en otra cosa…  Lo que le aporta una mujer a un estilo de gobernar es la posibilidad de la inclusión y de la comprensión en un sentido más amplio. Cuando tienes hijos, cada hijo es absolutamente diferente. Respetas que uno crea en una cosa, otro en otra, y construyes puntos de convivencia. Tenemos la capacidad de poner orden. Hemos demostrado el valor de enfrentar desafíos y fuerza de salir adelante solas o con acompañamiento limitado. También se nos exige más.

A un hombre difícilmente le calcularían el precio de su corbata, cuántos kilos pesa, o si va al psiquiatra. Nosotras siempre estamos en una vitrina; la mirada no es la misma. Tenemos que demostrar todos los días que sí somos capaces y que merecemos estar donde estamos.

–Hay una cultura machista en México de violencia de todos niveles hacia las mujeres, que se refleja incluso en las preguntas que te hacen.  La más dura que he escuchado: que cómo vas a manejar el ejército si tienes un cólico menstrual.

–Sí. O que te preguntan si tienes el valor para enfrentar al crimen.  Mi respuesta es que el valor no es una cuestión de género. Conozco hombres muy cobardes y muy valientes;  mujeres muy miedosas y muy valientes.

Cuenta que hace dos sábados tuvo un desayuno con más de 2 mil funcionarios públicos, entre ellos varios generales de división y almirantes retirados. Fue un momento muy emotivo cuando la aplaudieron tras decir: “Seré una digna comandante en jefe de las Fuerzas Armadas”.

–Serías la primera candidata mujer a la presidencia por el PAN y la primera que realmente tendría posibilidades de ganar, tras candidaturas importantes pero testimoniales como las de Patricia Mercado, Rosario Ibarrra, Cecilia Soto. ¿Qué sientes?

–Me siento emocionada, comprometida, con la fuerza y el valor. Me siento acompañada. Decidí vivir esta etapa de precampaña no solamente sin descanso, sino con la mejor actitud. Ya he vivido otras etapas en la vida de la política que han sido muy desafiantes y dolorosas…

Le pido que describa algunas de esas etapas con ejemplos. Audaz y desafiante dice que fue su paso de la SEP al Congreso; la decisión de públicamente aceptar que quería ser candidata y su paso por algunos desastres naturales, como cuando vivió en el cuartel militar de Tapachula, Chiapas. Acepta que fue temeraria al aceptar ser la encargada de la Sedesol, pero es más cuidadosa con las dolorosas.

–Cuando ha habido ingratitud. O soledad. Que finamente la soledad acompaña a la política—dice. Dolorosos cuando he perdido en estos 11 años amigos como Cecilia Loria y Germán Dehesa. Hubo momentos de tristeza, desilusión y dolor, pero decidí que si quería seguir aquí (en la política) sería sin cargarlos. Me siento muy libre.

–¿Te ha dolido el no apoyo del Presidente?

Antes de responder respira profundo: “Pues mira… mi relación con el Presidente se ha mantenido, con diálogo, cercanía. Con Margarita también. He aprendido que tenía que hacerlo yo, con mi equipo, a mi manera, con el esfuerzo de quienes me están acompañando.

–¿Ha sido un acicate, incluso?

–Por supuesto. Porque no estás esperando nada. Sabes que lo que quieres lo tienes que construir.

–¿Qué harías diferente a los gobiernos panistas?

–Primero construiría sobre lo que los gobiernos han hecho….

–¡Tu siempre políticamente correcta! Los periodistas tenemos que escuchar tres veces lo que dices y ni así nos queda claro.

Se ríe y contesta:

— Acepto la crítica. Pero así es. El gobierno del PAN nos ha dado estabilidad. ¿Qué haría diferente? Fortalecer el mercado interno. Frente a un entorno económico internacional incierto, apostar por el talento de los mexicanos.

Seré aliada de la vivienda. La vivienda es también una apuesta de gobernabilidad y paz social. Como la cultura. Propondré una materia de Educación para la paz. Una presidenta del turismo. De la minería, la infraestructura. Lograr mercados con mayor competencia: los más pobres compran en mercados de baja competencia.

–¿Incluye medios, terceras cadenas, telecomunicación?

–Tenemos que abrir y no con dedicatorias. En el país tenemos al menos 3 grandes retos. Uno es despersonalizar las instituciones y mira que te lo digo después de encabezar 2 secretarias. No pude ser que ciertos personajes sean más importantes que las instituciones.

–¿Cómo Elba Esther Gordillo?

—¡Y como muchos otros! Eso hace que México no pueda jugar en grandes ligas. Estamos sujetos a intereses, que pueden ser legítimos. O a caprichos. Es necesario que todos seamos iguales ante la ley. Necesitamos reglas claras; a lo mejor no les gusta a todos, pero es peor no tenerlas. Y un gobierno que tenga la fuerza de cumplirlas.

El otro día me decía una joven: ‘En muchos aspectos hay que resetear a México’. Me parece una expresión muy sabía, sí. Hay sectores que hay que resetear.

–Al interior de tu partido, a todos los que no se la jugaron contigo, ¿qué les dices?

–Bienvenidos. Necesitamos de la inteligencia, talento, trayectoria y fuerza de absolutamente todos los panistas. Para mi cada día es un día que vuelve a amanecer. Ya amaneció otra vez y estoy esperando a todos.

El lado íntimo de PEÑA NIETO

Enrique Peña Nieto (derecha) con su padre Enrique Peña del Mazo; su madre María del Socorro Nieto Sánchez y sus hermanos Verónica y Arturo
Niñez. El ex-gobernador mexiquense (izq.) su hermano y su papa.

En su cuartel privado en una casa de Las Lomas, cerca de donde vive con Angélica Rivera y sus 6 hijos, Enrique Peña Nieto se acomoda el micrófono con cuidado para comenzar a grabar la entrevista.

–Batallo porque sé que tengo que hablar así (cerca del micrófono) para que quede registro, constancia ¡hasta de los suspiros! ¡Hasta de los latidos del corazón!—dice sonriente, en tono de ligera burla, pero me parece que también disfrutando su evidente notoriedad.

Es el indudable puntero. Todas las encuestas lo dicen y él lo sabe. A eso atribuye, dice, algunas “leyendas” –como las califica– que se tejen en torno a él. Como que es el títere de Carlos Salinas u otros personajes tras él. Que no sabe hablar en público sin guión. Que es el candidato de Televisa. O que tuvo algo que ver con la muerte de su esposa, Mónica Pretelini, como lo dijo en la Cámara de diputados, en plena tribuna, la diputada panista  María Elena Pérez de Tejada .

De todo eso hablamos y más. También de su relación con Arturo Montiel a quien le “recrimina” haberse desaparecido. Y de los dos hijos que tuvo fuera de su primer matrimonio.

Cuando terminó su carrera, y tras perder la primera oportunidad de ser diputado, fue invitado por el entonces secretario de Desarrollo Económico a ser su secretario particular. Su nombre: Arturo Montiel. Como tratando de desmarcarse, precisa que sólo trabajó en ese momento 8 meses para él. Montiel se fue a la campaña de Zedillo y él se quedó a trabajar con Juan Guerra.

Claro, más tarde sería jefe de la bancada de los diputados en el periodo montielista y luego su subsecretario de Gobierno y secretario de Administración antes de convertirse en su sucesor. Muchos años atrás, en su tesis de licenciatura hay la siguiente dedicatoria a él: “Por su ejemplo de tenacidad y trabajo”.

–¿Es tu tío o no?

–No lo es. Cuando empiezan estos señalamientos, el primero en ocuparse en saber qué relación hay fui yo. Yo le pregunté a él mismo. Me dijo: ‘Que yo sepa no, dice la tía no se qué… que no sé en qué grado, tu abuelo, creo que tenía un parentesco’. Pero nadie se acuerda. La relación era más bien de familias. Atlacomulco es un pueblo pequeño y mi padre tenía buena relación con quien era jefe de Montiel: Arturo Monroy, quien ya murió.

–Pero además, Montiel le salvó la vida a tu papá. Eso dice Montiel.

–Es correcto. Me lo han platicado, yo ni nacía. Mi papá, una semana antes de casarse, se volteó viniendo a México a dejar un doctor que había atendido a una tía en Atlacomulco. Se come unas tortas, le da sueño y se cae. Casualmente pasaba el Lic. Montiel, lo auxilia, lo conoce, evidentemente. Tanto como salvarle la vida, no sé. Ocho días después se casó mi papá, no sé qué tan grave haya estado. Era 1965.

–¿Te preocupa algo de las cosas no resultas de Montiel? ¿De la amenaza, ahora, de Maude Versini?

–A ver… el tema (de sus propiedades y presunto enriquecimiento ilícito) se volvió un tema de escándalo. Creo que tiene que ver con el juego que estaba entonces por la candidatura a la Presidencia del partido. Me parece que él estuvo ausente para dar personalmente respuestas públicamente de todos los señalamientos de los que era objeto. Yo siempre recriminé que había estado ausente, parecía que se hubiera guardado y parece que quien calla, otorga.

–Te dejó el paquete a ti.

Asiente levemente antes de contestar:

–Cuando yo llegué al gobierno, no me quedaba más que hacer una investigación. Buscaba proyectar credibilidad en lo que estaba haciendo, pero no era fácil. De ahí que decidí además de crear la fiscalía especial, compartir los elementos que tenia con la PGR; la secretaría de Hacienda hizo varios señalamientos no sé porqué motivos, pero hubo también toda una investigación. Resultó en dos temas: la valoración del gobierno del Estado donde no tuvo a su alcance elementos para proceder a alguna acción de la procuraduría del Estado y la misma conclusión a la que llegó la PGR en un juicio muy prolongado.

Sobre lo que está hoy en día (la acusación de la exesposa de Montiel, Maude Versini de revelar cosas si no le devuelve a sus hijos) está en el ámbito de lo personal. Sólo deseo que quienes son protagonistas de esta diferencia lo resuelvan en este ámbito.

–Pero no estás tapando a nadie. No hay un esqueleto en el clóset.

–Es correcto.

 

Mónica, su muerte; sus hijos y nueva familia

Conoció a Mónica Pretelini en la campaña de Emilio Chuayfett un día en el Mesón del Caballo Bayo en 1993. Se casaron en 1994.

–¿Cómo fue su matrimonio?

–Un buen matrimonio con sus altas y sus bajas. Con sus momentos difíciles y también muy alegres. Eh, sin duda la mayor alegría de nuestra relación fueron nuestros hijos. Mónica fue una gran mujer, una buena mujer, más allá de las

eventuales diferencias que pudimos haber tenido en lo personal, una mujer dedicada a su familia, a sus hijos y a su marido.

–¿Te puedo preguntar en qué consisten estas bajas? ¿Tuvo que ver algo con tu llegada al poder?

–No, mucho antes de eso. Quizá en el sexto o séptimo año hubo momentos difíciles, de crisis. Es justamente en uno de esos momentos en los que yo, indebidamente, acuso que no es lo más correcto y lo propio, no es una excusa ni una salida fácil  decir ‘por razón de una crisis, entonces yo tengo una relación’. Pero así me ocurrió. Tuve otra relación, de la que hubo un hijo. Ya como gobernador yo le platiqué el tema. Mónica conoció muy bien el asunto, lo que había ocurrido fuera del matrimonio. Cuando lo toco no fue fácil, hizo crisis y luego nos generó yo creo que también un momento de reencuentro y por eso puedo decir que al menos estaba estable al momento en que lamentablemente pierde la vida mi señora

–Tú te haces cargo de este hijo (quien tiene 7 años)

–Su mamá es la que se hace cargo, está al cuidado y pendiente de él. Me he ocupado desde que nació que tenga lo necesario para su crecimiento. Tengo momentos mínimos de cercanía con él, no son muchos, debo confesarlo. Lo procuro en algunas ocasiones, en momentos especiales, hablo con él telefónicamente pero realmente él está más en el cuidado y atención de su mamá. Yo estoy en el cuidado de mis otros hijos. Tampoco fue un tema fácil cuando lo compartí con mis hijos, que lo saben, el pues…. la existencia de otro hermano y otro hijo.

–Y hubo otro que murió.

–Es cierto. Esteee, dentro de esa etapa, de esos momentos de la relación matrimonial, hubo otra relación donde hubo un niño que lamentablemente al año se le presentó un problema de salud. Le detectaron un tumor maligno y perdió la vida al año de haber nacido.

No me resulta fácil hablar de este tema y además te diría que no serán muchas las veces que quiera hablar del tema. Más por el respeto a la privacidad del niño y de su mamá; tienen derecho a esta privacidad y yo a contribuir a que la tengan. Quiero que se respete ese espacio.

–Sobre Mónica. Tengo que hacerte una pregunta mmm, como ojete. Ha habido toda esta duda creada por un traspiés, en tu entrevista con Jorge Ramos y luego que una diputada acusara, sin citar prueba alguna, que había un rumor de que tú la había matado, ¿qué dices?

— Me parece algo impensable, abominable, que alguien se atreva a hacer una afirmación de esa naturaleza. Me parece verdaderamente deleznable que alguien se atreva a hacer una afirmación tal sólo por un interés político. El hecho que yo hubiese tenido un lapsus sobre la enfermedad que padecía mi

esposa, de ninguna manera me puede hacer a mí responsable o que yo haya provocado que ella tuviera algún problema. Era un problema de salud que a ella se le había presentado en los últimos años. Está además claramente registrado y acreditado ante el médico que la atendía.

No hay forma de que tú sustituyas la presencia de una madre entre los hijos. Y si me dijeras cuál es la ausencia que más se resiente en los hijos es, sin duda, y por mucho la de una madre, que la de un padre, ¡digo! nunca deseable ni una ni otra.

Mis hijos se han sentido agraviados, agredidos por estos señalamientos que hacen de su padre muy a la ligera porque son, auténticamente, afirmaciones ligeras y vanas con un propósito político que alguien se atreva a afirmar que yo haya tenido que ver algo en la muerte de mi esposa.

–Fue un hecho público.

–Fue una mujer, una diputada, no tengo más calificativos. Desearía que nunca en su vida le pase algo así, algo en lo personal, ante lo que se atrevió a hacer: un señalamiento que ella bien sabe, no tiene el más mínimo sustento.

–Ahora tienes una familia reconstruida, una familia moderna, me parece.

–Es una familia que se integra con dos familias. Estoy muy contento. Tengo una espléndida y maravillosa relación con mi esposa. El proceso de integración de los hijos ha pasado por todo. No es que resbale sobre mantequilla… es un proceso que tiene altas, bajas, los celos naturales de los hijos sobre sus padres. Mi esposa me ayuda ahora en esta tarea de orientar a mis hijos. El lugar de la madre es insustituible, pero, en su ausencia, hay el ánimo de ayudar de quien es mi esposa hoy. También están cerca la hermana de Mónica y su padre.

 

 ‘Que digan misa’

Le digo que hay señales para pensar que es una persona muy religiosa y las cito: su paso por escuelas de monjas y padres; que su padre iba a misa muy seguido; su decisión de estudiar en la UP y luego de darle el anillo de compromiso, mientras rezaban, a su actual esposa en plena Basílica de San Pedro, en El Vaticano. Él asegura que no.

–Si lo que quieres decir por muy religioso es de posiciones fundamentalistas dentro de la Iglesia Católica, no. Vivo mi religión de manera muy íntima. El Estado tiene que garantizar la condición laica, que no quiere decir antirreligiosa. Hay quien piensa que un estado laico es antirreligioso. Yo creo que un estado laico es el que favorece a que cada quien exprese libremente si quiere profesar una religión y si no la quiere profesar también.

Si me dices: ¿Haces oración? Sí. ¿Te encomiendas a Dios? Sí. ¿Rezas? Sí.

–¿Y a quién te encomiendas?

— Tengo devoción particular es la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, porque en una Iglesia que está en mi pueblo, en una pequeña capilla dedicada a él, hice mi primera comunión; y la Virgen de Guadalupe.

–¿Cuándo fue la última vez que te encomendaste?

–Todos los días. Al salir de mi casa y en la noche.

–Algunas preguntas sobre lo que se dice de ti. A raíz del incidente en la FIL, Carlos Fuentes dice que no estás preparado para ser Presidente. Que eres un “personaje pequeño”.

–Soy muy respetuoso de las opiniones que el Sr. Fuentes y otros puedan tener. No soy monedita de oro para caerle bien a todos. Mi formación como gobernador del Estado de México me da elementos de formación política para encarar responsabilidades mayores. Creo que nadie estudia y se prepara para ser presidente, más bien es lo que abrevas en otras etapas de formación lo que  puedes poner al servicio de esta importante responsabilidad. Creo tener el empaque, la formación, lo necesario y más allá de eso para servir desde esta alta responsabilidad.

–Otra. Que tú eres un títere de otros grandes personajes, como Carlos Salinas. ¿Qué dirías?

— Con él y con otros expresidentes tengo una relación cordial y muy respetuosa. Ehhh, me parece, con toda honestidad señalamientos fuera de lógica alguna.

–Que eres el candidato de Televisa.

–Con todos los medios he construido una relación. Gobernar obliga a tener una adecuada comunicación con tus gobernados y eso sólo lo haces a través de los medios. Aspiro a ser el candidato de los mexicanos. Y si en eso me acompaña Televisa, Azteca, Imagen y todas las televisoras.¡bienvenidas! No les voy a decir que no, ¿eh? Que eso ha sido leído por algunos como una relación ahí, este, tortuosa… bueno, ¡pues que digan misa!

–Pero no vas a que te tiren línea en la oficina de Bernardo Gómez.

–Por supuesto que no. ¿Tú lo imaginas? Ha hecho de eso una leyenda y una manera de descalificar. La relación que guardo hoy con los medios es la misma que López Obrador construyó con todas las empresas y medios en su momento cuando fue jefe de gobierno; la que los prospectos de Acción Nacional, supongo, tienen. Eso de ninguna manera supone que tú estés siendo sujeto o rehén de las presiones de estos medios.

–Que eres un hombre que siempre ensayas todo y no puedes improvisar ni salirte del script.

–Pues eso dicen. ¿Tú crees que en seis años de gobernador….?—deja sin completar la respuesta y continua. Es evidente que quien va adelante en las encuestas, en esta competencia, es sujeto y objeto de ataques y

descalificaciones y de la construcción de 20 mil leyendas. Hay una buena frase, no sé si idéntica, habría que revisarla. Decía Oscar Wilde que no hay nada más grave o peor o critico que hablen mal de uno, pero es todavía peor que no hablen.

De lo que han dicho, pues algo de cierto habrá, algo de mentira, algo de ficción, algo de leyenda. Al final de cuentas creo que la campaña dará la oportunidad, en el recorrido que haga por el país, de poder mostrarme como soy, de que la sociedad me conozca.

Margarita Zavala: La clave es no tenerle miedo a la discapacidad

Margarita Zavala se ríe ante mi insistencia. Pero no quito el dedo del renglón: quiero saber cuál será el segundo paso que la administración de su esposo, Felipe Calderón, dará en pro de la integración de las personas con discapacidad. Cuándo será. Que ponga fecha.

Esta semana, en Los Pinos, se presentó el resultado de las cuatro mesas regionales de trabajo que el DIF, bajo su dirección, organizó —en Campeche, Nuevo León, Colima y Zacatecas— con personas con discapacidad y organizaciones que trabajan con ellos.

Ella dice que fue a todas ellas “sólo a escuchar”. Las propuestas fueron sistematizadas y presentadas impresas en un folleto del DIF con 41 páginas. Son 192 en todos los ámbitos: legislación y derechos, desarrollo social y familiar, desarrollo económico, salud, rehabilitación, asistencia y seguridad social, accesibilidad, y la de reflexión hacia la construcción de una nueva cultura de integración hacia personas con discapacidad y sus familias.

“Mi compromiso, si lo quieres escuchar, es seguir adelante. Ver en lo que pueda ayudar para impulsar una estrategia nacional para personas con discapacidad. Sí me comprometo a no soltar el tema y trabajar en que haya desde el DIF también un impulso hacia una política pública mucho más fuerte”.

Insisto. Cuándo.

“Yo espero que sea en los primeros meses de 2009. Estoy segura porque conocí al Presidente (ya) comprometido con este tema; siempre lo vi trabajar en esto. Aunque mediáticamente aparece en otros temas también relevantes, no le resta importancia”.

Una “estrategia nacional”, lo sabe, debe estar “a tiempo” para que pueda ser aplicada en este sexenio. Confía en que no requiere de mucho tiempo para hacerse después de las jornadas de reflexión:

“Muchas cosas sólo hay que trabajar a quién le toca qué. Quién asume qué y hasta dónde puede asumirlas. También es muy importante no prometer que todo se va a solucionar. Aquí nadie le pide a uno que le mientan”.

“También hay que integrar los esfuerzos que se han hecho. Infonavit ya tiene planos de vivienda (adaptada), por ejemplo. Falta empujar y coordinar, no por fuerza firmar, pero sí un compromiso claro: Salud va a estar por aquí; Educación por aquí y un esfuerzo de todos los gobernadores. Independientemente de que los partidos políticos tienen un trabajo fuerte”.

Zavala, abogada, comprende perfectamente que se debe ver a una persona con discapacidad como alguien sujeto de derechos humanos. Y no desde un punto de vista meramente asistencialista o médico, que contemple la rehabilitación y punto. Pero también insiste en que, para lograrlo, nadie puede solo. Insiste en que hay que tener cuidado en que no se vea a la rehabilitación como último paso.

“Si no va acompañada de inclusión, integración, derechos humanos, desarrollo económico y social, pierde en gran parte su sentido la rehabilitación. Son temas que han salido en la medida que a este país lo vamos cambiando y qué bueno, como la integración laboral. Es decir: si ya hemos creado habilidades, se mueven solos, bueno… ¿por qué no están trabajando?”.

Está consciente de que esto se puede dar sólo a través de políticas publicas interinstitucionales y transversales. Es partidaria de que la atención a las personas con discapacidad sobrepase el DIF y la Secretaría de Salud.

Nadie, dice en una metáfora, puede “soltar” la estafeta. Es optimista en que cada día hay más gobiernos de todos los niveles partidarios de la integración. Se dice segura de que son al menos 10% de la población. En este sentido, el DIF ya trabaja con el INEG para tener cifras confiables para el censo de 2010.

“Tener una cifra de 1.8% (de la población con discapacidad) es como no tenerla. Ni siquiera la decimos. Todos partimos de arriba de 10 millones. Tiene que darse, de manera natural, en el censo. También es importante trabajar con información. El encuestador también tiene que saber qué es una persona con discapacidad. Y culturalmente hay que dar pasos para cada vez sentirnos sin ningún problema de decir: sí tengo una discapacidad, o tengo un hijo que la tiene. Porque si eso es sujeto de marginación suelen contestar que no: no tengo ninguna discapacidad”.

Sentada en un sillón de su oficina, destaca que ha visto las cosas avanzar. Que valora mucho el compromiso de las ONG que están en el tema e incluso de mamás de hijos con discapacidad ya grandes que ahora sólo buscan ayudar a nuevas madres y padres.

Sabe que hay muchas barreras que hay que quitar. Primero, las estructurales y arquitectónicas. Pero también están las invisibles: la discriminación histórica, por ejemplo, fruto de una cultura que hay que cambiar.

Ella lo pone en práctica con sus hijos: María, Luis Felipe y Juan Pablo. Los lleva a talleres con niños con discapacidad; a visitar niños con sida. Ayuda mucho el hecho de que la escuela a la que van se prepara para la integración de niños con discapacidad y que tienen amigos con hermanos que la tienen.

“El lenguaje ayuda más a la inclusión de lo que nos imaginamos. Yo me fijo en ello como en sus preguntas. ‘¿Está enfermo?’… ‘No, tiene una discapacidad’. A una persona en silla de ruedas les digo: ‘Saluda a fulanito. ¡Punto!’.

Zavala dice que ella quiere meterse al tema de la prevención en bebés y mujeres embarazadas. Darle información a las madres de desarrollo infantil para que detecten problemas a tiempo y los trabajen. También que sepan que pueden exigirle al doctor que investigue qué tiene su hijo.

También en prevención en mujeres embarazadas. Hay cosas que se pueden detectar antes de nacer.

Le pregunto cómo manejará, con mayor prevención, el derecho por ley que tienen las mujeres a abortar si hay alguna malformación, o desperfecto genético, por ejemplo. Las cifras en este sentido crecen a nivel internacional.

“Muchas veces es un asunto de información y de no sentirse sola frente a una discapacidad. En la medida en que sintamos que son personas que tienen y tendrán los mismos derechos, que hay una sociedad que los recibe y un Estado que les pone las condiciones, siempre será mucho más sencillo para una mamá tenerlo, trabajar con él. Para la familia, también”.

Anochece. Se va a otro compromiso, pero al día siguiente habla por teléfono. Dice que se quedó pensando en el tema y que quiere reiterar una conclusión global: “Creo que la clave es que tenemos que aprender a no tenerle miedo a la discapacidad”.

La Familia de ‘Alvarito’ (el piloto del avión en el que falleció Juan Camilo Mouriño)

Un pequeño jardín-cochera precede la puerta


HORAS DE VUELO. Sánchez y Jiménez ya planeaba su jubilación (Foto: EL UNIVERSAL)

“En el caso de que haya sido tan así como dicen, yo no creo que sea realmente una culpa que ellos hicieron. No se le hubiera pasado a Álvaro, él era perfeccionista. Que hay un factor ahí extraño, pues sí, debe de haberlo. No sé cuál es”

Un pequeño jardín-cochera precede la puerta. El primero en salir al sonar el timbre en esta casa de clase media alta es un perro chihuahueño que —paradójicamente— se llama Titán.

Tras él, en la casa ubicada en Naucalpan, estado de México, está Isabel Campos Cué, la viuda del piloto Álvaro Sánchez y Jiménez, quien era el copiloto del Learjet 45 que, al estrellarse el pasado 4 de noviembre en las Lomas, mató a todos los que estaban a abordo y a seis personas más en tierra.

Han pensando mucho antes de dar una entrevista. Lo consultaron en familia: la madre, Isabel, y las dos hijas, Sara Elisa y Liliana Noemí. Sareli y Noemí, en corto. Quieren, al menos, dar su versión ahora que la supuesta impericia de los pilotos del avión en la que viajaba el secretario de Gobernación ha sido tan cuestionada.

Dar testimonio, como su familia, de la vida que llevaba este hombre con al menos 11 mil 809 horas de vuelo, 35 años de experiencia y que voló para tantos personajes importantes, lo mismo Vicente Fox en su campaña que Luis Miguel…

Alvarito, como muchos le decían, también voló para Manlio Fabio Beltrones (que le mandó a su casa cajas de carne de agradecimiento cuando era gobernador de Sonora), para la cantante Shakira y para Lucero y Mijares recién casados en su luna de miel. Les descorchó una botella de champán al aire que le dio, después, a su esposa. O a Thalía. A Julio César Chávez…

También para la PGR, recuerda su esposa. Vuelos que contenían decomisos de droga.

Trabajo que —aunque bien pagado— desechó y prefirió no hacer por “riesgoso”. Prefirió capacitar a los pilotos que lo harían.

La lista es larga. También fue el piloto preferido del codueño de Taesa, Miguel Abed. El que volaba para su familia a San Diego. Y el que llevaba, como piloto de Banrural que fue durante casi 15 años, cada fin de semana al secretario particular de José López Portillo, Enrique Velasco Ibarra, a su rancho en Veracruz.

El hombre que le decía siempre a su esposa:

“Mira, hay unos pilotos que hacen cosas así, maravillosas… y habemos otros pilotos que siempre vamos y regresamos. No hay que hacer cosas heroicas, sólo hay que llevar las cosas bien”.

Estamos sentadas en la sala de la casa. La fotografía del capitán en uno de los sillones con la bandera nacional.

A Álvaro Sánchez y Jiménez no le fue fácil ser piloto, recuerda su esposa, quien lo conoció cuando tenía 12 años, fue su novia desde los 15 años. No tenía padres ricos y para ser piloto se requiere una fuerte inversión, por lo que primero fue técnico de mantenimiento de aviones. Trabajaba en eso en la noche para pagarse su carrera de piloto durante el día.

“Yo lo apoyé para que fuera piloto. No me arrepiento”, dice Isabel. “Un día llegó y me dijo: ‘No puedo ser piloto porque no veo bien’. Tenía miopía o algo, poquito, pero en ese entonces, tener anteojos era olvídalo. Estaba destrozado. Y le dije: ‘Lo que tú quieras ser en la vida lo vas a ser, ya verás que sí”.

Fue juntando sus horas de vuelo poco a poco, con ahorros de la familia. Eligió ser piloto privado también porque era una forma más fácil de ascender que en una aerolínea. Y ya tenían familia.

Comenzó a trabajar para Gobernación apenas en julio de este año y estaba contento. A sus 58 años ya planeaba su jubilación. Los vuelos que hacía estaban espaciados y así tenía tiempo para estar con su familia, sobre todo con Joshua Aarón, su nieto de dos años, quien tiene una lesión cerebral.

Desde que nació Joshua, la dinámica de la familia se trastocó. Su hija Sareli se vino a vivir a México este año de Playa del Carmen por las terapias y los doctores. Él pasaba más tiempo en la casa familiar en Lomas Verdes, de donde salió el martes 4 de noviembre; su familia —porque es una casa más calientita— estaba en la de la familia de su esposa en Satélite. La última vez que lo vieron fue el domingo anterior… aunque se hablaban por teléfono.

La hija mayor recuerda que su padre le dijo que saldría en un vuelo cerca de las 10 de la mañana. Que esperaba llegar temprano y pasar a verlas. No llegó.

Tras el accidente han decidido casi no escuchar noticias. Sólo lo indispensable. Escucharon la lectura de la transcripción de la caja negra y están seguras de que su esposo, su padre, luchó hasta el último momento por recuperar el control de la nave y, ya que vio que morirían, por hacer el menor daño posible. También que sus últimos pensamientos fueron para ellas. Que el “Diosito” de la grabación, la última palabra que se escucha, era típico de él, fiel seguidor de El señor de los milagros, que siempre tenía en la cartera.

“Mi papá siempre lo decía”, recuerda Sareli. “Si alguna vez tengo que hacer un aterrizaje forzoso busco un campito, un claro. Me llevaré árboles, pero no personas”.

Noemí —a quien le tocó reconocer los restos de su padre— concuerda.

“Pensamos mucho en que se debe haber ido jalando. Que el avión iba en 46 grados y luego en 42. Sé que en las grabaciones se escucha que realiza un esfuerzo. Ha de haber jalado el mando y se ha de haber ido un poco consciente de lo que estaba pasando. Sé que se fue haciendo todo lo posible… Ese momento es tan duro como la identificación de mi papá. Había una parte reconocible de su cara y tenía puesta la diadema como diciendo ‘mira, aquí estoy, el último… y soy el piloto porque tengo mi diadema’”.

Lo único que quieren precisar de la grabación es que él no era malhablado.

“No fue lo máximo lo que escuchamos que dijo en la cabina, pero… ¿qué habrán visto sus ojos para que dijera algo así?”.

Dolidas, todas están seguras de que fue un accidente. Su esposa asegura que era perfeccionista en todo, que nada se le pasaba por alto. No se les hace extraño que él fuera copiloto teniendo más horas de vuelo por su naturaleza.

“Por lo mismo que a él le dio trabajo avanzar, no era envidioso”, dice su esposa. “Yo pienso que mucho debe ser que él quería ayudar a este muchacho dándole confianza y experiencia. Yo creo que es algo que no se han puesto a pensar los demás. Esto a él no le parecía mal. No se sentía mal de ‘cómo va a ser éste el capitán’. No, que sea, que juegue a ser el capitán y yo lo voy cuidando. En el caso de que haya sido tan así como dicen, yo no creo que sea realmente una culpa que ellos hicieron. No se le hubiera pasado a Álvaro, él era perfeccionista. Que hay un factor ahí extraño, pues sí, debe de haberlo. No sé cuál es”.

Era un hombre sano, que cuando estaba en casa salía a caminar por horas. No tomaba ni fumaba. Pintaba y hacía caricaturas. También tocaba la guitarra y cantaba rocanrol. Tenía con unos amigos un grupo llamado los Ruckorockers, y habían grabado al menos cinco discos amateur.

“Había comprado muchos modelos de aviones para armar. Que los iba a hacer cuando se jubilara”, recuerda Isabel. “Tenemos un clóset lleno, de dos pisos. Y muchas guitarras. Eso nos queda y el haber compartido la vida con un hombre muy lindo. Que me quiso mucho, mucho. Tal vez más de lo que me merecía”.

Noemí termina: “Lo vamos a necesitar y extrañar toda la vida. Uno no se recupera de esto, pero la vida tiene que continuar. Tenemos este chiquito aquí que nos tiene que sacar…”, dice viendo a Joshua quien está en brazos de su hermana. “Para mí no fue un atentado. Por mi propia paz mental prefiero ni siquiera pensarlo, viviría con rabia toda mi vida. Contra quién te vas, cómo haces qué… Los accidentes pasan, con tantas horas de vuelo, suceden…”.

EL PERFIL

II Tenía 58 años de edad y 35 de experiencia como piloto, 11 mil 809 horas de vuelo

II Esposo de Isabel Campos Cué y padre de Sara Elisa y Liliana Noemí

II Voló para artistas y políticos

Algunas lecciones desde Colombia (entrevista con Olga Lucía Gómez, directora de la Fundación País Libre)

Algunas lecciones desde Colombia

Olga Lucía Gómez, directora de la Fundación País Libre (PL), recuerda cuando Pablo Escobar Gaviria comenzó a poner coches-bomba en Colombia.

“El poder de la ciudadanía es algo que hay que construir. Es una forma de canalizar el hastío y el repudio de vejámenes como el secuestro”

Olga Lucía Gómez, directora de la Fundación País Libre (PL), recuerda cuando Pablo Escobar Gaviria comenzó a poner coches-bomba en Colombia. Era, junto con el secuestro que afectaba a todos los grupos sociales, una forma de responder a la presión del gobierno que amenazaba con la extradición a Estados Unidos. Cuando el famoso narco, quien incluso fue diputado, dijo: “Preferimos una tumba en Colombia que una celda en Estados Unidos”.

Hablamos por teléfono. Olga Lucía tiene claro por qué, en su país al menos, tanto los narcotraficantes como los grupos armados (que allá son ideológicos, guerrillas de izquierda como las FARC y el ELN, o de derecha, como grupos paramilitares) llegaron al extremo de cometer actos terroristas.

“Es un toma y dame: es someter a presión al Estado porque se sienten presionados. No es que estén asustados. ¡Nada! Es una contienda, es una pelea”.

Gómez, directora de esta fundación creada hace 17 años para luchar contra los secuestros, hace muchas otras cosas más: apoya a las víctimas, crea campañas en medios, coadyuva a la creación de políticas públicas y al análisis científico del fenómeno del secuestro y también el de la desaparición forzada. Calculan que en los últimos 12 años se han dado 25 mil secuestros.

Siguen haciendo marchas. La más grande fue en 1999 (en ese año se denunciaron 4 mil secuestros): 12 millones de colombianos salieron a la calle, casi uno de cada cuatro habitantes del país.

“El poder de la ciudadanía es algo que hay que construir, movilizar, organizar, engatillar. Es una forma de canalizar el hastío, el repudio y la atrocidad de vejámenes como el secuestro. Es muy importante para un ciudadano común y corriente. Se siente parte de un país”.

Son muchos los logros de PL. En 1993, lograron que se promulgara la ley 40, la primera de iniciativa popular al recaudar más de un millón de firmas y que endureció las penas contra los secuestradores.

“En ese tiempo pensábamos que endurecer las penas era la vía. Pero la evolución de los últimos años nos ha mostrado que si no tenemos un sistema judicial fuerte que aplique la norma, nada ganamos con penas fuertes. No pasa nada”.

La ley 40 también fue revisada por la Corte, quien echó por tierra varios artículos. Como el de congelar los bienes de las víctimas para que no pagaran rescate a los secuestradores.

“La Corte invocó que la vida del secuestrado vale más que los bienes de las familias. Si el gobierno no tiene la capacidad de rescatar o hacer algo por la víctima, a la familia le toca pagar”.

En 2004, fue la primera ONG en levantar una denuncia contra el Estado colombiano ante la Corte Penal Internacional por su ineficacia para juzgar a los integrantes de las cúpulas de las organizaciones armadas.

Y ha seguido ayudando a crear otras leyes que protegen a las víctimas de secuestro: el acuerdo 124 o la ley 986, que protegen el patrimonio de los secuestrados y sus familias. Obliga a que el Estado pague los salarios de los secuestrados mientras están retenidos, bequen a sus hijos y no paguen impuestos.

Es interesante saber que País Libre es una fundación creada por el que ahora es el vicepresidente de Colombia, Francisco Santos. Él, cuando era editor jefe del diario El Tiempo, fue secuestrado durante ocho meses por Los extraditables. No es el único destacado integrante del gobierno colombiano que pasó por un trance así: el padre del presidente Álvaro Uribe fue secuestrado y asesinado por las FARC.

A vuelo de pájaro Olga Lucía comenta algunos de los aprendizajes dolorosos que han tenido en los últimos años con el fin de compartirlos con México. Primero, precisa una gran diferencia:

“En México no tienen grupos armados ‘políticos’: guerrillas y paramilitares. En Colombia tenemos un conflicto armado e ideologizado. Allá es puro negocio, mero business, y un tema criminal fuerte con el agravante, según entiendo, de que la corrupción del Estado vuelve mucho más vulnerables a los ciudadanos. Cuando una organización criminal logra infiltrase en las esferas del Estado, es un reto muy grande”.

Destaca la importancia de denunciar a los delincuentes y de que cada actor cumpla su papel y no traslapen límites. Se refiere en particular a no crear grupos de autodefensa social o brigadas blancas: costosos grupos de seguridad privados que defiendan a la sociedad pudiente. Cuando eso sucedió allá, más tarde esos mismos “grupos de autodefensa” se volvieron paramilitares. Y terminó en otra confrontación igualmente complicada.

Además de la denuncia, la sociedad civil organizada tiene que hacer programas de prevención sin armarse. Hacer estudios sobre dónde, cómo y cuándo se secuestra. Hacer mapas de riesgo. También saber cuáles son las causas del secuestro e incidir en ellas.

“En Colombia vimos que uno de los principales problemas de por qué el secuestro estaba así era la impunidad. A la gente la secuestran, paga y no pasaba nada. Los secuestradores seguían libres. El mensaje es que era un negocio rentabilísimo y se duplicó”.

Otra parte es buscar que el gobierno se “purgue” a sí mismo: “El narco es un negociazo y permea todo”. Lo dice ella, colombiana, de un país que investigó a uno de sus presidentes porque se comprobó que dinero de la droga estuvo en su campaña. Ernesto Samper se salvó de caer porque aseguró que no estaba enterado…

Otro paso es exigir que los sistemas del Estado trabajen de manera coordinada. En Colombia, desde 1996, existen los llamados grupos GAULA (Grupo de Acción Unificada por la Libertad Personal). Todas las instituciones de seguridad y de justicia del Estado juntas: policía, inteligencia, fiscalía, Ejército y también el DAS (Departamento Administrativo de Seguridad).

“Nacieron bajo el supuesto de que la acción articulada de los organismos del Estado pueden dar una respuesta más efectiva. Este modelo ha resultado también porque, supongo que en México también pasa, hay unos celos institucionales espantosos. La policía y el Ejército no se podían ver. Lo que ha hecho el gobierno de Uribe, que entró frontalmente con el tema del secuestro, fue decirles a cada entidad del Estado: ‘Me hacen el favor y dejan de pelear y competir. Todos, en articulación, me muestran resultados’”.

Que respeten la bandera (Entrevista a Pedro Vidal, vendedor de banderas)

“En otros tiempos vendíamos 500 o 600 pesos diarios por puesto. Ahora vendemos 200 o 300. A veces, sólo 150”

Pedro Vidal lleva 27 años de vender banderas a principios de septiembre. Sale de su pueblo natal, en el municipio de Otzolotepec Villa Cuauhtémoc, en el estado de México, y trae a toda su familia. De la venta de estos días patrios, apenas 15, sobrevive gran parte del año.

Pero este 2008 las cosas son diferentes. Y este hombre moreno, curtido por el sol, jefe supremo otomí, cree que es personal, que se debe a la discriminación que toda la vida ha sufrido por ser integrante de los pueblos indígenas. A él, que no sabe leer ni escribir, a eso le sabe la decisión de Marcelo Ebrard de no permitir vendedores ambulantes —ni de banderas— en el perímetro A.

Lo argumenta también por el maltrato recibido en las dependencias a donde ha ido a pedir permiso para vender banderas en la calle:

“Ya porque trabajan en una dependencia, ya ¡¡Pus!! Dígame usted: ¿a poco no es discriminación cuando lo dejan con la palabra en la boca? Es discriminación que lo tengan a uno ahí parado, sin saber. Sin que pregunten qué se le ofrece o qué busca. Por lo menos nosotros como indígenas tenemos un poco de respeto. Cuando alguien va con nosotros a vernos salimos a decirle qué se le ofrece, algo busca… Es eso, nomás, al menos un poco de atención”.

Él ya tenía clientela y siempre se instalaba cerca de Plaza Meave. Ahora está a un costado de Bellas Artes, entre la entrada del Metro y la avenida Hidalgo. Las ventas no son tan buenas aquí, se queja.

En un puesto cercano suena música de lo más variada. Lo mismo Luz Casal que Los Tigres del Norte, cumbia.

“Como tradición, como fiestas patrias, nos deberían dejar trabajar. Tienen la obligación de respetar la bandera de México, nuestro producto”, dice Vidal, molesto, con referencia a las autoridades. Primero le echa la culpa de su infortunio al Presidente; luego al jefe de Gobierno, Marcelo Ebrard.

“Asegún dice el Presidente que va a ayudar a la gente pobre, pero a la gente pobre cada día la discriminan más. ¿Dónde está la ayuda que nos da? En lugar de que nos proteja, nos tiran más”.

Está aquí instalado sin permiso, acepta. Apenas ayer se fue a sacar una fotografía para un permiso. Se queja de todos los papeles que piden. Él sí tiene credencial de elector, dice, pero hay otros “hermanos de raza” que la “desconocen”… o la perdieron. Como su hija que está en otro puesto sobre la misma acera.

Vidal es huérfano. Su madre murió y no la recuerda. “No conoció” padre. Fue criado por sus abuelos en Otzolotepec, pero a los 10 años se fue de la casa. Caminando llegó hasta la ciudad de México. Sus paisanos le habían hablado de La Merced, de que ahí podría trabajar de cargador.

“Yo quería conocer México, por eso me vine. Le estoy hablando del 72 o 73. Me vine preguntando dónde era La Merced. Llegué y me senté, como llegan muchas personas, como muchos vaguitos, así nomás… Me vine sin dinero. Ayudaba a lavar trastes, charolas de los taqueros en el Mercado de las Carnes… y me regalaban un taco o dos y con eso sobreviví. Dormía en la calle, luego ya tuve un diablito para echar viajes. Y salí adelante y así crecí y anduve por donde quiera”.

Su infancia, pues, la pasó en la banqueta. Dormía en la calle, en un parque cercano. Dice que no era el único, sino que muchos chamacos como él vivían ahí con los “teporochitos”.

Más tarde, comenzó a hacer viajes por toda la República. Se acercó a los choferes de los tráileres, los acompañaba a dejar sus mercancías, a cargar y descargar. Así conoció Saltillo, Chihuahua, Fresnillo, Guadalajara, Querétaro, Monterrey. Y aprendió a conocer al DF como la palma de su mano, presume.

Tardó ocho o quizá 10 años, porque no lo recuerda, en regresar a su pueblo. Sus abuelos ya lo habían dado por muerto. Si lo buscaron, él nunca supo. Ellos tampoco saben leer ni escribir…

Y fue en su pueblo donde conoció, un día caminando, a Carmela Crescensio, su esposa. Ella está atendiendo el puesto —bueno es un decir, porque efectivamente no ha vendido nada mientras platico con su esposo—. Fue hasta que se casó con ella, dice, que conoció un hogar y una casa.

“Me gustó porque es una mujer de hogar y trabajadora, ¿no? Si una pareja no lo apoya a uno, uno no es nada. Yo siempre digo que gracias a mi familia soy lo que soy… porque antes era muy vago. Tomaba”.

La pareja tiene seis hijos; tres hombres y tres mujeres: Marín, Ismael, Carmela, Nancy, Jéssica y Pedro. El mayor tiene ya 25 años; el menor, 14. Ya son abuelos de cuatro, también. Dos niñas y dos niños. Tiene la fotografía de uno de ellos, Elvis, en su cartera.

Mientras están aquí trabajando se quedan en una casa de huéspedes. Les cobran 200 pesos diarios por un cuarto en el que duermen ellos y tres de sus hijos. No vino Jéssica, quien se quedó a cuidar la casa, tampoco Marín y Nancy, quienes ya tienen sus propias familias.

Llegan a las ocho de la mañana y se van hasta que la lluvia los deja. Si pueden, se quedan hasta 12 horas ahí. Por estos días, por la mala ubicación, venden poco, dice Vidal.

“En otros tiempos vendíamos 500 o 600 pesos diarios por puesto. Ahora vendemos 200 o 300. A veces, sólo 150. De eso a veces de ganancia son sólo 50 pesos”.

La familia también hace las banderas. Compran la tela en el mismo centro, a crédito. Vidal casi se indigna cuando le pregunto si están hechas con telas chinas:

“¡Esta no es bandera china, la puede ver! Yo no trabajo banderas chinas. Las chinas son más descoloridas, si se mojan luego luego se pinta la tela. Luego luego se ve la diferencia. Cuando el sol le pega, se descoloriza. O son delgaditas como tela de plástico”.

Jacobo Zabludovksy: la izquierda y las lecciones del cáncer (II)

Jacobo Zabludovky, la izquierda y las lecciones del cáncer


Jacobo se pone muy serio cuando me confiesa qué es lo que más le sorprendió de hacer su trabajo periodístico con absoluta libertad. La razón no es externa, sino interna. Me sorprende:
“Hice un esfuerzo para acostumbrarme a la libertad. Me costó trabajo quitarme la autocensura”.

Será que fueron muchos años de hacer un trabajo cotidiano que en todo caso a lo más que podía aspirar era a ensanchar un poco, en la medida de lo posible, el camino de la libertad. De pronto, la tuvo de sopetón al dirigir De una a tres, en Radio Centro.

Le pregunto qué autocensuraba a priori. Él se toma tiempo para medir sus palabras. Lo más interesante no está en lo que dice, sino en el gesto que hace cuando lo dice: una mueca, tristeza con un dejo de enojo, que parece una sonrisa invertida. Sus manos trazan lo que va diciendo con movimientos lentos, como si fueran puntos suspensivos que hablan y se quedan en al aire sobre esta mesa del restaurante Churchill.

-No tocar la figura del señor Presidente… Lógicamente, la Virgen de Guadalupe, la Iglesia, fuera de toda discusión… y el Ejército. Pero luego había muchas otras cosas: no tocabas a algún anunciante importante de la empresa… No tocabas…ehhh… a ninguna marca de coches si el dueño de la radiodifusora o televisora tenía una distribuidora de coches. Packard, por ejemplo… Los cuates del dueño de la empresa… La embajada de Estados Unidos. ¡No fueras a defender a un pintor comunista!… Pienso en Siqueiros, que fue a la cárcel. Eran tan estrecho el camino en donde podías ejercer la profesión. Todos igual. Unos más… otros menos.

Pero, claro, se adaptó. Y se descubrió, dice, “burro sin mecate”.

Cuenta la noticia que sintió como una bocanada de aire fresco cuando la dijo:

“Fue cuando “don Vicente” y Marta Fox cancelaron el 12.5%. Me expresé totalmente en contra de eso, no obstante que todos los radiodifusores se beneficiaban de eso. No tuve problemas, entre otras cosas porque cuando firmé mi contrato con Radio Centro, una de las cláusulas dice que soy dueño absoluto del contenido del programa, es de mi sola responsabilidad. Y ejerzo -ríe ahora sí con absoluto gozo- la propiedad”.

La izquierda

Jacobo le da un trago a la copa de vino tinto, tras brindar a la vida: “Leheim”.

Le aventuro una hipótesis: por estos días él es uno de los periodistas de radio más citados por La Jornada, un periódico claramente de izquierda. Sus comentarios y entrevistas han sido retomados para notas.

Él es prudente: “No he hecho ningún análisis. Me parece algo de lo que estoy muy orgulloso porque es un periódico muy bien hecho por unos magníficos periodistas al mando de una periodista ejemplar, Carmen Lira, a la que quiero mucho”.

Alguna vez, en otra entrevista hecha hace 10 años, me dijo que en su juventud había sido un “fuerte partidario de la izquierda”, porque representaba una esperanza contra el nazismo. Le hago ver que la primera entrevista que dio Andrés
Manuel López Obrador tras lo que calificó como “cerco informativo”, fue a él.

“Si Stalin está en la izquierda, no me metan en ese grupo. No pertenezco ni he pertenecido a ningún partido político. Yo digo mi propia verdad. La mía. Dicen: ‘Estás muy con López Obrador’. Porque le abrí los micrófonos de mi programa. Dicen: ‘Lo dejaste hablar’. ¿Por qué no lo voy a dejar hablar? Dejo hablar a todos. No interrumpo a nadie cuando habla. Si el señor no me dejó hacerle preguntas, no le hice preguntas -remata con una carcajada-. Lo único que puedes hacer si eres dueño de un medio, y yo soy dueño de mi programa, es abrirlo a las gentes que no les dan voz. Y a López Obrador no le daban voz. Le dije: ‘Venga y hable aquí. Diga lo que quiera’. Yo no voté por él. Voté por Juan Ramón de la Fuente, lo hice público”.

Le digo que habría razones: él es hijo de un inmigrante polaco, David Zabludovsky, quien llegó a este país sin nada más que 10 dólares en el bolsillo. Eran 11, pero uno lo usó para comprar naranjas en Sevilla y vivió de vender retazos de tela en el Centro. Creció en La Merced y es fruto del sistema de educación pública, hasta la UNAM, donde estudió Derecho. Vaya: en la escuela primaria en la que estudió le enseñaron a la par tres himnos: el Nacional, primero; La Marsellesa y también La Internacional, que sabe de memoria, a la fecha.

“No me interesa”, responde. “No me he preocupado ni de ubicarme ni de que nadie me ubique erróneamente. Eso de que soy de izquierda o de derecha… Ni siquiera me preocupa ubicarme en una clasificación. ¿A mí qué me importa?”.

Las lecciones del cáncer
Lo dijo públicamente en una entrevista que Abraham, su hijo, le realizó antes de que fuera una realidad: el cáncer le iba a hacer los “mandados”. Así fue.

No fue, sin embargo, una batalla sencilla aunque es hasta recientemente que él comparte algunas de sus experiencias. Como que estuvo un mes en terapia intensiva en un hospital de Houston, sin que muchos lo supieran. O que usó pañales durante algún tiempo.

Le pregunto qué aprendió del cáncer y él de nuevo se queda callado unos segundos. Sus ojos, tras los lentes, se humedecen y él baja el tono de voz:

-El valor de la gente que me acompañó. La solidaridad. El amor de la gente es… lo que aprendí. A mí nunca me dolió el cáncer, me dolieron las operaciones. Las complicaciones. Las fiebres. Las hemorragias internas que hubo. Muy doloroso. Pero aprendí que… el esfuerzo más valioso es el que haces para que en un momento de crisis alguien esté junto a ti. Eso aprendí.

Quiero saber cuál fue el momento más grande de la realización del amor que sintió y sus ojos se ponen vidriosos y sus palabras se entrecortan:

“Fue un momento en el que yo creí que… porque ya era… eh… creía que me iba a morir…”.

Jacobo para. Aclara su garganta. Extiende su mano para tomar un panecillo de queso frente a él y lo mordisquea, lento. Respira y luego vuelve a hablar:

“Te lo digo al ratito…”, dice y con un casi imperceptible movimiento de los ojos barre el salón. Agrega, casi susurrando: “No quiero hacer un numerito”.

Luego recurre, en un cambio absoluto de postura, a una frase absolutamente zabludovskiana, de la cual he sido testigo varias veces cuando ya no quiere seguir hablando del tema, al menos, por el momento:

“¿Qué más?”.

Nos quedamos callados un justify.

De pronto, el pianista toca, oportunamente, Cenizas de El Güero Rivas, amigo de Jacobo, y él sonríe y agradece la dedicación. Luego el tango Por una cabeza.

Cae la tarde y él va tejiendo anécdotas. Cantinflas y él comiendo tostadas. El día que María Félix le pidió que la llevara a ver Forever tango y ella no lo soltó de la mano. Cómo disfruta ver la serie CSI en las tardes por la televisión y por qué. Del precio que hay que pagar por ser periodista. También de sus 80 años recién cumplidos.

De pronto, me pregunta:

-¿Y qué vas a hacer cuando cumplas 80, “Katiecita”?

-Voy a hacer una fiesta en tu honor.

-Allá tú. Es un rollo. Mejor huye.

katia.katinka@gmail.com

Jacobo Zabludovksy, el goce de la libertad (I)

En El Churchill todo el mundo conoce a Jacobo Zabludovsky. El pianista, José Calderón, le dedica tangos; la dueña lo saluda y le da su mesa de siempre: la número 14.

Al entrar, los comensales voltean discretamente. Algunos al entrar o salir lo saludan y él siempre voltea, los ve, sonríe y responde amable:

—Cómo le va. Buenas tardes…

Hay otros mucho más osados. Como este hombre que se acerca a la mesa y lo saluda, tuteándolo, como si hubiera platicado con él ayer. En un santiamén le cuenta que su nieta se casa y ya tiene tres bisnietos.

—Qué vida sexual tan activa tienes— le contesta en broma Jacobo y los dos se ríen.

—Mi esposa está enamorada de ti, te la voy a presentar…— le dice y desde un lado a otro del restaurante la llama con voz ronca: “¡Jovita!”

Jacobo se sorprende. Le dice que no la llame, que, en todo caso, él va a saludarla. Pero el hombre no le hace caso y se va a traer a su esposa.

En la mesa, me sonrío. Y le hago ver que ¡es el esposo el que le va a presentar a la esposa que está enamorada de él!

—¡Y yo qué culpa tengo! Katiecita, tú no te metas— dice él, en un susurro, en un tono entre de regaño y complicidad. Está francamente divertido.

Los señores llegan a la mesa. Jacobo se para a saludar a la señora y para no hacer el cuento largo, acaban sentados, platicando. Son dueños de un negocio de ambulancias para la comunidad judía. Y se ofrecen a darle el teléfono a Jacobo por si algún día lo necesita.

—Nooo, muchas gracias. ¡Qué tal que algún día sí lo necesito!— dice riendo.

Estas cosas le pasan todo el tiempo, pero él lo agradece siempre, me dice muy conmovido cuando se van.

Hace 15 años que, tras mucho perseguirlo, logré entrevistarlo por primera vez, en su oficina de Televisa Chapultepec. También le recuerdo otra conversación que tuvimos en el Sanborns de los Azulejos, una mañana, poco después de su salida de Televisa. Se decía seguro que en seis meses nadie se acordaría de él. Algo que, es evidente, no pasó.

—¡Cuántas cosas han pasado!— dice Jacobo al recordarlo. No es un tono melancólico, sino más bien de sorpresa.

Y sí, muchas cosas han pasado: dejó Televisa, su casa por décadas; venció el cáncer que lo tuvo al borde de la muerte, retomó su carrera como periodista como nunca antes había hecho, con completa libertad, a través de su programa de radio De una a tres y una columna semanal, Bucareli, en EL UNVERSAL.

Jacobo acaba de cumplir, hace dos semanas, 80 años. Él mismo develó que un grupo de “conspiradores” querían hacerle una macrofiesta de cumpleaños pero que él huyó.

Lo festejó en Nueva York, con un reducido grupo de amigos, en un restaurante griego, el Athos. Estaban Isaac y Pita Becker; Pancho y Evelyn Aguirre, su hija Diana y su yerno Eduardo, quienes llegaron de sorpresa; el mayor de sus nietos, Miguel, que tiene un negocio de tintorería en esa ciudad, y por supuesto, su inseparable esposa —su amor, su socia, como la llama siempre—, Sarita.

—Creo que fue uno de los mejores cumpleaños de mi vida— dice Jacobo mientas degusta el vino que pidió para la comida, un Marqués de Cáceres. Y enumera algunas de las razones que tiene hoy para estar muy feliz: que disfruta mucho a su familia, amigos. Que su nieta, Gabriela, se casa en enero. Que está bien de salud. De hecho lo acaban de operar de una hernia el sábado pasado, pero el lunes estaba transmitiendo, aunque un poco adolorido, su programa de radio, que goza.

La libertad, ese olor a horizonte

Aunque tuvo ofertas de trabajo desde que salió de Televisa, tardó algún tiempo en aceptarlas.

—Estaba yo muy traumado por el cáncer. No tuve suerte en las operaciones que tuve, se complicaron. Fueron dolorosas y muy graves. Lo que mucha gente no sabe es que yo estuve ¡un mes! en terapia intensiva del hospital de cáncer de Houston y volví al quirófano en ese mes. Tenía yo mucha desconfianza de mi capacidad, tenía miedo de reaparecer en radio y que fuera la peor especie de los fracasos que es la indiferencia.

También regresar a escribir, dice, le daba mucho miedo:

—Era como someterme a un examen público después de tantos años. Era como arriesgarse a que dijeran: ‘¿Y ese es el cuate que se creía la mamá de los pollitos?’.

Le digo que me parece increíble que él, un hombre que ha recibido críticas despiadadas, se siga preocupando por eso. Que le sorprenda que haya “podido”, como dice. Responde con una analogía de toros:

—Algunos de los toreros que yo he conocido, tuvieron siempre más temor al ridículo que al toro. Los entiendo perfectamente.

—Y continúa: Además, te quiero decir una cosa: yo no sabía escribir en computadora. Yo escribía en máquina mecánica, ni siquiera eléctrica: en la Remington, Corona, Underwood…

Cuando comenzó a escribir Bucareli dictaba el lunes a una secretaria que tenía exclusivamente para eso. Y toda la semana corregía el texto que entregaba el sábado. Hasta que vio que el teclado de una computadora es igual al de una máquina, que sólo cambian algunos comandos como borrar, el acento…

Me dice, orgulloso, que desde hace cuatro meses ya escribe su texto en computadora. El que menos tiempo le ha tomado es el del lunes pasado, “Tolerancia”, sobre las felicitaciones de políticos que recibió con motivo de sus 80 años. Tardó tres horas. Pero otros textos le toman mucho más.

—Dos veces los he borrado cuando ya casi están terminados. ¡¡Ha sido uno de los corajes más grandes de mi vida!!

—¿Y escribes en Mac o en PC?

—¿Qué?— me dice como si hablara en marciano—. Pues es una Apple…

Todavía hoy, dice, le cuesta trabajo poner palabra tras palabra. Ya no escribe “irresponsablemente”, “rápido”.

—Estoy consciente de que es un artículo editorial en EL UNIVERSAL, un periódico muy importante en el mundo de habla española. De que lo que yo escriba va a ser escrutado en función de lo que yo he hecho en mi vida. De los errores y posturas discutibles que yo haya podido tener. Y en cierta forma es un regreso para decir: ‘Cuando México era de otra manera, todos éramos de otra manera; cuando México es ahora, distinto, no podemos seguir siendo como éramos’.

Jacobo está encantado con la libertad. Que la libertad, la capacidad de decir “no”, es un derecho que hay que ejercer todos los días, sin que acumule óxido. Y él lo hace.

Para definirlo, me cuenta una fábula:

—Estaba el muro de Berlín y el perro de la Alemania comunista se salta a la Alemania capitalista. El perro de la Alemania capitalista le dice: ‘Oye, ¿y por qué te saltaste? Allá tienes todos los días un hueso, un veterinario, pensión vitalicia, siquiatra para perros’. El perro contesta: “Porque de vez en cuando quiero ladrar”. Es lo mismo. El ejercicio del periodismo cuando lo haces con completa libertad es totalmente distinto a lo que hiciste 50 años.

La próxima semana: La izquierda y las lecciones del cáncer.

katia.katinka@gmail.com

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Uno.— El posible contagio que tendremos a causa de la recesión económica que vive Estados Unidos. Por lo pronto, la secretaria de Hacienda informa que sí podría afectarnos, pero “no de manera importante”. Mmm. Dos.- La integración del nuevo consejo general del IFE, pospuesto desde diciembre pasado. Ahora la disputa radica en si son 3 o los 6 los integrantes que se elegirán en la Cámara de Diputados..

La señora Wallace, la justicia es lenta y tortuosa

La señora Wallace, la justicia es lenta y tortuosa

Alas dos de la tarde, el restaurante Alaia (que significa ‘alegría’, en vasco) está casi desierto. Elijo la mesa que me place: junto a una ventana, cerca de la entrada. Me siento a esperar a que llegue Isabel Miranda de Wallace.

Cuando llega, antes que nada me da una pequeña clase de seguridad en un restaurante: siempre hay que ver hacia la puerta para que no lo agarren desprevenido; también no estar cerca de vidrios, sino mejor contra una pared. Me señala la mesa que ella hubiera escogido: del otro lado. Pero es gentil y come conmigo en esa mesa poco segura.

Como sea ella eligió el restaurante porque le gusta y también porque considera que es bastante seguro en general por su arquitectura. Apunta a que tienen una cámara de seguridad en la entrada que me señala, muy discretamente a la salida. Yo ni cuenta me hubiera dado.

—Yo no era así— suspira. Era bastante despistada, confiada, tranquila. No veía el mal que existe porque vivía en mi “mundito”. Pero he aprendido mucho. Una vez que ya tienes despierto el sentido de detective…

La vida de esta mujer cambió radicalmente hace dos años y 10 meses. Una noche su hijo, Hugo Alberto Wallace, no llegó a su casa y ella supo instantáneamente que algo estaba mal. Siempre le hablaba, sin importar la hora, para desearle las buenas noches. Como lo hace ahora su nieta, hija de Hugo Alberto, Andrea Isabel.

Es una persona incómoda para muchas autoridades: con la figura de coadyuvante que le da la ley, se ha vuelto una eficaz investigadora. Con ello ha puesto muchas veces en entredicho la capacidad de actuar de muchas autoridades. O de no actuar, también.

Su historia es ya muy famosa (hasta le propusieron hacerle una película de su vida), pero la cuento en un párrafo:

Isabel, maestra de secundaria de formación y licenciada en Desarrollo Humano, se negó a esperar a que las autoridades indagaran dónde estaba su hijo y con sus propios medios, aprendiendo a investigar sobre la marcha, valiéndose de todo, junto con las autoridades correspondientes (y a veces en contra de ellas) ha logrado detener (una vez ella misma junto con su hermano Roberto) a cuatro integrantes de la banda que secuestró a su hijo. Le falta uno, Jacobo Tagle, lo sigue buscando, además de los restos de su hijo, quien ya sabe que fue asesinado.

Lo dice sin pudor: podría ser agente de la AFI, o más. Y le creo por cosas que me cuenta que lamento no poder escribirle porque le prometí no hacerlo: daría tips a los delincuentes que aún busca, además de que algunas son, también, ilegales…

Pero además de esos conocimientos, Isabel a la par aprendió una lección:

—Aprendí a saber que soy mucho más frágil de lo que pensaba. Conocí la parte oscura de la vida, la maldad en toda su expresión. El dolor en el extremo máximo para mí. Yo siempre le decía a Dios que yo acataba lo que me mandara, de salud, dinero, lo que fuera, pero sólo le pedía que no le pasara nada a mis hijos. Y les decía a ellos, a mis hijos, que yo tenía un pacto con Dios: que yo me iba a morir antes que ellos… y fue como que Dios me puso enfrente para decirme “no estoy para cumplir caprichos” y me dio en lo que más me duele.

La forma en que tuvo a Hugo Alberto cuando apenas tenía 17 años y medio (se casó a los 16 con permiso de sus padres con un hombre 13 años mayor que ella) la pintan de cuerpo completo: ella decidió que fuera un parto absolutamente natural, sin gramo de analgésico. A eso sume que pesaba 47 kilos y estaba anémica porque el embarazo le provocó muchos estragos.

Así es ella: de carácter fuerte, desde siempre. Y el secuestro de Hugo también puso a prueba sus valores.

—Cuando yo supe dónde estaba el secuestrador de mi hijo, pues hubiera sido muy fácil, “lo mando matar o lo mato”… pero no puedo traicionarme. Fue decir: no puedo convertirme en lo mismo que ellos. Seguí con el camino desesperante, desalentador, frustrante. La justicia en México la tienes que morder y arañar. Eso de que es pronta y expedita no es más que un eslogan. La justicia es lenta y tortuosa.

Quebrarse, la reconciliación con Dios

Come frugalmente: una ensalada apenas. Un poco de jabugo (jamón) con manchego de entrada. Le pregunto que cuándo se quiebra y la sola pregunta hace que sus ojos se inunden.

—Todos los días— dice con un suspiro. Es más: ese tema ni me lo toques…

Pero ella sigue hablando, relatando sus dolores.

—La noche. Llego y veo la foto de mi hijo en el buró. Una donde está sonriente, como lo recuerdo. Me mata verlo y darle las buenas noches. Lo tengo ahí para acordarme que no debo flaquear. Le digo que me ilumine, me proteja del mal, él que está cerca de Dios para poder seguir con esto. En la noche siento frustración de que sigo en lo mismo. ¿Cuándo voy a poder tener un lugar donde pueda decir: “aquí están sus restos”? Ahora siento como que él se fue de viaje. Sé todo lo que pasó, ya lo procesé intelectualmente, pero todavía no me la creo en el fondo. Es como si la mitad de mí estuviera afuera y necesitara recuperarla.

Como comenzó a investigar desde el primer momento, Isabel sabe que no ha tenido tiempo para duelo alguno. Que no ha llorado todo lo que quiere hacerlo. Simplemente, dice, no ha tenido tiempo. Creyente como es, también está enojada aún con Dios:

—Cuando a los seis meses de la investigación, me entero que lo habían matado, y cómo me tuve que tapar la boca para no gritar del dolor. Salí renegando de Dios y cuestionando su existencia porque no podía creer lo que estaba viviendo. De hecho, te he de confesar: nunca me he reconciliado con Él del todo. Hay gente que me dice que ora mucho por mí y lo sé. Miles, no exagero. Yo les digo que qué bueno que tienen fe para poder orar… yo no la tengo. Pero sé que es algo que tengo que sanar porque creo en Él… Sigo sin entender y quizá nunca entienda, pero es importante que algún día lo acepte.

A la fecha, los juicios contra los secuestradores de su hijo no han terminado. Ella ya está cansada y sabe lo que va a hacer cuando pueda cerrar el caso. Se encerrará en su casa un mes a hacer corte de caja de lo que ha vivido, a llorar y a trabajar su duelo. Luego pondrá a disposición de los demás lo mucho que ha aprendido, pero lo quiere hacer desde la sociedad civil, sin ligarse a partido alguno. A exigir, también, que los políticos legislen y cambien las reglas del juego que favorecen, muchas veces, a los delincuentes.

—Sé que la política es la única manera de cambiar el país. Qué lastima que no todos los políticos piensen igual. Como mexicana, me da tristeza y rabia.

Suspira. Y sigue, con un dejo de cansancio en su voz que siempre es templada:

—Hay días que creo que ya no me puedo levantar. Y me digo: “Cómo que no, saca el remolque y vamos para afuera”. Mi marido dice que soy muy cruel conmigo misma porque no me cuido. Y sí, me exijo más de lo que debería.

Pero ahí está. Al pie del cañón. Esta semana fue a La Palma a encarar a uno de los secuestradores, al Reclusorio Norte, a una cita en la SIEDO. Isabel no puede parar.

katia.katinka@gmail.com

Diana Laura y Mario: cuando un hombre ama a una mujer (entrevista con la primera pareja transexual que se casó)

 

Diana Laura y Mario, cuando un hombre ama a una mujer

Un vendedor de lotería pasa frente a la terraza de este restaurante de la Condesa y se dirige —típico— sólo al varón de la mesa en la que también estamos dos mujeres:

—Lotería, lotería… ¿Patrón, lotería?

Mario lo ve, se miran por un instante, y él hace un ademán que lo desalienta a acercarse.

Estoy segura que nunca pensó que el “patrón” que le ofreció los billetes nació con un cuerpo femenino; aunque, si se hubiera detenido un poco, habría notado algún resto de masculinidad en la atractiva mujer que está sentada a la mesa y que nació con cuerpo de hombre.

Mario Sánchez es hoy un hombre de baja estatura y barba. Sus papeles oficiales insisten que se llama María del Socorro; a su lado está Diana Laura, antes José Mauricio Guerrero. Los dos se casarán el 17 de mayo. Escogieron la fecha por ser el Día Mundial contra la Homofobia.

Será una boda abierta: esperan a más de 500 personas, y al mismo tiempo es, claro, un evento político a favor de la no discriminación y la visibilidad de las personas transgéneros y transexuales, calculados en unas 20 mil personas, según Delio Hernández, diputado de Alternativa.

De éstos, en una proporción de tres a uno son hombres que quieren transformarse en mujeres. La condición aún está catalogada como una enfermedad siquiátrica: “disforia de género”. Ellos no están de acuerdo:

—Dios no se equivoca— dice Mario. Pero la naturaleza sí.

Aunque han cambiado sus cuerpos para estar en concordancia con el sexo que sintieron tener desde, casi, su nacimiento, la ley aún no les permite cambiar sus nombres. O es un proceso largo, costoso y aún así discriminatorio, que no lo han hecho. Por eso, el juez casará a José Mauricio y María del Socorro.

La historia de Mario

Dice que lo tuvo claro desde que nació. Que cuando a su mamá le dijeron: “es una niña”, él como en la película Mira quién habla le hubiera gustado decir: “No soy niña, soy niño”.

La sensación incrementó al pasar el tiempo. Recuerda como el día más triste de su vida cuando tuvo su menstruación.

—Ahora sí me voy a hacer mujer— dice que pensó. Todo el tiempo soñaba con que un día amanecería en el cuerpo de lo que realmente se sentía: un hombre.

Tiene nueve hermanos. Un día confió lo que sentía a una de sus hermanas, quien le dijo a sus papás. Lo llevaron al ginecólogo quien les recomendó darle más atención.

—Usted anda buscando una mamá, me dijeron. Y yo dije: no, sino a una mamacita.

Vio varios sicólogos, pero no le dieron una respuesta a lo que esperaba. Decidió comenzar a vivir como hombre: tuvo una pareja mujer durante siete años, que lo veía como eso: varón. Se separaron por presión familiar: nunca dijeron que eran pareja, sólo “amigas”.

Su familia se fue enterando. Sus hermanas, le siguen hablando en femenino en privado, le dicen Coco; pero lo presentan como su hermano. Para sus sobrinos es Tío Coco; en el hospital, Don Socorro. A su padre llegó a pedirle un nombre masculino. Él lo ve pragmáticamente:

—Tengo mucha familia: nueve hermanos, siete lo toman bien; dos no quieren saber de mí. Está bien.

Finalmente llegó al Instituto Mexicano de Sexología (Imesex), le propusieron el protocolo (terapia y cambio de rol) antes de terapia hormonal y cambio quirúrgico. Él se negó:

—Yo le dije: yo ya chillé como Magdalena; ya pedí perdón, ya me terapié (sic), nada más quiero transformar mi cuerpo.

Y entonces, a instancias del doctor Juan Luis Álvarez Gayou, inició con un tratamiento endocrinológico. El solo hecho de tomar testosterona le disparó la libido, dice aún ahora, tapándose la cara. No fue agradable.

—Pero me aguanté. Yo tenía temor de morir como mujer.

Ahorró lo suficiente y se operó. Decidió no hacer una reconstrucción de sus genitales, sólo quitarse los senos. No hizo más porque, además, es carísimo:

—Imagínate: me mandaron a México, transexual y sin dinero: a ver qué haces…

Se llama Mario después de intentar varios nombres con “S”, que checaran con su CURP y RFC. Fue también por su madre, María, y por su nombre como mujer: María del Socorro.

Acaba de escribir su biografía y la mandó al Concurso de Documentación y Estudios de Mujeres, AC. Confía en ganar.

La historia de Diana Laura

Ella ha permanecido callada, en un rol, digamos de mujer tradicional. Incluso aguanta algunos desplantes francamente machistas de él, lo cual me sorprende mucho. Es femenina hasta en su más nimio movimiento.

Decidió no contarle a nadie cómo se sentía. Se encerró en sí misma y su familia no sospechó nada: lo veían como un niño supertímido y buen estudiante. Se tituló con excelencia como ingeniero mecánico eléctrico en la UNAM.

Desde los seis años sintió que algo no estaba bien y fue en la pubertad cuando comenzó la verdadera lucha:

—Tú eres tu peor enemigo. Es tu cuerpo contra tu mente.

No sabía que una condición así existía. La primera vez que vio que hablaban de un “mujercito” fue en la Alarma, porque lo habían asesinado. La shockeó.

Un día escuchó Esta noche en Babilonia, programa de radio de Tito Vasconcelos donde se iba a formar un grupo de hombres que gustaban vestirse de mujer. Ella lo hacía de vez en cuando por las noches y salía sólo a caminar. Era como llevar una doble vida y se sentía frustrada.

Fue al grupo que sesiona en el Parque Hundido y fue una sensación de alivio conocer la diversidad sexual. La enviaron al Imesex. Ahí comenzó con la terapia, durante dos años, y decidió hacer su cambio de rol. Al tomar hormonas femeninas se sintió, dice (y comprendo) como si le hubiera “bajado”: “chípil”.

El siguiente paso fue decirle a su familia. Estaba preparada para todo… y su reacción la sorprendió.

Su papá se dijo decepcionado, sí, pero porque no les había tenido la confianza suficiente. Su hermana menor, Raquel, sólo dijo: “Ah, qué padre”. Eso sí, su mamá siempre le dijo “hijo”.

Luego vino el paso de vestirse y vivir todo el día como mujer: el cambio de rol. Renunciaría a su trabajo como ingeniero, pero, sorprendentemente la apoyó su jefe y toda la empresa para hacerlo ahí. Les dijo a todos, y el día en que apareció como Diana…

—Es como una campana de Gauss. El 25% no te dirige la palabra; 50% están en shock y el resto lo toman light.

Dice que tiene tres nacimientos: el biológico, 22-09-1962; el de cambio, 21-10-2001 y el de reasignación de sexo, del cual aún se recupera: 27-09-2007.

—Esta condición te constriñe el alma— dice. Y luego te empiezas a reconstruir.

Escogió su nombre pensando en Diana, La Mujer Maravilla que también vivía con dos personalidades —secretaria y superheroína— y luchaba contra la sociedad; y Laura, porque significa “victoria”.

DL & M

Les pido me cuenten su historia de amor. Ella le cede la palabra a él, quien habla más…

—Mejor cuéntalo tú— dice ladeando la cabeza.

Los contactó su sicólogo. Él le habló a ella para conocerla; ella lo invitó a su grupo de autoapoyo y como canción del Tri se vieron en el Metro Balderas. A él, le gustó desde que la vio.

Fue a la reunión sólo por ella; luego le invitó una torta y un refresco. La siguió hasta la fiesta de unas amigas lesbianas y luego, a su casa. Desde entonces no se han separado.

Ella sonríe, lo ve tierna:

—Desde el primer día me dijo: “Dame un beso”. Le dije que no había besado nunca a nadie. El primer beso será de amor y con la pareja que quiera.

Y sí: Mario es su primera pareja. La única que ha tenido.

Su primer beso fue a los 39 años un día que, después de ocho meses de pedírselo, él ya se veía muy triste.

—Entonces lo tomé y le dio un besote, un besísimo— dice. Y luego: Entra, quédate en mi casa.

—La agarré virgencita, pura y casta— dice él.

No ha sido fácil, porque cuando se conocieron, Diana no se había operado —algo que le provocaba “cosa” a Mario— y además no quería que la tocaran. Lloraba cuando él lo intentaba. Ella a la fecha no sabe decir por qué reaccionaba así.

—Y ahora… ya se le pasó la mano— dice él.

Su amor también pasó por la prueba de la operación de ella. Él la cuidó, la bañó, la curó, le hizo de comer. Es una operación de mucho riesgo, comparable a la de corazón abierto.

Aquí están. A unos días de su boda y él le dice:

—Cuando te pregunten si me aceptas, tu di: “Sí, acepto”. Sin “la” o “lo”. Acepto.

Ella sólo sonríe.

katia.katinka@gmail.com